Israel Enrique Benavides Cerros*
La creencia de que los mercados constituyen un buen mecanismo para la asignación de los recursos y que el Estado con su intervención sólo consigue crear inestabilidad, es una filosofía que se remonta al año 1776, cuando Adam Smith escribió su famosa obra “La riqueza de las naciones”. Según Smith, los individuos actúan en los mercados buscando su satisfacción individual, pero un fenómeno mágico, que él denominó “mano invisible”, los conduce a interactuar y alcanzar resultados beneficiosos para toda la sociedad.
La filosofía del libre mercado fue también la bandera de los economistas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuyos estudios de carácter eminentemente microeconómico, demostraban que un mercado libre de incidencias exógenas (las del Estado), tenía propensión a la consecución de equilibrios automáticos, estos argumentos teóricos fueron expresados a través del clásico modelo marshaliano de la oferta y la demanda.
Estos economistas (denominados neoclásicos), consideraban que todos los mercados, incluyendo el mercado de trabajo, eran tan flexibles (elásticos), que se ajustaban con dinamismo a las fuerzas de la oferta y la demanda, y que por lo tanto el desempleo era un fenómeno tan temporal que podía pasar por desapercibido.
La gran depresión en Estados Unidos en los años 30 cuyos efectos se reflejaron a nivel planetario, destruyeron las posiciones de los neoclásicos, pues ésta trajo consigo desempleo, recesión económica, inflación, hambre y mucho sufrimiento para los seres humanos en todas partes; pues reiteramos, la gran depresión fue un fenómeno global.
En 1936 salió a luz la magistral obra de Keynes denominada “La teoría general del empleo, el interés y el dinero,” la denominada “revolución” keynesiana fue una corriente económica intelectual cuyo principio fundamental es el manejo de la demanda efectiva, partiendo de las funciones de demanda global y oferta global. Según esta teoría, el punto de intersección de estas variables macroeconómicas determinaba el nivel de empleo.
Si los neoclásicos daban especial atención a los precios como variable determinante de los niveles de empleo, Keynes señalaba que el pleno empleo era una variable dependiente del equilibrio entre la demanda global y la oferta global, las que a su vez eran determinadas en parte por el mercado pero fundamentalmente por el Estado, el que desarrollando una política fiscal y monetaria activa generaba consumo e inversión productiva.
El razonamiento keynesiano es sencillo: Si el individuo incrementa su renta, éste a su vez incrementa su consumo en una proporción menor que el incremento de la misma renta; entonces, se produce un margen de inversión productiva dada por la diferencia entre la renta percibida y la demanda de consumo, precisamente esta inversión es la que genera pleno empleo.
Desde 1936 hasta finales de los años 60 el mundo fue esencialmente keynesiano, no obstante los déficit fiscales crónicos acompañados de procesos inflacionarios y altas tasas de desempleo pusieron en tela de juicio los postulados keynesianos dando lugar al resurgimiento de la teoría económica clásica del laissez-faire (dejad hacer dejad pasar), según la cual el Estado no debe intervenir en los asuntos económicos, pues el mercado asigna los recursos económicos de manera más eficiente cuando es libre de fuerzas extrañas (las del Estado).
El epicentro de análisis del neoliberalismo es la inflación, según esta teoría existe una relación de muy estrecha dependencia entre el crecimiento de la masa monetaria y el nivel general de precios, por lo que el gobierno a través del Banco Central debe mantener un control estricto sobre la oferta monetaria, ante todo sobre la base monetaria (M1), con el propósito de evitar la inflación.
El modelo neoliberal fundamenta su teoría en tres equilibrios fundamentales que se superponen y afectan entre sí: Primero, el equilibrio del presupuesto fiscal, objetivo que se alcanza reduciendo las categorías de gasto (sobre todo los gastos sociales), e imponiendo una presa impositiva a toda la población para incrementar los ingresos, segundo el equilibrio entre la oferta y la demanda de dinero mediante un control estricto de la oferta de dinero a través del Banco Central, estos dos equilibrios garantizan la consecución de un tercero, el equilibrio entre la oferta y la demanda de bienes y servicios (inflación baja).
Para los neoliberales todos los bienes y servicios (incluyendo los servicios educativos, de salud entre otros), deben ser sometidos a las leyes del mercado, pues el único criterio de equidad, es el mercado. Es frente a este criterio de exclusión que el Estado tiene una misión que cumplir, pues la globalización y su base, el neoliberalismo, desempeñan un importante papel en la expansión de la desigualdad al crear un mercado libre para ganadores y perdedores.
* Economista y director de la Escuela de Comercio Internacional y Economía de la UCC.