¿Se pueden reformar el FMI y el BM?

Rómulo Sánchez Leytón* Las instituciones gemelas del tratado de Bretton Woods el FMI y el BM han sido en los últimos años objeto de incisivas críticas desde la derecha, el centro, la izquierda y los países en desarrollo. Para algunos expertos no es necesario acabar con el FMI y el BM, sino lo que necesitan […]

Rómulo Sánchez Leytón*

Las instituciones gemelas del tratado de Bretton Woods el FMI y el BM han sido en los últimos años objeto de incisivas críticas desde la derecha, el centro, la izquierda y los países en desarrollo. Para algunos expertos no es necesario acabar con el FMI y el BM, sino lo que necesitan es mejorar su funcionamiento, reformarse para seguir teniendo razón de ser.

Es evidente que no todo les ha salido bien a estas dos instituciones, y en muchos casos las políticas económicas han estado equivocadas o no han sido realistas, o ha sucedido que los países han estado huérfanos de propuestas domésticas. Se ha pretendido sustituir las ideas locales y a sus líderes, y han querido actuar como dioses económicos. Esto les ha permitido anexarles una serie de condiciones para poder otorgar recursos crediticios a los países.

Así encontramos críticas de parte de los países en desarrollo, quienes arremeten contra la forma en que se asesora y se establecen en el escenario político. En muchos casos las políticas son abandonadas, y los lineamientos sólo son creídos por quienes las proponen desde el extranjero y las recetas se convierten en desastres económicos y políticos. Es recomendable que el FMI revise el estilo de imponer programas o estrategias y no sustituir las ideas endógenas, sino ser su complemento cuando considere que las propuestas internas son sensatas y que tienen una línea correcta. Al FMI y al BM les cabría mejor un papel consultivo, como un complemento de ideas y políticas. Deberían apoyar los programas que hayan tenido una elaboración rigurosa y que cuenten con una matriz de buenas ideas.

La intervención del FMI y el BM deben estar amparados en estadísticas e indicadores transparentes y actuales. Se deben priorizar la asistencia en programas para reducir la pobreza, detener el deterioro del capital ambiental y potenciar el recurso humano de los países. El compromiso de realizar reformas posibles por parte de algunos países, debe ser auxiliado cuando los mercados privados no responden de manera efectiva. La economía mixta, en lugar de un capitalismo puro de laissez faire, debería ser la forma predominante de organización económica; la sacrosanta libertad económica y el individualismo es un mito que veneran los fundamentalistas del mercado. Según el mismo J. D. Wolfensohn, presidente del BM, los subsidios agrícolas de los países desarrollados significaron 300 mil millones de dólares en 1999. ¿Y eso es libre mercado?

El FMI y el BM no deberían hacerse los sordos ni los ciegos, cuando de sostener gobiernos corruptos se trata. Mucha gente se pregunta ¿Qué ha sido de tanto dinero que se ha conseguido para combatir la pobreza? ¿Cuánto de esos recursos han terminado en los bolsillos de burócratas corruptos y funcionarios mafiosos? Cualquier signo de utilización dolosa de los recursos de estas instituciones, por parte de los países, debe significar la exclusión de la lista del uso de los fondos que éstas proporcionan.

Quizá la eliminación de ambas instituciones no sería la decisión más sabia, sino la inevitable necesidad de una “reingeniería” en ambas, las haría quizás, más efectivas y más sensibles para que existan reales oportunidades y más representatividad para nuestros países. Se dice también que una reforma sería mucho de esperar. Además, como señalaba el profesor E. V. Fitzgerald, seguramente “si no existieran se tendrían que inventar”.

‘Tanto el FMI como el BM no son reformables por sí mismos. Las cruzadas de rescate que se han implementado con grandes sumas de dinero y una pila de recetas no siempre han sido las apropiadas, ni las más efectivas para remediar o enfrentar las crisis monetarias que se han generado; algo similar ocurrió con el baht tailandés en julio de 1997.

Igual pasó cuando se puso a flotar la rupia de Indonesia y esto generó en una crisis monetaria, las reservas se debilitaron y la rupia llegó a sus niveles más bajos, casi pulverizada, mientras el BM inyectaba dinero al nebuloso sistema indonesio.

Luego vendría la quiebra de 16 bancos y la fuga de capitales no se hizo esperar, sobre todo, hacia Singapur. El FMI casi contribuyó al colapso monetario, y la asistencia del FMI sólo atizó el fuego de un incendio imposible de contenerlo. Y los programas de ajustes para Indonesia fallaron en evitar el colapso de la rupia. Cuando se asesoró atar a la rupia a una moneda dura, el FMI se irritó y el mismo gobierno de los Estados Unidos amenazaron con suspender los giros de financiamiento. El dictador Suharto no tuvo más alternativa que rendirse y abandonó la idea de la convertibilidad a una divisa dura. Por eso hay quienes señalan que “es hora de sacar de circulación a los sabihondos burócratas en Washington. Más que suficiente”.

En muchos casos las medidas macroeconómicas y las microeconómicas son contraproducentes. La fórmula estandarizada de austeridad fiscal, puede ser fatal para gobiernos que actúan con regímenes fiscales prudentes, que no es el caso de Nicaragua. La política fiscal recaudadora implementada deja mucho que desear en términos de la equidad. En Nicaragua la obsesión por las políticas fiscales y monetarias restrictivas han tenido efectos en la desaceleración de los agregados macroeconómicos, sobre todo, la inversión y la producción, así como la creación de empleo.

Las estructuras del FMI y el BM y sus pontífices económicos son todavía muy consistentes y parecen infranqueables. Han cambiado algunas cosas pero muchas también se mantiene incólumes. El FMI y el BM deben ser más cautelosos y racionales en su actuar. La estabilización macroeconómica seguirá siendo una importante función de los gobiernos y los bancos centrales. Es evidente que reformar el FMI y el BM no es tarea fácil, y no se puede olvidar que forman parte del Gobierno Global a nivel económico de la mundialización. Los cambios que se han hecho son más cosméticos que otras cosas. Las consecuencias de la aplicación de sus recetas han sido en muchos países perversas. La reducción de los gastos ha sido descontada de los programas sociales básicos, y no de los megasalarios: La educación, la salud, los subsidios, se ha obligado a cerrar los bancos de fomento, de la producción, etc.

El nuevo gobierno, sea del perfil político que sea, tendrá que seguir implementando y enfrentando los ajustes estructurales (con variantes para mantener el respaldo de los sectores vulnerables), tendrán que evitar el colapso del tipo de cambio, disminuir el déficit, evitar que se siga perdiendo la convertibilidad de la moneda, propiciar el funcionamiento independiente del Banco Central, incentivar el gasto privado para financiar el crecimiento. Es claro que ningún partido puede gobernar si no cuenta con el respaldo y el apoyo financiero de los organismos multilaterales y que la cooperación bilateral depende si tienen la venia del FMI y del BM. Un “paro del capital” no conviene a las aspiraciones de desfragmentar el curso de las políticas económicas y los gobiernos. Además una administración sana de las cuestiones macroeconómicas, es crucial y necesaria.

* Profesor titular Facultad de Ciencias Económicas UNAN Managua.  

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