Deborah Seward (AP)
El mundo de riqueza que le rodea en Zvenigorod parece muy distante de la vida de Saidunmaro Rajmatjudza, que arrea unas 200 cabezas de ganado al grito de “domoi, domoi” (¡a casa! ¡a casa!).
El arriero barbudo de 57 años es un ejemplo vívido de cómo la disolución soviética ha afectado la vida de la gente común.
Rajmatjudza es de Dushanbé, la capital de Tajikistán. Luego de que esta república soviética se independizó, estalló la guerra civil y él perdió su trabajo en la empresa de acueductos. Fue entonces cuando emigró a Rusia para hacerse cargo de las vacas de una empresa rural.
“Las cosas están más tranquilas en Tajikistán, pero no hay dinero, por eso tuve que venir aquí”, dijo.
Espera volver a su país cuando llegue la época de la nieve y las vacas sean encerradas en los establos de la empresa.
Como él, millones de trabajadores de las antiguas repúblicas soviéticas han ido a Rusia desde 1991. Antes todos tenían el mismo pasaporte soviético. Ahora son inmigrantes indocumentados, mal pagados, explotados, sujetos a deportación en cualquier momento, tolerados sólo porque Rusia necesita mano de obra.
En Zvenigorod, la pintura fresca de las iglesias brilla bajo el sol.
La caída de los comunistas trajo un renacimiento de la religión, y desde entonces se han construido o reconstruido 13,000 iglesias, según dice Alexy II, patriarca de la Iglesia Ortodoxa rusa.
LOS POLACOS, NAPOLEON Y LOS NAZIS
Zvenigorod es la aldea más vieja de la región de Moscú. Resistió ataques de los polacos en el siglo XVII, y de los ejércitos de Napoleón y de Hitler.
Pero bajo los soviéticos se estancó, y en la nueva Rusia aún no ha florecido. Algunos llaman a Zvenigorod la “Suiza rusa” debido a sus laderas boscosas y sus ríos, pero la comparación es recibida con desdén por los lugareños. No hay mucho que hacer en la Suiza rusa, sobre todo si uno no es un nuevo ruso rico.
Al mediodía, en el kiosco de periódicos sólo quedan una guía atrasada de televisión y varias revistas pornográficas.
En el Restaurant Djeckpot la comida es pasable. La principal atracción del fin de semana la constituyen los espectáculos de desnudismo, en los que hombres y mujeres se desvisten en el interior de pequeñas jaulas: uno de los frutos dudosos de la liberalización postcomunista.
En el almacén de la calle Lenin hay de todo, pero no a precios accesibles para el que gana el equivalente de 78 dólares por mes: hot dogs a 1.55 dólares, langostinos congelados a 2.75, comida para gatos a 2.41.
Algunos en la Rusia postsoviética añoran las sencillas certezas de la era comunista, donde las condiciones de vida eran las mismas para todos, salvo para la élite comunista gobernante.
Una encuesta realizada este año por la Fundación Opinión Pública halló que el 79% de los rusos lamenta la caída de la Unión Soviética, comparado con el 69% que lamentaba el hecho en 1999.