- Los indígenas monimboseños tienen toda una gama de costumbres y tradiciones alrededor de la muerte. Los cadáveres de niños son vendidos a personas pudientes que se encargan del funeral. Las exequias de los adultos tardan cuarenta días y finalmente los corren con malas palabras. Los entierros son amenizados con chicheros y en los velorios hay abundancia de comidas.
Leopoldo López AriasCORRESPONSAL/ MASAYA [email protected]
Contrario a la tradición más generalizada, el fallecimiento de un indígena monimboseño, es una verdadera fiesta. Son despedidos de este mundo con comilonas y al son de chicheros que amenizan su marcha hacia la última morada.
Aunque no con los atavíos culturales de sus ancestros, los indígenas de Monimbó y habitantes de zonas rurales aledañas mantienen sus costumbres y tradiciones autóctonas. En cada funeral se gasta un capital y la frase popular de que “no hay muerto pobre” se cumple al pie de la letra.
VENTA DE CADÁVERES
Don Santiago Ñurinda y Sánchez, actual funcionario de Cultura de la Alcaldía de Masaya y cacique monimboseño, relató que los indígenas “vendían” los cadáveres de los niños, costumbre que, aunque en menor medida, aún persiste.
La venta es simbólica. Si el padre de la criatura es de pocos recursos económicos, vende el cadáver a personas pudientes o a varias personas de la comunidad para que realicen las honras fúnebres, aclaró.
Quien compra el cadáver asume los gastos del funeral: ataúd, mortaja y todo lo que se reparte en el velorio. Al día siguiente se entierra con adornos y un lirio blanco, acompañado de música de marimba y guitarras porque los indígenas consideraban que los niños son angelitos que cuando mueren van directo al cielo.
40 DÍAS DE FIESTA
Las honras fúnebres de los adultos es distinta. Se dice que la gente “se come al muerto” porque desde su agonía hay vela, comilonas y repartidera de café con pan.
Cuando fallece, la vela es una verdadera fiesta…A los tres días después de muerto, se reparte chilate (atole compuesto de maíz pujagua, leche, canela y azúcar) entre la concurrencia.
Los entierros en Monimbó son muy concurridos y van acompañados de música de bandas filarmónicas.
Luego continúa el novenario que al finalizar se celebra con una vela con abundancia de comida, después se reza un rosario cada viernes hasta cumplir los cuarenta días.
CORREN Y TRATAN MAL AL MUERTO
Cumplida la cuarentena, después de rezar tres rosarios durante la noche, la persona que estuvo a cargo de los rezos, va por toda la casa tratando mal al muerto y corriéndolo.
“¡Andate de aquí!, ¡ya nada tenés que hacer!…” le va diciendo al muerto mientras riega agua bendita por toda la casa en los lugares donde estuvo la persona fallecida. Finalizan al amanecer con el “Mil Gracias” y la viuda agradece y queda contenta con su comunidad, describió Ñurinda.
Explicó que esto se hace con la creencia de que si el muerto no se corre quedará penando. “Es un rito que tiene que ver con la creencia que tenemos los monimboseños, porque los muertos están entre los agüisotes y como le tememos al muerto debemos correrlo para que no nos salga. A los 40 días se va porque ya no tiene nada que hacer aquí”, dijo.
FUNERALES DE BORRACHITOS Y PORDIOSEROS
Los funerales de pobres, borrachitos y pordioseros se ubican entre los mejores. En sus velorios hay abundancia de café negro, tamal dulce, relleno con queso, rosquillas, pan y comidas, gracias a la fraternidad y tradiciones de los indígenas monimboseños. “Nosotros los indígenas creemos que no hay muerto pobre y así tiene que ser”, enfatizó.
Los adoradores del dios Baco, que por su adicción al alcohol abandonan el hogar y deambulan por las calles, al morir son reclamados por sus familiares.
Y que no tengan familiares no es un problema. Los pobladores monimboseños se reúnen para preparar los funerales, y cada habitante se encarga de dar lo que puede para repartirlo en la vela del finado desconocido. “El pueblo carga con el muerto… es que el pueblo es dadivoso. Es algo nato”, refirió Ñurinda.
Narró que en el siglo XIX la iglesia Magdalena tenía un ataúd que los indígenas llamaban “anda”, la que utilizaban para sepultar a sus deudos, luego la regresaban al mismo templo, no sin antes dejar una limosna.