Durante ocho años el gobierno aplicó la política de “garrote y zanahoria” para negociar con los grupos armados. Después de un operativo militar, las autoridades se sentaban a negociar. LA PRENSA/ARCHIVO.

Violenta pacificación

En 1998, con la desmovilización oficial del FUAC, el gobierno decidió no seguir negociando, y tratar de ahí en adelante a todos los grupos armados como delincuentes. Se terminó en este momento la política de “garrote y zanahoria” que había “inspirado” la pacificación. Para el resto estaba el puro garrote, o sea la mano militar. […]

  • En 1998, con la desmovilización oficial del FUAC, el gobierno decidió no seguir negociando, y tratar de
    ahí en adelante a todos los grupos armados como delincuentes. Se terminó en este momento la política de
    “garrote y zanahoria” que había “inspirado” la pacificación. Para el resto estaba el puro garrote,
    o sea la mano militar. Atrás quedaban más de 50 acuerdos incumplidos y cerca de dos mil personas que
    murieron, paradójicamente, cuando la paz llegó a Nicaragua

Fabián [email protected]

El 21 de diciembre de 1997, 210 soldados del llamado Frente Unido Andrés Castro (FUAC) entregaban sus armas en la comunidad de Labú, en el Triángulo Minero. Ésta sería la última desmovilización oficial de la “pacificación” que comenzó en 1990, una vez que terminó la guerra entre contras y sandinistas.

Sin embargo, este desarme estuvo a punto de echarse a perder, cuando los miembros del FUAC acusaron al Ejército de estar metiendo tropas especiales con armas provistas de silenciador en el lugar de donde se les entregaba carnet a los desmovilizados. Los FUAC abrieron fuego y tomaron como rehenes durante tres días a la Comisión de Paz que servía de garante en el desarme. La crisis finalmente se superó, y el 25 de diciembre entregaban sus armas los tres jefes principales del FUAC: Edmundo Eugenio Olivas, alias “Camilo Turcios”; Gustavo Alejandro Navarro Guevara alias “Tito Fuentes”; y José Francisco Moncada Calderón, alias “Damián”. En la montaña queda todavía José Luis Marenco Pérez, “Marenquito”, con una tropa de 94 armados a la espera de “ver qué pasa” con los acuerdos firmados.

Con este acto en la zona montañosa del Triángulo Minero se da por concluida la política de “garrote y zanahoria”, como la llamó el ex Jefe del Ejército, general Joaquín Cuadra, y quedaba sólo el garrote, representado por el Ejército y la Policía.

“FIRMAR ME HARAS…”

La verdad es que más que zanahoria, lo que hubo en este proceso fueron promesas de zanahoria. Según la socióloga Angélica Fauné, quien lleva los últimos 20 años estudiando a los grupos irregulares de origen campesino de Nicaragua, de 1990 a 1999 se firmaron alrededor de 53 acuerdos de desarme y ninguno de ellos se cumplió, y cuando se cumplió fue “a pedazos”.

“Existía una política oficial de no cumplir: te desarmás, te prometo cosas, no te cumplo; te vuelves a rearmar, vuelvo a hacer un acuerdo, no te cumplo… O sea, arme-desarme…”, explica Fauné.

Esta política ha sido tácitamente aceptada como cierta por el general Cuadra, quien reconoció que cuando las autoridades se sentaban a negociar con un grupo armado se “prometía el oro y el moro” para que aquél entregara su arma.

Lo importante, dice Cuadra, es que entregaran las armas. “Es mejor tener un resentido desarmado más en Nicaragua, que tener un resentido armado”.

La otra ventaja que Joaquín Cuadra le ve a este proceso que Fauné describe como cíclico —“arme y desarme”— es que “así se fue drenando el país de las miles de armas que habían quedado de la guerra”.

ORIGEN DE LOS REARMADOS

Para Angélica Fauné, el pecado original de la guerra silenciosa que costó oficialmente 1,850 muertos a Nicaragua, se debe a que el gobierno de doña Violeta cometió el mismo error del sandinismo, al desconocer el origen del ejército de más de 20 mil campesinos salidos de la contra, que después de 10 años querían vivir en paz.

“La pacificación está vaciada de una política económica de reinserción de este campesinado. No tiene ningún sustento económico, y un aspecto clave es que se hacen acuerdos que saben que no los van a cumplir. Les prometen tierra, les dan tierra y no se las titulan”, argumenta.

“El problema de este campesinado no era tanto la tierra, sino cambiar de lugar. Esta gente en su mayoría tenía tierras, pero no quiere volver a su lugar de origen por razones de seguridad. Entonces, hacen los Polos de Desarrollo, pero nunca les titularon, que era lo que necesitaban”.

Para Fauné, es muy importante considerar el origen rural de los recontras y el origen urbano de los recompas, que aparecerían más tarde.

“Los miembros del Ejército son en su mayoría urbanos. El FUAC está integrado por personas urbanas, no eran campesinos ni eran de esa zona (el Triángulo Minero). Este ejército de compactados es de los departamentos, y van a ver que no tienen ningún futuro como empleados públicos, y vuelven a ser finqueros, como sus padres alguna vez lo fueron, y la demanda de tierra se convierte en la principal reivindicación. Pero ni el gobierno de doña Violeta ni el del doctor Alemán han dado tierras a estos grupos. ¿Qué hace? Empieza a dividir a estos grupos. Hacen acuerdos con tales líderes, tanto en el seno de la Contra como en el seno de los que se alzan más tarde, por el lado del Ejército como por el Ministerio de Gobernación”, explica.

ARISCOS Y DESCONFIADOS

Las promesas incumplidas una y otra vez, desde el punto de vista económico, más el engaño y la infiltración, desde el punto de vista militar, terminan convirtiendo a estos grupos en “desconfiados, ariscos y matreros”, como los llamó el general Joaquín Cuadra.

“La historia les enseña que no pueden entregar todas las armas. De hecho, ningún grupo que se ha alzado ha entregado todas las armas. Hay buzones de armas intactos en su gran mayoría. ¿Por qué? Porque justamente esta política oficial, de este juego, que digo que le voy a dar todo y no le doy nada, a mi modo de ver alimentó el arme y el desarme, y la aparición de un montón de bandas”, señala Angélica Fauné.

Fauné pone dos ejemplo de esta desconfianza: Cuando se desmoviliza el FUAC hay cinco acuerdos firmados y ninguno cumplido, y es por ello que queda José Luis Marenco con una tropa de cien hombres armados en la montaña para garantizar el cumplimiento del último acuerdo.

“Con esta política ya nadie sabe quién es, ni el mismo FUAC.. ¿quiénes son? Esa política los liquidó, es exitosa en ese sentido pero es imparable la consecuencia. ¿Qué ha salido de ahí? Un montón de bandas. Porque vos podés tener una política militar para un grupo estructurado, pero las bandas son infinitesimales”.

Según datos del Ejército, cuando se desarma el último contingente del FUAC, en diciembre de 1997, existen 27 bandas de armados, que provocaron la muerte de 95 civiles en 1998. Al año siguiente los grupos armados han crecido a 44, y 146 personas murieron en sus manos.

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