- Daños físicos y emocionales causados por el pesticida en los años 70 han sido devastadores para los ex obreros y su descendencia
- Empresas fabricantes no protegieron a los trabajadores, aunque conocían de su toxicidad desde la década de los 50
Janelys Carrillo Barrios [email protected]
I ENTREGA. Es muy probable que la mayoría de los nicaragüenses no recuerde qué pasó el 23 de noviembre del año 2000. Pero para 3,600 hombres y mujeres que en la década de los 70 trabajaron en las plantaciones de banano de Chinandega, ese día nunca se borrará de sus mentes.
En esa fecha, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad la Ley 364, Ley especial para la tramitación de juicios promovidos por las personas afectadas por el uso de pesticidas fabricados a base de DBCP, sustancia altamente tóxica, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), que se aplicó para matar plagas en las plantaciones de banano en Nicaragua entre 1970 y 1979.
Para las víctimas, con la Ley nació la esperanza de arrancar una indemnización a las siete empresas extranjeras que, en aquella época, fabricaron, comercializaron y aplicaron el plaguicida, a sabiendas de que ya había sido prohibido en Estados Unidos por los devastadores efectos que produce.
Cáncer, infertilidad, incapacidad laboral y deformaciones, son parte de la tragedia que ahora envuelve a esos 3,600 hombres y mujeres que se envenenaron el organismo con el plaguicida que data de 1833. Lo peor es que las secuelas del Nemagón no hicieron estragos sólo en los ex obreros del banano, sino que trascendieron a sus hijos y nietos.
36 DEMANDAS Y 150 MUERTOS
El 28 de febrero de este año, las víctimas del DBCP representados por el Bufete Ojeda, Gutiérrez, Espinoza y Asociados, introdujeron ante el Juzgado Tercero Civil de Distrito de Managua, la primera de 36 demandas por daños y perjuicios.
A la fecha se contabilizan 26 demandas interpuestas por más de tres mil ochocientos noventa y un millones 400 mil dólares (3,891,400.000), y según los representantes de los demandantes, las compañías no han respondido a las demandas, salvo una o dos cartas dirigidas personalmente a ellos, en las que niegan toda responsabilidad en la situación de los ex obreros del banano.
La acción judicial es impulsada contra las empresas Dow Chemical Company, Shell Oil Company, Occidental Chemical Company, Dole Limited Company, Chiquita Brand, Delmonte y Standard Fruit Company.
En el caso de las mujeres, las demandas están entre los 500.000.00 a 2,000.000 de dólares, tomando en cuenta que quedaron imposibilitadas para la procreación y que quienes conservaron la capacidad de concebir, quedaron dando a luz a niños con malformaciones genéticas. En el caso de los hombres, la suma reclamada oscila entre 200,000,00 y 500,000,00 dólares.
A la fecha se contabilizan las muertes de 150 personas. La más reciente víctima, Eduardo Emilio Herrera Núñez, quien falleció en agosto, a los 47 años, tras sufrir la paralización de sus riñones.
Don Eduardo viajó a Costa Rica en un afán por conseguir atención médica, pero no pudo. Dejó en la orfandad a tres adolescentes que también sufren las secuelas de la contaminación.
Otros esperan su hora final en medio de la pobreza y la pena de “heredar” a sus hijos y nietos la certeza de una muerte dolorosa y prematura.
16 AÑOS DE PESADILLA
A sus 46 años, Lucas Evangelista Roque Barahona es un compendio de pesares, angustias y tristezas. Podría decirse que su alma siempre está de duelo, y lo peor es que ni siquiera puede “escapar” de él refugiándose en el sueño, porque el Nemagón le ha robado hasta el derecho de dormir.
Hace 16 años, Lucas Evangelista cayó en un estado de insomnio permanente. Asegura que desde entonces olvidó cómo es el sueño, porque sólo lograba dormir una media hora cada dos o tres días.
“Salía para el monte porque me agarraba una sofocación terrible. Por la noche me bañaba hasta cuatro veces y ni aún así alcanzaba el sueño. Dios me ayudó para seguir con vida, porque con este desvelo es para que ya estuviera muerto”, aseguró.
No se sabe cómo es que esta víctima del Nemagón ha podido cargar con su mal y el dolor de ver morir a su pequeño Lucas Jeremías, quien a los cinco años lucía como un bebé de meses. Clara Elena, su otra hija de 11 años, vive fuera del país con unos parientes que le brindan cuidados especiales, ya que nació sin columna vertebral.
“No soy feliz… me afecta la tristeza de sentirme sin fuerzas para trabajar… los pies no me aguantan el cuerpo… las fuerzas no me permiten caminar ni un kilómetro”, asegura el ex obrero del banano.
MADRE, HIJOS Y HERMANAS COMPARTEN UN MISMO DOLOR
Recordó que a los tres años de haber empezado a laborar en las bananeras lo atacaron unos calambres y picazón en el cuerpo. Los huesos de las extremidades empezaron a deformársele. Ahora es incapaz de sostener una hoja de papel sin que sus manos no tiemblen. Es como si estuviera desnudo dentro de una refrigeradora al máximo de su capacidad de enfriamiento.
Sus hermanas también están enfermas. A María Engracia le sacaron la matriz, y aunque no está muy claro de lo que le pasó a Teresa de Jesús, tiene la certeza de que su mal también lo adquirió en las plantaciones.
En septiembre del año pasado, Lucas Evangelista recobró la esperanza de dormir como cualquier mortal porque logró conciliar el sueño por una hora al día, pero a inicios de agosto el desvelo volvió a atacarlo las 24 horas. “Nadita de sueño. Si me vuelve a agarrar lo mismo voy de viaje porque no voy a soportar”, aseguró con profunda tristeza.
A Lucas Evangelista también le atormenta la situación de Cándida, su mamá, quien como él y muchos otros sufre las secuelas de la contaminación. “Está viejita y no sé cómo será el día que muera, porque ella es la que me cuida y me alimenta, yo no tengo capacidad para agarrar un machete y salir a trabajar”, expresó.
Aunque los niveles de insomnio no son iguales a los de Lucas Evangelista, Cándida también vive atormentada. Un médico que la examinó le dijo que sus ovarios “están secos”
Sus tobillos, ennegrecidos por un hongo maligno, le producen una comezón irresistible. De tanto rascarse se ha provocado una llaga que le pega “mordiscos”.
Recuerda que cuando en 1982 la corrieron de la finca bananera junto a unos 80 obreros, ya estaba enferma, y ni aún así le dieron un centavo de liquidación.
La falta de concentración es otra manifestación de los estragos del Nemagón en la humanidad de doña Cándida. “La mente se me va, puedo estar platicando con alguien y de repente no sé de qué estoy hablando”, refirió.
LOS DEMANDANTES
– Víctimas del Nemagón aseguran que hay grupos de inescrupulosos deseosos de boicotear el trabajo del Bufete Legal Ojeda, Gutiérrez, Espinoza y Asociados, pero aseguran que irán hasta el fin con sus representantes.
– Victorino Espinales Reyes se ha ganado la confianza y el respeto de los ex obreros del banano y de los abogados “porque es un buen hombre”. Los primeros aseguran que si no ganan la demanda no importa, pero habrán luchado por una causa justa.
– Demandantes aseguran que si fueron capaces de permanecer 15 días a la intemperie frente a la Asamblea Nacional para que aprobaran la Ley, bien pueden esperar el final del juicio el tiempo que sea necesario “porque no podemos perder las esperanzas”.
– Dios quiera que la juez tenga conciencia y valore que ellos (los demandados) nos arruinaron la vida, sostienen demandantes.
Con este artículo:
Don Victorino, artífice de la batalla legal.