Adolescentes nicaragüenses recién llegadas a Costa Rica han sido objeto de abusos, incluso sexuales, denunciaron orgaismos civiles y de la Iglesia Católica de ese país.

Pasos en el fango

Emilia Mora [email protected] Atracadero Papaturro, Nicaragua. El ingreso ilegal de cientos de nicaragüenses por los charrales fronterizos, jugando su propia ruleta rusa, se ha convertido en una tragedia cotidiana en las noticias nacionales; sin embargo, cuando la realidad se toma de la mano y se camina con ella, se vuelve única, más humana y por […]

Emilia Mora [email protected]

Atracadero Papaturro, Nicaragua. El ingreso ilegal de cientos de nicaragüenses por los charrales fronterizos, jugando su propia ruleta rusa, se ha convertido en una tragedia cotidiana en las noticias nacionales; sin embargo, cuando la realidad se toma de la mano y se camina con ella, se vuelve única, más humana y por tanto, dolorosa.

Cuando Edwin —un pequeño de apenas cuatro años de edad—, se quedó mirando la gaseosa que me estaba tomando en un tugurio de pulpería, cerca de Papaturro de Nicaragua, supe porqué su madre se había aventurado a vivir las penurias de ese viaje, junto a su otro hijo de cinco meses, Óscar Mario.

No pude evitar pensar en mi hijo, que aunque menor que Edwin, le podría superar en tamaño.

Cuántas veces mi hijo ha tomado paquetes enteros de galletas sólo por el puro placer de desmoronarlas en mi cara. Eso pensé cuando vi la desesperación con que Edwin se comió unas galletas que le compraron.

No era para menos. Camino de Papaturro, mi compañero Carlos Barbosa —quien conmovido por el agotamiento del niño lo llevó en hombros— había escuchado los estruendos de su estómago que gritaba de hambre.

En ese panorama, en medio de lagunas de barro y nubes de mosquitos, Edwin sólo intentaba lograr su gran meta: seguir, sin replicar, el paso de su madre, que tenía bastante con cargar a su hermanito en brazos, ya casi desfallecido de hambre y calor.

Los enormes zapatos que lograron conseguirle para tan inolvidable paseo de infancia, sumado a la constante caída de sus gruesos pantalones de mezclilla café, húmedos de orines, se volvían un tormento para que ese pequeño llegara hasta el destino de todos los ilegales nicaragüenses que atracan en Papaturro: Méjico de Upala.

Y después de ahí, apenas empezaba otra historia del pequeño en suelo tico.  

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