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Es un ritual que ocurre en horas de sueño. La gente no es su protagonista, pero hay un grupo que por más de ocho noches consecutivas garantiza el lento rito de multiplicación de una especie que se extingue: la tortuga paslama.
Los preparativos de despeje del escenario arrancan una vez que el Sol se agacha y se manifiesta la noche. 39 hombres, entre guardaparques, militares y habitantes del lugar, armados de focos resguardan 1,600 metros de playa. Se concentran en un tramo de 800 metros, donde desovarán las tortugas.
Es una noche sin farol. No hay Luna, y es propicia para la parsimoniosa arribada de 145 tortugas, de un grupo de unas 10 mil que empezaron a llegar desde el último cuarto menguante.
Martín Grijalva, coordinador del parque por la Fundación Cocibolca, dijo que las dos arribadas de este año se presentan después de ese período lunar (cuarto menguante).
ARRIBADA PATRIA
A finales de agosto los sorprendió la primera puesta de huevos. Como una arribada patria, la segunda comenzó después del 13 de septiembre.
En los primeros días, del mar brotaron centenares de tortugas. A la segunda o tercera noche, Grijalva mencionó que hubo un desove de más de dos mil quelonios.
Una semana después, la madrugada de ayer, ese número descendió. No sólo fue lento el paso de las paslamas, también fue acompasada su salida de la espuma. Mientras aparecían, piquetes de custodios iban y venían por la playa, en el sentido contrario de las olas, alumbrando alertas cualquier bulto que se divisara en la arena.
Grijalva contó que en la arribada de agosto hubo menos gente involucrada en la protección, como consecuencia el saqueo, por parte de quienes comercializan con el huevo de paslama, fue mayor. Esa vez desovaron alrededor de 5,000 tortugas.
PROVECHO RACIONAL
Para evitar que la historia se repitiera se involucró a más personas en la protección de los huevos, a cambio de aprovechar un 10 por ciento del desove.
Por parte de las comunidades participaron 25 personas. Luis Alberto Álvarez, del sector de Las Parcelas, dijo que en su comarca hicieron un rol para esta arribada. Ayer fue su turno. Le tocó cuidar y contar tortugas desde la medianoche hasta las seis de la mañana. En compensación a su desvelo regresaría a su casa con 10 docenas de huevos en su saco.
“Lo quiero para consumo propio”, afirmó, y agregó que vender el huevo no es rentable, porque la docena la pagan a cinco córdobas.
Distinta es la intención de Francisco Pérez, otro comunitario que regularmente se dedica a la agricultura, y que ve en la comercialización de huevos un alivio a su pobreza, aunque también confesó que deja una parte para el autoconsumo.
En teoría, no gozan de aprovechamiento los guardaparques ni los miembros del Ejército, pero en la práctica a veces consumen uno que otro huevo, según confió uno de los guardaparques.
MÁS DEPREDADORES
Pero la mano humana no es la única que acecha a las futuras generaciones de tortugas. Otros depredadores como las aves de rapiña, los perros, cerdos, o vacas, arriesgan el nacimiento de los tortuguillos, peligro que se extiende hasta el mar.
Con razón, los expertos dicen que de cada 1,000 huevos puestos sólo hay probabilidades de que una tortuga nazca y se desarrolle.