Tito Rondón [email protected]
Si me lo permiten, les voy a contar de los primeros partidos que vi.
Un señor costeño que trabajaba para mis padres fue el encargado de llevar a mi hermano Juan y a mí al estadio; jugaban el Boricuas y el Flor de Caña. Debe haber sido 1952.
Recuerdo que el señor que nos acompañaba era amigo de Bel Castillo, un costeño receptor de los cañeros. También recuerdo que alguien nos explicó que el verdadero equipo que todo mundo apoyaba era el Bóer, pero como no existía, pues uno tenía que ser fanático del Boricuas.
Por eso es que debe haber sido fácil elegir ir con el Flor de Caña.
Cuando desaparecieron en 1957 ya era mayor, y cambié mis simpatías por el León, la tierra de mi madre (mi padre era peruano y no tenía nada que ver con el beis).
En León por cierto vivía una tía-abuela, la tía Chabelita, que era muy dulce y cariñosa y siempre nos invitaba a mi hermano y a mí a pasar vacaciones, lo que hacíamos con mucho gusto por la aventura de viajar en tren (comiendo en todas las paradas), y pese al pánico que le teníamos al tío Alfonso, su esposo.
En ese mismo año de 1952, creo, alguien nos llevó al “Hipódromo”, que así se llamaba el estadio de León, sito exactamente donde está ahora.
Recuerdo de ese partido que el León le ganaba con cierta facilidad al Flor de Caña (sí, otra vez me tocó; de más edad me tocaría relacionarme con el Flor de Caña más íntimamente), y se acercaba el final del juego.
Los de Chichigalpa mandaron a un bateador emergente, y el público no lo creía. Yo no conocía a Timothy Mena, pero por lo que oí me di cuenta que el jugador era muy veterano.
Se sentía cierta incredulidad del público de que lo mandaran a batear, pero precisamente eso me hizo intuir un drama e hizo que se me grabara el momento en la memoria.
Rápidamente le cruzaron dos strikes, a los cuales les hizo un swing defectuoso. Después de un lanzamiento de desperdicio se preveía el trágico final, un tercer strike ignominioso.
El viejo hizo swing… y conectó un batazo monstruoso, que casi abandona las instalaciones, pues dio en el muro de piedra cantera detrás de donde años más tarde instalarían la cerca.
El anciano llegó con costo a segunda, donde un Sandy Moreno hubiera logrado al menos un triple y posiblemente un cuadrangular.
El público leonés se puso de pie y le tributó al gran Timothy una ovación tan emocionante, sobre todo por venir de la fanaticada contraria, que caló en lo profundo de mi ser. El drama del viejo pelotero emocionando al público una vez más, y de la nobleza de los leoneses de aplaudir la hazaña enemiga, me enamoraron aún más del béisbol.