- En 1949 este maestro ejemplar se asoció con la notable profesora y artista Justina Huezo de Espinosa, para fundar uno de los centros de educación más importantes de la época, el Colegio Francisco Huezo.
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Era Salvador Montalbán Rubí, allá por 1948, la simpatía ataviada en traje de lino. De estatura regular, gordito, piel blanca, rostro de luna llena, frente amplia, cabellos negros ondulados, cejas altas y tupidas, ojos enormes, boca redonda, labios gruesos de los que emergían dientes grandes, como los de Tío Conejo.
Lo único que alteraba la albura de su veintiúnico “linóleo” era la treinta y única corbata negra, cuyas dos lengüetas quedaban unidas en el tercio superior por un curioso prensa corbatas formado por una barrita de plata de cuyos extremos colgaba una fina cadenita de ese mismo metal.
Además, debo hacer notar que Montalbán Rubí era caballero “de leontina”, que así llamaban a una cadena de oro o plata de la cual colgaba el reloj de bolsillo.
Esta cadena se prensaba a uno de los cargadores delanteros del pantalón, mientras el reloj, al extremo inferior, iba a parar al interior de un bolsillo lateral. El lujo o “piquete” consistía en el voluptuoso arco que dibujaba la cadena en su viaje hasta donde se anidaba el reloj.
También creo recordar que aquellos varones que usaban chaleco además del traje entero, lucían la leontina cruzada sobre la parte superior del abdomen, ya que la cadena se prensaba en el forro interior de la solapa izquierda del chaleco y el cronómetro se introducía en un bolsín de la parte derecha de la misma prenda.
Para entonces, los adolescentes pedíamos al sastre que nos pusiera una “bolsita de reloj” en nuestros calzones por si acaso algún día “con el tiempo y un palito” llegábamos a tener un “wacht de tapita”, y porque además esa bolsita se utilizaba como “caja chica” para guardar el “sencillo” donde todavía figuraban algunas monedas de plata de a diez centavos.
LOS CHOMPIPES DE LA ROOSVELT
Llevar leontina era, entonces, privilegio muy “cachet”, de gente “bichat”. Rememoro, no sin sonrojo, cómo Sancho y yo abríamos sendas bocas cuando mirábamos a los “Beau Brummel” de ese tiempo consultar la hora. Aquello era un ritual solemne: se paraban con aires de pavo real en el Parque Central o en cualquier esquina de la Bolívar o la Roosevelt. Arrugaban el entrecejo como si en realidad estuvieran preocupados por el tiempo, y con estudiada displicencia hacían a un lado el faldón de la leva para meter la mano en el bolsillo y sacar el reloj. Ya extraída esa prenda, oprimían el resorte que abría la tapa, y con mirada de perdonavidas, “desde la torre de su orgullo” —como decía el poeta Somoza Medina—, daban el vistazo a la hora.
Para mí que a esos “dandys de purapose” más les interesaba lucir “su elegancia y hermosura” que saber la hora, pues por lo general el propósito de sus salidas era competir con otros galanes con las mismas vestimentas. “Son agrimensores sin título”, nos decía el venerado profesor goyenista Pedro Rivera, a quien apodábamos, dizque con cariño, “Pedrito ve”, porque todas sus lecciones y regaños terminaban con la muletilla “vé” y “vé” y más “vé” y “vé” y “vé”.
Pero volviendo al profesor Montalbán Rubí, puedo asegurar que él no tenía leontina para darse aires de pavo real, más bien era humilde, alegre, dicharachero y distraído. En diferentes ocasiones y en rueda con sus alumnos, le vimos sacar el reloj, seguir amenizando la plática y volverlo a guardar sin ver la hora. Al rato se daba una palmada en la frente, volvía a sacar el aparatito y salía volado a hacer las cosas que se le habían olvidado.
Lo conocimos cuando era integrante del coro de la Iglesia del Perpetuo Socorro, donde cantaba con melodiosa voz de barítono. Estaba en su apogeo la Misa Coral de Pío X, pero en mi memoria está más presente aquel canto, tipo lamento, que entonábamos los alumnos del Rubén Darío al final de la misa del domingo:
“Socorro sois perpetuo
venid, pues os imploro
venid a mi Socorro
¡Oh Madre de Bondad!”
Todos los alumnos del ya inexistente Colegio Rubén Darío estábamos obligados a asistir a esa misa. El director de ese centro, monseñor Marco Antonio García y Suárez, sostenía por sus paperas que “la religión con sangre y suplicios entra”, y que no hay mejor forma de llegar a Dios que a través del martirio. Con esa filosofía ¡Guay del que no iba a misa!, pues le esperaba un par de fajazos —y había que ver el tamaño del fajón del cura— e incluso la expulsión del colegio.
“Dios, Patria, Virtud y Labor” era el lema del Rubén Darío. Ahí se educaban los muchachos que no podían entrar al Pedagógico o al Centroamérica por no poder sus padres alcanzar la categoría de “medio pelo”, requisito sine qua non para que los muchachos entraran en esos antros clasistas.
BORREGOS Y PASTORES
“Misa y oración de provecho son… Para el patrón”, me decía ya en esos años el hereje que siempre ha sido Sancho. Después, con los años me fui convenciendo de que no hay mejor profesión que ser cura, pastor o militar, ni mejor negocio que apacentar ovejas ya por la religión o a través de la plata y la culata como hacía el Viejo Somoza.
Mas, retomando otra vez el hilo de la conversación, debemos decir que el cura García en cierta etapa, para controlar la asistencia a misa y los deberes en clase, contrató los servicios de un atildado inspector mexicano de apellido Morales, artista en torturas, el cual entregaba un boleto a todos los alumnos que asistían al Santo Sacrificio Dominical.
El lunes, muy de mañana, el tal Morales pedía los boletos, al que no lo presentaba lo “elevaba de las patillas”, le aplicaba “querques” (coscorrones) con saña inquisitorial, y a la hora de la salida nos dejaba castigados, hincados, con los brazos en cruz y sosteniendo en ambas manos libros pesados. A criterio de Morales, el suplicio podía tener otras variantes, estar arrodillado con el pantalón arremangado y las rodillas peladas sobre arena, o hacer sentadillas a partir de esa posición tan degradante.
Tales desmanes eran tolerados con complacencia por la mayoría de padres de familia, que a su vez habían sido torturados en otros colegios religiosos de sacrosantas monjas o beatíficos padrecitos.
Esos papás y mamás se sentían orgullosos de haber sido educados en esos centros, y de haber sabido caminar por “la recta senda de nuestra Santa Madre Iglesia”. De manera que los alumnos díscolos no teníamos salvación, pues además de recibir “cuernos” de parte de Morales, recibíamos también “palos” al llegar al santo recinto del hogar.
Pues retomando otra vez el hilo, sucede que Salvador Montalbán Rubí había llegado a Managua procedente de su León natal precedido de justa fama de sabio profesor y de músico y barítono notable. En el Darío, allá por 1947, servía varias cátedras, entre ellas Raíces griegas y latinas, Gramática, Geografía, Historia, Francés y Literatura, además de cantar en el coro de la Iglesia del Perpetuo Socorro, que era dirigido por la ilustre profesora Justina Huezo de Espinosa, profesora de música del colegio.
He de consignar que Montalbán Rubí era la contraparte del odiado inspector Morales. “Salva” siempre llegaba alegre como un canario, y de vez en cuando en plena clase “a sotto voce” nos deleitaba con arias de Puccini, Verdi y Rossini. ¡Cómo gozaba enseñándonos Preceptiva Literaria! Para él era un deleite encauzarnos por la senda del orden lógico del pensamiento, inducirnos a la pesca de la frase y la palabra exacta para lograr la esplendente claridad.
Por su aspecto físico rubicundo y su modo de vestir le decíamos cariñosamente “Pupusa”. Pero era una pupusa hecha de amor y repleta de miel.
Un día de tantos renunció a las clases del Rubén Darío, se asoció con la profesora Justina Huezo de Espinosa y fundó el Colegio Francisco Huezo, honrando así la memoria del padre de doña Justina que fue un insigne formador de personas ilustres, útiles a su patria y a su prójimo.
Como la abeja al panal, así volamos los alumnos de Montalbán Rubí al “Chico Huezo”. Ansiábamos una educación con libertad, plena de amor, anhelábamos aprender con razón y conciencia, y esos valores solamente podíamos encontrarlos en Salvador Montalbán Rubí.
Durante sus dos primeros años de vida, el Colegio Francisco Huezo ocupó una casa de dos pisos que estaba situada en la Calle 15 de Septiembre, de la Clínica de Maternidad del doctor Miguel Ángel Barboza media cuadra arriba, después se trasladó hasta la esquina, a un edificio de tres pisos donde estuvo una escuela que dirigía la profesora Zayda Fernández.
No sé por qué razones el Colegio Francisco Huezo dejó de existir a finales de los años cincuenta, pero desde que salimos de sus aulas en 1953 no volvimos a saber nada de Salvador Montalbán Rubí.
¿Qué se haría aquel buen amigo? ¿Qué sucedería con aquel excelente maestro? ¿Dónde estará aquel maravilloso ser humano?
Yo no puedo contestar esas preguntas, pero de fijo que aquella “pupusa de amor” está en el corazón de todos los que fuimos sus alumnos.
¿DÓNDE ESTÁ?
Entre los que me preguntaron por Montalbán Rubí figuran los compañeros Miguel Irías, Alberto Falla y Nubia Soto Sequeira.
Acompañaron a “Pupusa” en su aventura docente, destacados profesores como, Julio Vargas Pérez, Jorge Sevilla Zarruck, José Ángel Rodríguez, Jorge Villagra y Alberto Ferrey.
Alumnos destacados del Chico Huezo fueron: Manuel Díaz y Sotelo y Antonio Gutiérrez (Grospirón), ambos asesinados por ser opositores al gobierno de Somoza.