¿Y la ley del deporte?

Hijalmar Padilla [email protected] Todavía los principales partidos políticos, a través de sus candidatos o fórmulas de aspiraciones presidenciales, no han dado a conocer un plan de gobierno concreto. Cierto, a cuatro meses de celebrarse las elecciones en Nicaragua ya se adelantó más que todo un esbozo sobre cómo aparentemente se pretende gobernar en el próximo […]

Hijalmar Padilla [email protected]

Todavía los principales partidos políticos, a través de sus candidatos o fórmulas de aspiraciones presidenciales, no han dado a conocer un plan de gobierno concreto.

Cierto, a cuatro meses de celebrarse las elecciones en Nicaragua ya se adelantó más que todo un esbozo sobre cómo aparentemente se pretende gobernar en el próximo período.

Sin embargo, en ninguno se habla claramente de una política nacional del deporte y específicamente de la creación de una ley del deporte.

Triste realidad, a igual espacio, cuatro meses, de efectuarse los VII Juegos Centroamericanos de Guatemala 2001, ni siquiera se escucha de planes de preparación para la delegación nicaragüense que se supone participará en la máxima contienda deportiva del istmo.

En la mayoría de disciplinas no se ha comenzado por realizar torneos selectivos para detectar al talento.

No se ha reunido a una preselección, alimentándola, medicándola concentrándola, fogueándola y colocándola en manos de una buena asesoría, si se puede extranjera, en los deportes más prolíficos en medallas.

Nada de esto acontece y es en gran parte por las constantes convulsiones sociales en las que se sumerge el país, producto de un sistema seriamente cuestionado.

A estas alturas los mejores atletas pinoleros ya estarían a la mitad del camino cumpliendo con un plan de entrenamiento debidamente estructurado con su macro y microciclo de cara a la competencia fundamental que son nuestras olimpíadas: los Juegos Centroamericanos.

Pero, ¿por qué todo ese proceso no se da? Bueno, la respuesta simple sería por la actual controversia entre el Comité Olímpico Nicaragüense (CON) y las federaciones nacionales.

No obstante, si se observa a fondo las causas del fenómeno, en su totalidad, es por la falta de una política nacional y una ley del deporte en Nicaragua.

Corresponde a la mayor parte de nosotros, levantar la bandera de los ideales públicos, porque el deporte está basado precisamente en el idealismo.

Y para eso se debe proponer, pelear y exigir una ley del deporte, marchando al frente del proyecto el CON y el Instituto Nicaragüense de Juventud y Deportes (INJD).

Es elemental trabajar en la formación de Consejos Consultivos integrados por personas interesadas en el desarrollo deportivo, involucrando a atletas y ex atletas, a federados y ex federados, así como patrocinadores.

Hay que retomar con severa preocupación el sistema escolar que es donde nace la semilla.

Dentro de la ley se debe obligar a las universidades a establecer su propia política interna promoviendo actividades y facilitando becas, de un modo principal, y a cambio recibir compensaciones entre ellas exoneraciones tributarias y facilidades de crédito.

Es increíble que viviendo un nuevo milenio, nuestra principal instalación deportiva, el Estadio Nacional de béisbol, date de mitad del siglo, del milenio pasado.

Es urgente formular un plan de desarrollo de nuestra pobre infraestructura deportiva, la peor y casi inexistente en toda Centroamérica.

Es necesario crear un fondo nacional del deporte, y al particular que contribuya con su aporte, brindarle facilidades de igual manera en exoneraciones tributarias y facilidades de crédito.

En beneficio de los atletas seleccionados sería adecuado establecer una ley de aporte económico y retomar el permiso para desplazarse entre sus deberes académicos y laborales con sus tareas deportivas.

Los organismos deportivos, particularmente las federaciones nacionales, deben ser estrictamente controladas en su funcionamiento y sus directivos los ideales para asumir con responsabilidad el compromiso.

A lo mejor todo esto sea demasiado en medio de nuestra verdadera realidad, pero por algo se tiene que empezar.  

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