- Remembranzas de un pescador de antaño
María Antonia López M. [email protected]
Casi la mitad de su vida ha transcurrido a la orilla del mar. Se convirtió en pescador por herencia de su madre. Ahora sus hijos le prohíben subir a un bote.
Llegó a Masachapa, porque su madre tenía una vivienda en el lugar y antes de morir se la dejó. Allí procreó a sus hijos con quienes mantiene contacto todos los días cuando se encuentran en la playa.
A Manuel de Jesús Flores Cruz, a sus 78 años, no le faltan las ganas de meterse a las aguas saladas, pero “ ya no me llevan a pescar, me arruiné la vista. Los vientos de la madrugada son malos, y me dio una enfermedad que le dicen catarata”, expresa con nostalgia viendo al mar, mientras espera el arribo de las pequeñas embarcaciones por la mañana.
Flores recordó que la pesca en estos días no es como antes, “ahí nomás se iba a pescar, no se usaban motores, todos los botes eran de madera y remo, cada quien llevaba un cajón para cargar el pescado, no era necesario irse a las profundidades”.
Este viejo pescador no sólo añora la forma de pescar sino el rendimiento económico que les proporcionaba el producto. “Un buen pescado valía un chelín (25 centavos de córdoba) y ahora aunque cuesta 10 pesos (córdobas) es como no tener nada, porque no se puede comprar. Este pueblo es una isla”.
Mientras contaba sus experiencias como pescador, a la mente le llegan imágenes pasadas: “Tenía un hijo, era el mejor tiburonero del lugar, pero vinieron unos de Corn Island para llevárselo, y desgraciadamente el avión en que iba se cayó y murió”. De sus otros hijos, algunos se han dedicado a la pesca, otros compran y dos murieron durante la guerra de los ochenta.
Pero regresando a sus viejos recuerdos, Flores añadió: “Cuando era pescador, una vez me di vuelta en mi bote de remos. Me hundí a las cuatro de la tarde y salí hasta las siete de la noche a la orilla, ¡pero salí!”, dijo con tono orgulloso tras asegurar que “es mejor andar en un barco que en un carro en la carretera, porque aquí se cae en agua y en la calle no”.
Flores siente que antes los tiempos eran mejores. Horas antes del maremoto tenía dos botes de remo. Cuando el pueblo fue inundado por las aguas marinas, su casa y su medio de trabajo quedó perdido. Desde entonces no se pudo recuperar.
“No me ayudaron en nada, sólo unas láminas de zinc me entregaron, pero no es suficiente, los botes no me los repusieron y ahora ni siquiera salgo a pescar”, dijo apenado.
CON REMO EN MANO
Hace algunos años la pesca marina se hacía en pequeñas embarcaciones de madera.
Ahora solamente unas cinco son las que prevalecen en la playa.
Manuel Salvador Bermúdez es uno de los pocos que pesca con bote de esta naturaleza, asegurando que la estabilidad del mismo es absoluta y cuando se dan vuelta tienen la ventaja de voltearla con facilidad y continuar su rutina.
Con este tipo de embarcación no pueden irse a las profundidades, y por ello la pesca es menor.
Manuel dice que su bote lo compró en 1,500 córdobas, ya que fue elaborado con madera de ceibo, no muy resistente al agua. Está obligado a cambiarlo en un par de años.