- Fue en Boaco que encontré a este varón al que no le gusta “el recuerdo puramente añorante del ayer”, y que prefiere encontrar y entender la presencia del pasado en el presente, y posiblemente también en el mañana
Mario Fulvio [email protected]
Aquí les presento a un colega súper conocido, don Flavio César Tijerino Fajardo, quien firma sus trabajos intelectuales desde el monolito de Saguatepe, pero vive en una casita provista de un portón de madera y situada en el barrio de Olama, en el centro de la Ciudad de Tres Pisos. ¿Qué importancia tiene que la casa tenga portón de madera?, me preguntará usted. Muy simple, pero también trascendente. En ese portón don Flavio pega con chinches los papeles que contienen sus noticias y opiniones para que sus coterráneos las lean al pasar por la calle.
Así, el amigo Tijerino se convierte en un comunicador social beligerante, y completa ese quehacer hablando diariamente por teléfono a diferentes programas radiales de Managua donde se destaca por la sencillez y sinceridad de sus intervenciones.
Hecha la presentación, argumento ante don Flavio que el pasado es historia, y la historia, se dice, es la gran maestra de la vida.
Mi interlocutor explica: “Me aflige un poco la actitud puramente añorante del pasado que parece estar de moda. Más que añorarlo, lo que se debe hacer es entenderlo, encontrar su presencia en el hoy y su posible presencia en el mañana. Agotarse en la mera recordación del pasado es hasta biológicamente destructivo… es una manera más rápida de envejecer”.
El pasado no es mi “fueyte”
“Todo depende –le digo–, los recuerdos son respuestas que da la memoria sobre lo ausente, sobre lo que ya no tenemos. Los managuas ahora propenden a añorar, y se explica ese fenómeno con el terremoto del 72 que arrasó y cambió totalmente su ciudad, mató a sus seres más queridos, y a los sobrevivientes les arrebató el sentido urbano que los agrupaba como una gran familia”.
— Con esto de las añoranzas ocurre lo que sucede con el lenguaje de Rubén Darío y los jóvenes de hoy. El lenguaje de Rubén ya no es inteligible para las generaciones actuales que carecen de la formación mitológica de antaño. Para ellos resulta ingrata la lectura de Rubén… “Que púberes canéforas te brinden el acanto, que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto…”, ya alguien decía que cuando leyó ese poema sólo entendió el “que”.
Si vamos a hablar del pasado debemos recrearlo, explicarlo, describirlo, lo que hizo usted con doña Tere de Somoto, porque si no, no interesa, es como que le estén hablando de extraños. Tiene que haber en la escritura una potencia no sólo evocadora, sino transfiguradora, y yo carezco de esa virtud. No digo que no me acuerde de muchas cosas de Boaco, pero si Pellelleque dijo “ese es mi fueyte”, para mí ese no es “mi fueyte”.
— Creo que lo criticable es recordar el pasado con un afán “conservador”, creyendo que aquello fue mejor y oponerse, por ende, a las nuevas luces en un plan retrógrado, oscurantista.
— Sí, porque el pasado no es una momia, sino un ser vivo en transformación constante. No es asunto de que se acabó o no se acabó, lo que pasa es que se ha transmutado. Tenemos que estar atentos a estas transmutaciones, porque si no de repente vamos a estar rodeados de cadáveres.
— Incluso los locos de ayer no son iguales a los locos de hoy. Las poetas callejeras de ayer no son iguales a las poetas de hoy.
— Cambiando la “oe” por la “u” tampoco. Pero hay algo que es tras de lo que hay que ir, que es la continuidad de cierta locura que no se expresa de la misma manera con que apareció en 1950, pero que tiene continuidad, aunque ahora aparece de otra manera.
Por ejemplo, algunos critican las “estilizaciones” de las danzas folklóricas de ahora, pero esas estilizaciones son indetenibles porque son parte del arte. Es una de las corrientes que va transformando la cultura nacional, por un lado la típica y por otro la artística.
Otro ejemplo es el de los “bailantes” de Boaco, en mi infancia los bailantes tenían máscaras zoomórficas y llevaban espejos en el sombrero. Los espejos desaparecieron por los problemas económicos de los años 70-80. La máscara desapareció porque un sacerdote polaco (José Newbrosky), que era casi el alcalde del pueblo, las prohibió, acuérdese que era un europeo. Y otra cosa que desaparece, y no le veo motivos económicos, fue el pito que daba una música monótona y que lo hacían de carrizo. Y luego desaparece –se corrompe, mejor dicho–, el “Parlamento”, el coloquio, ahora los que se dicen son disparates, antes no se trabajaba sobre un parlamento escrito, sino sobre un parlamento memorizado que se transmitía de generación en generación.
Por eso nosotros al evocar no podemos quedarnos viviendo inútilmente en ese ayer, porque ese ayer ha continuado transformándose… El loco de ayer no es el loco de hoy, pero siempre hay locos.
La historia que vuelve a repetirse
— Bueno, pero ¿cómo resuelve el problema de tener un pasado y de sólo poder pensar en el presente?
— Es que el presente es tan excitante, tan atrayente, que no me da tiempo de estar pensando en el pasado, y a veces el pasado y el presente vuelven a reencontrase. En 1938 las pipas resolvían a satisfacción el problema del agua en Boaco… Y ahora, en el 2001, también lo están resolviendo. ¿Y, entonces, el progreso dónde está? Definitivamente me encuentro en el pasado tratando de ayudar a resolver un problema del presente.
— ¿Y ese presente del que me habla, no llega a abrumarlo?
— No. Aquí los periodistas han propalado la idea de que los nicaragüenses estamos saturados, hartos de noticias, y por eso los domingos hay un embargo noticioso en Nicaragua. Casi no hay noticieros. Yo me aflijo cuando no estoy informado porque no sé lo que está pasando hoy, y para poder seguir con mi información tengo que escuchar radios hondureñas, la BBC de Londres o Radio Nederland, que no tienen embargos informativos los días domingos.
— ¿Y no pelea a veces con otros elementos?
— Yo vivo solo. Pero es una soledad relativa. Mantengo una constante comunicación con la juventud. Yo tengo una escolaridad muy pobre, soy primarión, pero he leído un poquito y me ha gustado la literatura. En español soy de mucha utilidad para los jóvenes. Hoy, precisamente, tengo una reunión con varios de ellos para analizar un poema de Darío. Por ahí me encontré un aforismo hindú que dice: “Enseño lo que quiero aprender y lo enseño una y otra vez hasta que lo aprendo”. En ese compartir con los estudiantes he ido aumentando un poquito lo que sé.
— En sus escritos usted utiliza la “i” latina por la “i” griega. Esa es una forma arcaica de escribir… ¿Por qué lo hace?
— Es una epidemia contra lo establecido propia de la adolescencia. Yo no voy a escribir como quiere la Academia que escriba, me dije en ese tiempo, yo voy a escribir como suena. Luego, investigando un poco, me di cuenta de que ya en el Siglo XVI Nebrija sostenía que había de escribirse como se habla, y escribió su Gramática de esa manera. Más tarde, en el siglo XIX, encontré a Bello, quien propone esa ortografía y escribía en los periódicos utilizando la prosodia antes que las reglas.
— De cierta manera es una forma de protestar contra las Academias.
— Contra las Academias y contra los esquemas. Yo, aunque no he roto muchos esquemas trascendentales, sí he contrariado algunos.
Las “Actas diurnas” de Flavio César
— Sus notas pegadas en el portón semejan las “Actas Diurnas” que César mandaba a colocar en los lugares públicos de Roma.
— Vamos a cambiar un momento los papeles y yo le voy a preguntar: ¿Qué pensaría usted como comunicador de un pueblo en que los vecinos al amanecer pusieran en las puertas de sus casas sus editoriales, pensamientos y opiniones sobre diversos aspectos de la vida?
Sería una maravilla. Una cosa más o menos así la encuentra usted en “El Periquillo Sarniento”, del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi. Se cuenta ahí que Periquillo –el héroe de la novela–, llega a una ciudad de Oriente donde se sorprende al ver que los habitantes escriben sus leyes sobre unas piedras que colocan en las esquinas. De esa manera todos están enterados sobre sus deberes y derechos y los ciudadanos son laboriosos y pacíficos porque saben lo que tienen que hacer. Periquillo aprovecha para criticar la enorme cantidad de leyes, a cual más difíciles de entender, que tienen los pueblos modernos, que, por supuesto, ignoran la gran mayoría de ellas.
— Así sería. Y ésa es una exigencia que podría ser efectiva si uno quisiera.
Yo inventé un apólogo tonto sobre el origen del hombre. Resulta que los monos se bajaron un día del palo de coco y comenzaron a caminar en fila hacia Occidente, pero después de haber caminado miles de kilómetros, una pareja –un mono y una mona–, se detuvo: Niñá, ¿para dónde vamos?”, le preguntó el macho. “Para allá”, contestó la mona. ¿Cómo para allá… si allá se está poniendo el sol?, vámonos para acá que es donde nace. De esa pareja de monos es de la que se origina el hombre, los demás quedaron puros monos.
Fíjese que hace poco encontré una frase muy hermosa de Ernesto Sábato que dice: “En la resistencia habita la esperanza, sólo en la resistencia está la vida”. Que no parezca petulancia lo que voy a decir, esa ha sido la divisa de mi pequeña vida. No he resistido heroicamente porque no he tenido ese coraje, pero sí he resistido. Y si tengo miedo a algo es a claudicar, y a quedar en una silla. Temo la inmovilidad, pero sobre todo a la inmovilidad cerebral. A perder la capacidad de pensar y sentir, de ser sensible. Yo no creo que el hombre se defina por la racionalidad, sino por la capacidad de amar.
— ¿Es grata la apreciación que usted tiene de su vida?
— Yo no me aplaudo, me critico también. Me ha tocado vivir en un tiempo crítico que es el tiempo en que el ser humano vivirá siempre, con problemas, no hay otra manera de vivir. El problema es el propio ser del hombre. Una vida sin problemas no es una vida humana sino una vida animal.
— ¿Y usted, don Flavio, se va a ir al cielo o al infierno?
— Es que para mí el cielo y el infierno no son un lugar. No hay un lugar cielo o infierno. Yo pienso que esos dos términos constituyen más un modo de ser que un modo de estar. Son dimensiones dentro de la creencia, de la fe, que suele estar más allá de la razón. Yo creo en la posibilidad de ese otro modo de existir. “No sólo el hombre, sino las criaturas, todas gimen y aún están llorando esperando la hora de su glorificación”, dijo San Pablo. “Hay una especie de transfiguración del Universo entero”, dijo después Theillard de Chardin, que él llamaba “la cristificación del universo”, pero San Pablo lo dice temprano: “Las criaturas todas gimen y aún están de parto esperando la horas de su glorificación…”. Yo tengo esa fe.
MAESTRO SIN VUELTA DE HOJA
Estábamos el plena controversia cuando llegaron los alumnos de un colegio cercano a consultar con Flavio algunas propuestas para un análisis sobre “Lo Fatal”, de Rubén Darío. Y Flavio César se sentía “en su charco”.
TEMA PARA «SECULA»
– La casita de Flavio está en lo más alto del barrio de Olama, parece un palomar
– Había “tres actas diurnas” clavadas en el portón de la casa de Flavio César
– Quedamos de seguir algún día platicando sobre el tema de “los recuerdos”. Ojalá se pueda.