- Los mískitos le llaman el Tala Mana. Significa “el precio de la sangre”, algo que por tradición tiene que pagarse. Se preguntan quién pagará por las víctimas de las minas antipersonales, porque 16 personas han fallecido en los últimos ocho años, los niños siguen en peligro y muchas tierras están ociosas por el temor a las minas.
Evelyn MoragaEspecial para LA [email protected]
WASPAM, RÍO COCO.- Con toda la curiosidad propia de los niños, se acercaron a sabihondear un pequeño artefacto de aspecto no común para ellos. Por el color y tamaño pensaron que era un juguete, y lamentablemente el juego y la escuela terminaron allí.
Edwin Claren Wood y Stainer Tomas Quant, de 11 y 10 años, originarios de Boom y Kiwastara, Río Coco Abajo, murieron por la explosión de una mina que se encontraba enterrada en los linderos de sus comunidades en mayo del año 2000.
Para los indígenas mískitos, los daños a personas y bienes deben ser pagados. En su lengua eso se conoce como “tala mana” (el precio de la sangre) ¿Quién pagará por la vida truncada de estos niños?
Durante la guerra de los años 80 fueron minadas diferentes zonas de Nicaragua, y los efectos de esa guerra aún se pueden sentir en 32 municipios del país, donde todavía quedan 73 mil minas antipersonales sin explotar.
Once de esas áreas son rurales y las más pobres del país. Informes del Ejército nicaragüense indican que en 1990 existían 135 mil minas antipersonales enterradas en distintos municipios, de las cuales 62 mil han sido destruidas bajo certificación.
En la zona de Río Coco hay un promedio de una mina por cada dos niños, según estimados del organismo Acción Médica Cristiana (AMC).
HUELLA FATAL
El temor es latente en las comunidades de Río Coco, en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). Actividades cotidianas de subsistencia como la caza y la recolección de leña en los montes, o la curiosidad nata de los niños, puede convertirse en una desgracia, si pisan una mina.
AMC hizo un diagnóstico en 44 comunidades de Río Coco, a finales del año pasado, y encontró que 16 personas han fallecido en los últimos ocho años por causa de minas y otros artefactos explosivos.
Dos de los muertos eran niños, y otras 11 personas quedaron discapacitadas por diferentes lesiones en sus cuerpos. Por otro lado, las comunidades indígenas han perdido animales domésticos y ganado y dejado de aprovechar la tierra para su alimentación.
En Andrés, Río Coco Abajo, vive gente que trabajaba en el llano de San Rafael, a donde desean volver, pero no pueden por la presencia de minas ocultas en la tierra. Ahí sembraban yuca, quequisque y otros tubérculos, pero han dejado de cosechar por la misma razón.
“Se ha detenido el desarrollo de nuestra comunidad porque en el llano de San Rafael entraban vehículos de transporte colectivo, las personas comercializaban; y en la actualidad no hay nada de eso”, opinó un líder comunitario. “Si no es por el río, no se puede viajar, y es muy caro para nosotros que somos pobres. Eso ha quedado como una tierra abandonada”.
TIERRA OLVIDADA
Según el Quinto Frente de Desminado del Ejército Nacional, en marzo de 2001 detectaron al menos siete mil minas en la Región del Atlántico Norte, de las cuales tres mil están distribuidas en más de 30 comunidades del Río Coco. Pero la población asegura que existen otros territorios minados que no han sido registrados de forma oficial, como la pista de San Carlos, en Río Coco Arriba.
“En 1982, cuando la guerra se desató, yo fui en busca de alimentos, trastes y otros utensilios necesarios, allí tropecé con una mina y perdí el conocimiento”, dijo Jonas Pantin, comunitario de San Carlos.
“Yo andaba con un hijo y él me salvó de morir quemado, porque la bomba provocó un incendio”, relató. Los informes dicen que en San Carlos no hay minas, “pero yo insisto en que sí hay”.
Ex miembros de la Resistencia, de las comunidades de Río Coco, afirman que hay minas enterradas en las comunidades, las que fueron puestas por ellos. La Región del Atlántico Norte sufre constantes inundaciones y desastres naturales, y después del huracán Mitch no se sabe cuántas minas fueron desplazadas por las aguas.
El problema se torna más grave porque el Ejército tiene limitada su presencia en las comunidades mískitas.
Según el Centro de Estudios Internacionales (CEI), las labores de desminado se han centrado en la remoción de explosivos situados cerca de puentes, torres de alta tensión, campos de antena y bordes fronterizos.
Por eso han trabajado poco en áreas de asentamientos humanos, y un caso relegado ha sido el del municipio de Waspam, porque las autoridades prevén que el desminado en el Río Coco podría iniciar en el año 2003.
Mientras tanto, la población indígena está impedida de ejercer a plenitud sus derechos económicos y sociales, exponiendo sus vidas, comentó un vocero de Acción Médica Cristiana.
RÍO COCO URGIDO
Las comunidades indígenas demandan que las autoridades apresuren el desminado en Río Coco, de acuerdo con las conclusiones de un foro que organizó AMC en mayo pasado, con apoyo del Servicio Austriaco, donde discutieron el problema de las minas terrestres antipersonales en el ámbito municipal.
El programa de “Atención Integral a Víctimas de Minas Antipersonales en Río Coco”, que desarrolla AMC, educa para la prevención de accidentes con minas y rehabilitación de lesionados, además de brindar atención integral en salud.
Desde octubre pasado han trabajado en nueve escuelas y barrios de Waspam, atendiendo a 420 escolares, y organizando una red juvenil que ya involucra a 153 adolescentes.
Acción Médica Cristiana también ha apoyado a cuatro discapacitados en la reinserción socioeconómica, proveyéndoles tres cabezas de ganado a cada uno.
IDEAS DE NIÑOS
“Para mí, una mina es un animal enterrado”, expresó la niña Stefani Martínez, de 10 años. Cursa el segundo grado de primaria y es originaria de la comunidad de Sang Sang.
Jondra Satlan, de 12 años y estudiante del cuarto grado de primaria en la comunidad de San Carlos, dice que ella sabe dónde hay minas cuando por la noche emana de la tierra un sonido similar al de un pollito. Es seña de que allí hay minas enterradas.
Las lesiones en niños, por minas, son mortales en la mayoría de casos, y cuando sobreviven, tienen que sufrir amputaciones repetidas porque el hueso les crece más rápido que los tejidos.
Por eso AMC se ha interesado en contribuir a la reducción de lesiones por minas terrestres antipersonales en la población infantil y adolescente de las comunidades del Río Coco, a través del programa educativo.
“Los niños somos curiosos y traviesos, yo puedo creer que es un juguete y la mina es algo que mata”, dijo Carlos Pantin, de 13 años, habitante de la comunidad La Esperanza.
<FLAGELO MUNDIAL
Entre 60 y 80 millones de minas antipersonales aún están enterradas en unos 71 países del Tercer Mundo, donde destacan los países africanos, centroamericanos y asiáticos.
Se ha estimado que hay una mina por cada 48 personas que habitan en el mundo, o una mina por cada 16 niños en el planeta. Por eso, 800 personas mueren cada mes y otras 1,200 resultan lesionadas, pero lo más grave es que la mayoría de las víctimas son civiles, sobre todo niños.
La convención sobre prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonales y sobre su destrucción (convenio de Ottawa, Canadá/Diciembre 1999), constituye un importante avance en la historia del desarme mundial.
Al 31 de marzo de 1999, 133 países habían firmado o suscrito este convenio, y 71 naciones lo habían ratificado, incluyendo Nicaragua.
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