Eructa. Enseña las bragas. Odia las fiestas. La actriz de 25 años, recientemente estrenada como mamá, no se anda por las ramas. Ha pasado de ser el rostro angelical de “Titanic” a interpretar papeles de sexo. En “Quills” es objeto de las fantasías del marqués de Sade.
Su nueva película, “Quills” (se estrenó en España el 2 de marzo), narra la historia de los últimos años del marqués de Sade en Charenton, un asilo para lunáticos en las afueras de París donde Madeleine, una lavandera interpretada por Winslet, arriesga su vida sacando clandestinamente los manuscritos de Sade para beneficio de un público ávido y de un Napoleón enfurecido.
En ocasiones, la película se torna insoportablemente violenta, con Geoffrey Rush haciendo locuras en el papel de un vicioso y demencial Sade. En otras, parece estar a un paso de caer en el abismo de la farsa, al estilo de la clásica serie de películas cómicas británicas tituladas Carry On…, llenas de tetas bamboleantes y pícaros traseros.
“Resultó difícil hacerlo bien”, reconoce Winslet, quien supo mantener el tipo con ese equilibrio entre inocencia e insolencia que ha demostrado a lo largo de su trayectoria profesional. A pesar que fue la primea actriz en comprometerse con el proyecto, cuando leyó el escandaloso guión de Dough Wright, adaptación de su obra teatral, se preguntó si sería la persona más apropiada para el papel.
“No sabía si la gente aceptaría que interpretara a una fregona de clase baja, ya que ese tipo de papeles los suele interpretar Martine McCutcheon (polifacética actriz británica que también se dedica a la música y la televisión). Sin embargo, en mi interior sabía que lo podía hacer. Me parecía genial que Madeleine encontrara divertido y excitante trabajar en una casa de locos. En eso se parece mucho a mí. Cuando las cosas se ponen feas, me encontrarás riéndome”.
Acto seguido le sobreviene un sentimiento de culpa. “Por supuesto, yo tengo la fortuna de estar en una situación económica segura. Puedo permitirme el lujo de pensar que resulta gracioso. A otras personas puede parecerles trágico”.
La principal virtud de Winslet es que carece de la habitual diplomacia de las estrellas de cine. Su discurso entusiasta, lleno de exclamaciones, es más propio de una escuela de interpretación que de un actor dramático. Su naturalidad no tiene precio en un negocio en el que hay que mantener una imagen. Sin necesidad de apoyarse en la arrogancia ni en unas piernas aristocráticas, es capaz de sentir tanta vergüenza como cualquier chica en lo que concierne a los desnudos.
En Quills comparte escenas con Rush donde él aparece desnudo y que ella ha borrado de su memoria. “Nunca se hace más llevadero. De hecho, resulta cada vez más duro, especialmente para los actores de más edad. Me refiero a que Geoffrey no es que vaya exactamente todos los días al gimnasio…”, se detiene en seco e interviene la discreción: “Quiero decir que es muy importante que podamos ver a personas de ese tipo que sean…, bueno…, más normales”.
En su anterior película, “Holy Smoke”, de la directora Jane Campion, apareció desnuda y orinando en medio del desierto antes de dar a Harvey Keitel una lección de sexo oral. Cuando le pregunto si no le resultó embarazoso verse en una situación tan comprometida con el veterano actor, ella sonríe. “Fue divertido controlar la situación y tratarle como a una mier…”, se detiene por un segundo y añade: “No me refiero a Harvey, sino al personaje”.
Tras trabajar con la exigente Campion, quien le hizo ensayar dos semanas y no le permitió abandonar el acento australiano del personaje, Kate Winslet escogió Quills, como un antídoto. Le encanta la idea de arrimar el hombro y de que ningún actor sea más importante que otro. De no haber asistido a una escuela de arte dramático, seguramente se hubiera convertido en el producto de uno de esos colegios privados ingleses que crean muchachas dispuestas a hacer su parte, a remangarse la camisa y a dejar todos sus privilegios a un lado en busca del bien común.
Liberada de su deber como estrella, se podría apostar que esta mujer de 25 años es el tipo de hija o amiga que se pone manos a la obra y siempre está dispuesta a ayudar, que no va dándose aires de nada ni está nunca tan agotada como para no poner la tetera a hervir. Su personalidad la hubiera predispuesto, tanto o incluso más que para su actual forma de vida, a viajar con una compañía de actores ambulantes.
A veces resulta tan natural que una se pregunta cómo es esto posible si lleva una vida privilegiada desde los 17 años. Al poco rato comienzas a sospechar que, a pesar de que se quite los zapatos y te muestre las estrías del embarazo, en realidad no está siendo ella misma, ajena a toda cautela, sino que interpreta un papel que espera sea de tu agrado.
Actuar le sale por instinto. Es posible que todos aquellos que comiencen a una edad temprana en el mundo del espectáculo tengan dificultad a la hora de separar la ficción de la realidad, salvo en lo más recóndito de su intimidad. Y en el caso de Winslet no cabe duda que, en algunas ocasiones, se ha identificado excesivamente con sus papeles: ha llegado a sufrir desmayos en el plató, siendo incapaz de soltar amarras con sus personajes.
Cuando regresó del rodaje de su primera película, “Criaturas celestiales”, sus compañeras de clase la agobiaron para sonsacarle cada detalle, pero ella era incapaz de comentar una experiencia que la había traumatizado. Más tarde, su mentora, Emma Thompson, le explicó la importancia de protegerse contra la invasión mental que supone la ficción de otras personas.
“Fue una lección muy dura, pero ahora sé cómo cuidar mejor de mí misma”. Resulta descorazonador leer otras entrevistas donde no sólo derrama los mismos secretos, sino que lo hace utilizando las mismas palabras, logrando que en cada ocasión suene como algo espontáneo y original, igual que cuando realiza esa difícil quinta toma en una escena importante.
Son frecuentes sus alusiones a funciones corporales. Ha afirmado en numerosas ocasiones cuán impresionada se quedó con las primeras palabras de Emma Thompson cuando abrió la puerta principal antes de una reunión de producción para “Sentido y sensibilidad”.
Dijo que debía “hacer un pis”. Esta jocosa referencia escatológica (que en el caso de Kate ahora ha sido sustituida por el acto de amamantar a su bebé) se ha visto incorporada en el útil léxico “guayy espontáneo” de las estrellas que, como ella, desean mostrarse accesibles y normales.
También está su mortificación intelectual. Realiza un exhaustivo trabajo de documentación sobre cada papel y estudia el tema a conciencia. Está mejor informada que muchas mujeres de su edad con una educación mejor que la suya. Y en esta ocasión ha sabido coger el punto a Sade. “Ella era la persona más madura en todo el plató. No tuvo temor a los desnudos porque comprendió que había espacio para una exploración de la sexualidad adulta”, afirma Philip Kaufman, director de “Quills”.
Se podría hacer un seguimiento de su breve carrera cinematográfica por la fluctuación de sus caderas, ya que ha tenido que adelgazar para cada desnudo. “Para mí, desnudarme es lo más difícil de superar, el tener que permanecer ahí, de pie, aún a riesgo de parecer estúpida. Pero en ocasiones lo tienes que hacer”.
Ha sufrido por el ideal, cada vez más lejano, de convertirse en un cuerpo de diez. Antes de “Criaturas celestiales”, la película donde sorprendió a todos con su interpretación de Juliet Hulme, una de la dos atolondradas colegialas neocelandesas atrapadas en una fantasía homicida, Kate pesaba lo mismo que cuando estaba a punto de dar a luz. Al principio siguió un régimen sensato, pero tras el rodaje descubrió que no podía parar y sólo consiguió recobrar el sentido común cuando, agotada y sin energía, se quedó dormida al volante de su coche.
Dos años más tarde volvió a pasar hambre hasta obtener una delgadez de pechos suficiente como para encarnar a Sue Bridehead en “Jude”. Sea cuál sea su inseguridad, debe ser plenamente consciente de que por cada ceja que se alza ante su voluptuosidad, otras diez voces se elevan y la declaran una belleza impresionante.
Esta encantadora muchacha cuyo rostro inspira confianza ha conectado con las edulcoradas preferencias de la taquilla estadounidense. El resultado es el salto a los contratos millonarios y dos nominaciones al Oscar. Incluso hoy día afirma que casi no se lo puede creer. “Cuando comenzaron a llegar las grandes ofertas después de Titanic, pensé: ¿acaso esto es un sueño o qué? ¿será posible que todo esto me esté ocurriendo a mí?.
Sin embargo, es consciente de que no está viviendo tal sueño. Cuando le comento que desde “Criaturas celestiales”, la película de Peter Jackson que fue nominada al Oscar, ha tenido poco de lo que sentirse avergonzada, me corrige al instante. “¡Claro que sí! La siguiente película que hice fue Kid in the Court of King Arthur (la versión de Twain dirigida por Michael Gottlieb en 1995 en la que ella encarna a la princesa Sarah). De eso me puedo sentir muy avergonzada”.
Salvo ese lapsus, no ha conocido otra cosa que no sea el éxito, incluyendo la épica “Titanic” que elevó su cachet por encima de los 500 millones de pesetas. No habla con excesivo interés sobre la película que la convirtió en estrella. Se limita a afirmar que puede que haya cambiando su vida, pero no su personalidad. De hecho, la puso en peligro de perder el contacto con los motivos que la condujeron a convertirse en actriz.
“Después de “Titanic” todo el mundo me decía que debía subirme a la cresta de la ola y aceptar otro papel enorme, pero me resultaba imposible. Necesitaba recuperar algo dentro de mí, hacer algo pequeño, pero que me importara”.
Ella siempre ha odiado los lugares de moda. Nunca ha tenido ambiciones cosmopolitas. “Leí en una ocasión que me gustaba pasar el rato en el Ivy y aquello me sentó francamente mal. No aguanto esos lugares, ni las noches de estreno, ni las apariciones en público. No me interesa todo eso. La moda no me atrae para nada. Prefiero darme un bonito paseo”.
Aparte de preferir ser querida antes que envidiada, Winslet tiene otro motivo para desear mantenerse en el anonimato. Es la única que ha logrado el éxito tras generaciones de actores en su familia; siente escalofríos sólo de pensar que su padre, Roger Winslet, o sus hermanas Anna y Beth —también actrices—, puedan pensar alguna vez que la fama se le ha subido a la cabeza.
Sabe lo mucho que le debe a sus padres. La imaginación que ellos estimularon forma parte del bagaje en una carrera interpretativa que inició a los 13 años “en un anuncio de cereales”. Pero está lejos de sentir que careció de infancia, como le ocurre a la mayoría de jóvenes actores.
Esa niña pequeña continúa viva dentro de la actriz, un núcleo sólido de felicidad cristalizada desde su idílica infancia en el condado inglés de Berkshire. Philip Kaufman, director de Quills, necesitaba esa inocencia en contraposición a la oscura manipulación del marqués de Sade. En su opinión, hacía de Madeleine una Eva tentada a gozar de un placer prohibido. “Kate es inocente pero de una manera fuerte y robusta, no pasiva”, explica Kaufman. “Ella es capaz de transmitir eso sin decir una palabra. En una escena donde todo lo que hace es empujar ropa sucia a través de una ranura, obtienes diez emociones distintas sin diálogo alguno”.
Si se perdió alguna etapa de su juventud fue el desmadre de las fiestas nocturnas, el año sabático y los viajes de mochilera propios de muchos de sus compañeros de generación. En vez de eso, vivió una etapa de formación ante la cámara. Escogió rodar “Hideous Kinky” por la despreocupación hippy del personaje que a ella le habría gustado interpretar en la vida real de haber tenido tiempo.
Se hunde su matrimonio
Tomado de CNN, LONDRES.– La actriz británica Kate Winslet, famosa por su papel protagonista en la película “Titanic”, se separó de su esposo, el director de cine James Threapleton.
El portavoz de la artista aseguró a Sky Television que no hubo terceras partes implicadas en la separación, que calificó de amistosa, aunque no facilitó más datos.
La ruptura ocurre menos de un año después del nacimiento de la hija de la pareja.
Dos veces candidata al premio Oscar, Winslet, de 25 años, se casó con Threapleton en 1998, coincidiendo con el rodaje de la película “Hideous Kinky”.
(Con información de Reuters)