“Ojo por ojo y diente por diente”, estipulaba la antigua ley del Talión. Y muchos son a los que se les aplica en estos tiempos, pues sin ni siquiera imaginarlo Manuel Moreira Dávila tomó agua de su propia cisterna, cuando pagó cara sus constantes burlas a sus compañeros que usan anteojos a los que llamaba “cerebritos” o “cuatro ojos”.
Hoy esas mismas bromas y apodos son dirigidos hacia él, ya que un día que no olvidará nunca, tuvo que ponerse unos pesados marcos y gruesos lentes, iguales a los que usan los muchachos de los cuales se burlaba.
“Lo primero que se me vino a la mente fueron los malos apodos”, recuerda Moreira Dávila, de 18 años y estudiante del Instituto “Miguel Bonilla”, después que el oculista le notificó que usaría lentes, pues estaba padeciendo de hipermetropía.
Su cruel calvario comenzó, cuando entró por primera vez al aula de clases luciendo sus nuevos lentes. ¿Qué te pasa chavalo, de cuál fumaste?, fue la primera frase que se escuchó desde atrás. Aquí estoy ¿no me mirás? Escuchó decir al que estaba a su lado, entretanto su cara morena se enrojecía como un tomate al escuchar cuando avanzaba hacia su pupitre, carcajadas con tonos de burla por todos lados.
“En ese momento las estaba pagando todas”, repite con insistencia cuando relata que más de una vez salieron de su boca los apodos más ridículos, para todo aquel que usaba anteojos. “Yo era uno de los que me encantaba reír y llamar tuertos a los que usaban lentes, sobre todo si eran amigos míos”.
El deporte para él ha sido la práctica favorita. Y un destacado atleta y admirado por las chicas del colegio que usara lentes de aumento, no cabe aún en su mente. “Me siento todavía mal, porque una persona como yo dedicada al deporte, acostumbrado a necear, ser una persona hiperactiva y que use lentes, es motivo de complejo. Aún es el tiempo y a mí no me gustan”, añade el joven, sobre todo cuando sus amigos se inspiran en saludarlo de la manera más cordial, “¿Qué pasó ciego?”.
Pero entre tantas burlas, “no faltan también los halagos de algunas muchachas, que me dicen de vez en cuando ‘te ves simpático’, ‘elegante’, ‘te ves mejor’”, afirma el joven, quien después de seis meses de usar espejuelos no puede evitar que de vez en cuando le llamen “Cuatro ojos”.
Es tanta la popularidad de la telenovela “Betty la fea”, que muchas jóvenes sin pedirlo se han convertido en protagonistas del popular personaje entre sus compañeras de sección. “Ahí viene Betty la fea”, escuchan decir Mayra Lissete Sánchez, de 15 años, e Hilda García, de 17, todas la veces que pasan a la par de un grupo de chavalos.
“Me siento tonta”, señala Sánchez. “Creo que en realidad me miro fea”, añade García. Es así como ambas se sienten y se miran cada vez que amigas y enemigas les llaman “Betty”.
Pero la fiesta para sus compañeros, ni los malos momentos para ellas inician allí, el relajo y la pesadilla comienzan cada mañana cuando de disponen a entrar a su aula de clases. García dice: “Me da tanta cólera cuando me dicen, ¡ya llegó la cuatro ojos!, me dan ganas de salirme de clases”. “Llegó la bizca”, agrega Sánchez, mientras en su cara se nota cierta timidez e inconformidad por el hecho de usar lentes.
Consideran ser el patito feo de la fiesta, ya que aún sus enemigas les gritan, “¡Que horrible te ves con esos fondos de botella”, “Ojos prestados”. Pero a pesar de tales expresiones, reconocen que es la paga que merecen por haber llamado “el choco” a uno de sus amigos de escuela.
“Con lentes uno cambia. O te volvés más respetable o sos la burla de todos”, agrega García, una vez que señala ser desafortunada, pero al mismo tiempo contenta porque está dispuesta a demostrar que puede ser “Betty la fea”, pero también inteligente.
“A veces yo misma me hago chistes, para no sentirme mal. ¿Qué vale ponerle un poco de humor al día?”, dice Sánchez, una vez que recuerda que al fin y al cabo necesita de sus lentes, y no sin antes recordar a sus compañeros, que los ha de ver con la cola entre las piernas, cuando se dé el sagrado gusto de verlos con “fondos de botella”.
Imagínense ver a un joven que nunca en su guapa cara, se han apreciado unos espejuelos de forma ovalada. Doran Ruiz, estudiante del segundo año de secundaria en el Instituto Maestro Gabriel, nos cuenta su historia al respecto.
“Un horrible escalofrío, no de enfermedad, sino de vergüenza recorrió todo mi cuerpo cuando me miré frente al espejo con aquellos lentes”, recuerda Ruiz, pues ese día tendría que enfrentar las muy seguras e inevitables burlas y apodos de sus compañeros de curso.
“Me sentía todo acomplejado y estúpido, cada vez que me los ponía, porque todos los chavalos me decían cuatro ojos”, agrega.
“Llego el Tuerto”, le decían todos cada vez que su presencia se hacía visible entre la multitud de estudiantes. “¡Oye, qué no me podés ver!”, le repican todos los días del mundo. Palabras que ocasionan que hasta el más callado del aula despida una carcajada. Sin embargo, Ruiz se basa en la teoría que los lentes son una necesidad y que tarde o temprano más de algunos de sus amigos tendrá que utilizar lentes de aumento. “Van a ser peor que los míos, porque mi medida es baja, mientras que ellos a lo mejor van a usar los enormes fondos verdes”, finalizó el joven.
Historia
En Europa, las gafas se utilizaron por primera vez en Italia, inventadas por el florentino Salvino Degli Armati.
Lentes bifocales
Los primeros lentes bifocales fueron construidos por Benjamin Franklin en 1760. Al principio solo se fabricaron lentes que corregían la miopía y la hipermetropía, y sólo a finales del siglo XIX se generalizó el uso de lentes cilíndricos.