Pedro Pablo Torres Ferrufino.

La bohemia gardeliana de Pedrito Pablo Torres

En ocasión de un aniversario más de la muerte trágica de Carlos Gardel, ocurrida el 24 de junio de 1935, los clubes gardelianos de todo el mundo ofrecieron homenajes diversos al “Zorzal Criollo” A todo ellos se sumó, desde lo más recóndito de su humildad atrapada en su amarga soledad, este tierno cantor de barriadas […]

  • En ocasión de un aniversario más de la muerte trágica de Carlos Gardel, ocurrida el 24 de junio de 1935, los clubes gardelianos de todo el mundo ofrecieron homenajes diversos al “Zorzal Criollo”
  • A todo ellos se sumó, desde lo más recóndito de su humildad atrapada en su amarga soledad, este tierno cantor de barriadas

Mario Fulvio Espinosa [email protected]

Estaba arrinconadito en la esquina de una banca, parecía un pollito remojado de esos que friolentos buscan en el patio la protección de una hoja de chagüite para medio esquivar las gotas de lluvia.

Ochenta años ya representan una carga pesada para Pedrito Pablo Torres Ferrufino. Pongo el “Pedrito” así en diminutivo cariñoso, porque así fue conocido en las barriadas de Managua este cantor eternamente pobre, perennemente humilde, incapaz de querer estorbar.

Sin embargo, en esta humanidad de un metro cuarenta con 90 libras de peso, se encierra un corazón de soñador bohemio, romántico hasta los tuétanos, sentimental y gardeliano por vocación irredenta.

Mis recuerdos acerca de Pedrito retroceden a un día del año 1950, cuando lo escuché cantar “Volver”, en la esquina de doña Isabel Morales, de la Estatua de Monseñor Lezcano una cuadra arriba. Andaba con sus buenos farolazos, pero eso no impidió que a capella y con lágrimas de sentimiento se entonara para complacer a dos transeúntes.

No volví a verlo. Pero ahora lo veo allí, acurrucadito, envuelto más que vestido con una camisa mangas largas, color bermellón, cruzadito de brazos y tratando de ocultar debajo de la banca sus zapatones viejos y destrozados.

PRIMERA APROXIMACIÓN A GARDEL

Para empezar, me contó que nació en Chinandega un 20 de agosto de 1920, pero que muy pronto tanto él como su hermanito Luis quedaron “motos” y a cargo de unas tías. “Pero usted sabe de aprecio y desprecio, y el trato que me daban era tan malo que decidí huir hacia Managua”.

“Pero me estoy comiendo lo mejor, tendría unos doce años cuando por primera vez fui al cine, y la primera película que vi fue una de Carlos Gardel. Me agradó tanto que me aprendí algunos diálogos y canciones de Gardel que estaban en la cinta, y otra cosa, el cariño al ‘Zorzal Criollo’ se volvió eterno en mi memoria”.

“Era un chavalo cuando llegué solito a Managua. Anduve cortando café en Las Sierritas, pero al terminar el corte volví a la capital y me ganaba la vida en cualquier cosa. Recuerdo que cerca del Colegio La Asunción había unas fresqueras que me daban algunos centavos por llevarles el agua, y además acarreaba tejas y ladrillos de barro que llegaban a la Estación del Ferrocarril procedentes de Occidente”.

“Era mi niñez de sufrimiento y de trabajo, sin embargo tuve un amigo llamado José Antonio que trabajaba en el Ferrocarril, y que por esa razón se fue a vivir por un tiempo a Granada, desde allá me mandaba su ropa sucia, yo la lavaba y se la devolvía limpia. También me envió un silabario Catón y en un cuaderno me hacía muestras de escritura que yo iba haciendo y haciendo. A los tres meses ya sabía poner mi nombre, y con el tiempo aprendí a leer y escribir”.

— ¿Desde aquellos tiempos ya eras gardeliano?

— Sí. Pero tendría ya quince años cuando comienza la otra parte triste de mi vida. Ya tengo varios amigos que me invitan a cantar y a tomar tragos. Una vez estaba con ellos en la cantina de un señor Vallecillo al que le decían “El Choña”. De repente sale en la radio una canción y uno de los parroquianos dice: ¡Ayayay! Ahí está el ‘Zorzal’, Carlos Gardel. No hombre –le digo– ése no es Gardel. A que sí es Gardel. A que no es Gardel. ¿Cuánto “maseamos” que no es Gardel? –le digo–. Pues un litro de guaro. Cuando terminó el canto el locutor dijo: “Acaban de escuchar a nuestro compatriota, el “Che” Avilés, cantando una canción de Gardel… Gané la apuesta, pero lo que le quiero decir es que hubo hace tiempo nicaragüenses que cantaban en forma excelente el tango, entre ellos el “Che” Campos, Irma Álvarez, el “Che” Avilés y Orlando Meza Lira.

UNA VIDA BOHEMIA PROLONGADA

— ¿En esa tu vida bohemia conociste muchas cantinas?

— Mi centro de operaciones era El Malinche. Yo cantaba por una monedas o por un trago de licor. Allí había una muchacha que me recomendó que fuera a La Voz de la Victoria a cantar, pero nunca fui porque allí una policía hechiza sacaba a los que desentonaban.

— ¿Y aprendiste a tocar guitarra?

— No. Y me pesa. Recuerdo que una vez con un amigo tuvimos la ocurrencia de llegar a poner una serenata en dúo a un señor de apellido Gutiérrez al que le decían “Carne Asada”. Quedó encantado “Carne Asada”, y como era un excelente guitarrista me ofreció enseñarme a tocar ese instrumento… Pero también nunca fui.

Después estuve en Jinotega cortando café, y en un lugarcito que se llama San Marquitos, situado entre Matagalpa y San Rafael, hice mi primer tango, que creo me van a grabar.

— Y del amor, ¿qué? ¿Nunca te enamoraste?

— Qué bonita pregunta (Y Pedrito llora). Me duele el alma y lastima mi corazón. Yo le hice un vals a mi esposa, ese valsesito dice:

Casi sin amor te conocí
Sin saber lo que eras
vos para mi vida
Pero los días,
las noches y los años
Me levantaron un altar
para tu amor

— ¿Y seguiste viendo películas de Gardel?

— ¡Uhhhhh! Maestro. No hubo una a la que no fuera. Yo sentí como mía la muerte de Gardel, y todavía sufro al recordarla. También aprecié a otros que vinieron después, como Agustín Magaldi, Hugo del Carril, Agustín Irusta, Alberto Castillo y otros más. Me encantaba el dúo que formó Magaldi con Pedro Nova, o el que integró el mismo Gardel con Razzano. Vea, Maestro, cuando estaba con mis copitas me inspiraba más. Pero también canté boleros de Los Panchos, los Tres Diamantes, Agustín Lara y para qué seguir.

La Managua de ese entonces era una belleza. Yo buscaba lugares alegres donde hubieran mujercitas y picados. Llegaba a un sitio que se llamaba “Los Pingüinos”, donde era muy bien tratado por las damiselas, tomaba y hasta me daban crédito

En cierta ocasión estuve cuidando la Fábrica Venus, que quedaba del Alameda una cuadra abajo y dos al sur. Allí vivía, pero cuando los dueños vendieron me sacaron del lugar y vine a parar a esto, que antes se llamaba “Prolongación de Santa Bárbara”, cuando no existía ni la 14 de Septiembre ni la Nicarao. Puse esa casita a nombre de mi esposa, pero veinte años después se volteó la tortilla, y ella me sacó del hogar y así he estado andando y andando.

PIDE PERMISO PARA LARGARSE

— ¿Y ahora que estás haciendo?

— Hay ando buscando la vida. No pido, pero a veces me dan diez, veinte o treinta pesos.

— ¿Y tu familia?

— Me borraron. Para ellos no calza mi arte. No están de acuerdo conque grabe mis canciones, y más bien me dicen: “Eso que está gastando en casetes mejor cómaselo”, pero hay que ver Maestro, hay que ver.

— ¿Tenés algún Mecenas que te proteja?

— Tengo un gran amigo en la Lotería, es don Roberto Espinoza. A él le expliqué mi interés por ir a “Sábados Gigantes” a presentar mis canciones, él dijo que me iba a dar un empujón. Estoy seguro de que ante don Francisco yo presentaría no cantidad sino calidad.

— ¿Así que al pasar el tiempo te has vuelto más gardeliano?

— Nunca ha disminuido mi admiración por Gardel. Hace uno o dos años hubo un homenaje al “Zorzal” en la Universidad, y me invitó don Pedro Lagarza, la cuestión es que fui y desde entonces conservo con el señor Lagarza una bonita amistad.

Mi vida es dura, voy al mercado, y si tengo con qué comprar compro, si no, no. Es tristísimo verse con las bolsas vacías, y, francamente, sufro mucho. Yo le digo con sinceridad, Maestro, que hay momentos en que quisiera irme. Ya le mandé un telegrama a Tata Chu diciéndole que me mande a llevar, que ya no aguanto. Pero como Él es el que manda, estoy esperando que me diga: “Bueno, Pedritó, veníte que ya has sufrido bastante allá en mi Tierra”.

Y Pedrito Pablo Torres Ferrufino se va arrastrando sus piececitos, mientras en voz baja canta y llora…

Caminito cubierto de cardos

La mano del tiempo tu huella borró, yo a tu lado quisiera caer y que el tiempo nos mate a los dos…  

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