Trabajo y estudio en un pais de desempleo

Después de leer los clasificados, llamar por teléfono, enviar documentos, golpear varias puertas, pedirle a sus amigos, insistir, una y otra vez en varias empresas, la mayoría de los jóvenes que buscan empleo regresan a sus casas con las caras largas, porque el desempleo en Nicaragua es más grande que la esperanza individual. Y la […]

Después de leer los clasificados, llamar por teléfono, enviar documentos, golpear varias puertas, pedirle a sus amigos, insistir, una y otra vez en varias empresas, la mayoría de los jóvenes que buscan empleo regresan a sus casas con las caras largas, porque el desempleo en Nicaragua es más grande que la esperanza individual.

Y la demanda está concentrada en el área de servicios como dependiente, vendedor ambulante, secretaria, recepcionista, o vigilante. Empleos que pagan poco, pero es con lo que los jóvenes deben comenzar su carrera de asumir responsabilidades.

No hay edad determinada para que surja en la mente de un joven la necesidad de trabajar. Es una inquietud que a veces quita el sueño, pues no sabe si los padres estarán de acuerdo o si el joven descuidará los estudios. También se preguntan en qué podrían trabajar y cuánto ganarían. Hasta se imaginan en lo que gastarían el dinero.

Algunos empleadores piden experiencia, otros desean que los jóvenes dominen algún programa de computación e inglés como segundo idioma, y la verdad es que la gran mayoría no reúne todos los requisitos requeridos, y es cuando recapacitan sobre lo que significa invertir en ellos mismos para desarrollarse.

Nos la encontramos en la Curacao, de uniforme como es requisito, entre muebles y otros accesorios para el hogar y con una carpeta en mano para tramitarle crédito a uno de los tantos clientes que ha atendido.

“¿En qué le puedo servir?”, me pregunta muy amablemente con una sonrisa en el rostro. Luego de explicarle, Ester Ramírez (21) nos narra su experiencia laboral.

Su primer empleo fue a los 18 años, y era administrar el tramo que tenía la familia en el mercado. Al terminar el bachillerato se dedicó a trabajar para no depender de su abuela. “Dejé el mercado porque mi abuelita decía que no era para mí”. Pero al dejar el empleo buscó la manera de conseguir otro. Y así fue.

Y a pesar de que tuvo que esperar tres meses y medio después de haber enviado una solicitud de empleo a la Curacao, la llamaron para trabajar como ejecutiva de ventas.

MIEDO ESCÉNICO

“Mi trabajo consiste en atender al cliente, hacerle sentir que él siempre tiene la razón, que está como en su casa”, dice con mucha seguridad al hablar. Seguridad que aprendió con el tiempo y gracias a las personas que le ayudaron al inicio de su trabajo.

“Yo tenía miedo escénico para atender al cliente, pues del lugar donde yo venía no necesitaba hablar mucho. Fue difícil, pero es algo que fui venciendo”, reconoce.

Desde 1997, cuando concluyó la secundaria, no ha vuelto a pisar un aula de clase. “No he querido entrar a la universidad, pero ya he decidido ir el próximo año a estudiar Mercadotecnia”. Por el momento cursa el segundo nivel de inglés.

Asegura sentirse bien en su trabajo. “Llena mis expectativas. No es un trabajo monótono, a diario hay algo diferente. Sea bueno o sea malo aprendo, no es como estar sentado en una oficina”, añade.

¿Si pudieras elegir tu trabajo qué escogerías?, le pregunté. “Mientras no tenga mi carrera concluida no puedo hablar de un futuro”, contestó.

Muy concentrada en la lectura de unos folletos que tiene sobre una mesa del Food Court de Metrocentro, encontré a Jobanska Chavarría, de 21 años, a quien interrumpí para preguntarle si tenía alguna experiencia laboral. Y con mucho apuro por aprovechar ese momento libre para estudiar, me brindó unos minutos para contarnos su historia.

“Mi primer trabajo fue en el año 1998, en McDonald’s. Inicié por curiosidad, por responsabilidad y obtener mis ingresos por mí misma”, dice.

“Te inician en papas, luego te enseñan todas las áreas de producción. Después limpieza, hasta llegar a caja. En este momento sos un empleado regular. Pasás por este proceso hasta estar en un cargo fijo”, nos cuenta.

Cuando ella aspiró a un mejor salario y mejores condiciones de trabajo Chavarría preparó su documentación para buscar otro empleo: al nuevo Hotel Real Metrocentro, Bell South, y a un restaurante. “Me llamaron de los tres lugares, pero ya tenía el contrato del Hotel”.

Ya cumplirá un año de estar laborando como “ama de llaves” del mencionado Hotel, por no querer depender de sus padres y comprar con su dinero ropa, zapatos y poder ayudar a veces a sus padres, entre otras cosas.

“La verdad es que la situación para los que estamos a punto de salir de la carrera está difícil, y es mejor estar sin empleo a no tener algo (trabajo) digno”, dice.

En muchas ocasiones, los jóvenes que tienen esta doble tarea, de trabajar y estudiar, salen a la carrera de sus casas sin desayunar, tal vez no almuerzan, llegan tarde y no cenan, otros aprovechan este tiempo para estudiar.

“A veces estudio en mis horas extras, o no voy a mi casa y me quedo aquí donde me ves estudiando”, dice. Chavarría cursa el IV año de Relaciones Internacionales en la Unicit.

SALARIOS BAJOS

Al ver el rótulo “Próxima Apertura” en la pared de lo que sería un restaurante, se dispuso a llevar sus papeles para probar suerte. Hoy Christian Benavides ( 20), es la cajera del Restaurante “Cajun Grill”.

Benavides considera que “en trabajos así se exprime mucho a la gente y es un trabajo no muy bien reconocido. Te puede servir para llenar un currículum, pero para una empresa este tipo de trabajo es muy poco”, opina.

Tenía 18 años cuando trabajó por primera vez. “Fue por curiosidad, para saber qué se sentía trabajar, cómo era”, dice.

Fue auxiliar de archivo en una agencia aduanera. Después, por medio de una hermana de un compañero de clases, se enteró de que buscaban muchachas en el Pop’s. Fue cuando le dijo a la dueña que le diera la oportunidad.

“Me costó que me lo diera. Ella me decía que me iba a llamar, pero nunca me llamaba, entonces yo la llamaba a cada rato, hasta que me dijo: ‘Dale, pues, venite’”, cuenta con una sonrisa de orgullo.

Sueña con trabajar en un banco, empezar de cajera y llegar hasta la cima. El único incentivo que tiene esta joven de parte de su trabajo es gozar del taxi de regreso a su casa, pues su salida es a las 10:00 p.m.

¿TRABAJO O ESTUDIO?

En un diario capitalino decía: ‘Se necesita muchacha con buena presentación para trabajar en Joyería “Bella de Oro”.

Al día siguiente “fui y me entrevistó la señora y empecé a trabajar en Plaza Inter, narra Vanessa Madrigal, de 21 años.

No teniendo más que la experiencia de dependienta en una tienda de vestidos para niñas en el Mercado Oriental, se lanzó a probar lo que era tener un horario de seis horas corridas, tener una jefa, y estar de pie detrás de un mostrador repleto de joyas.

Ese año que empezó a trabajar, cursaba el ciclo básico en el RUCFA para clasificar en la carrera de Arquitectura.

¿Trabajo o estudio?, fue la interrogante que se hizo al ver que no iba a clasificar y que tenía que contribuir con su mamá para sacar adelante a su dos hermanas.

Y al igual que miles de jóvenes que se hacen la gran pregunta, ella votó por lo que en ese momento más se ajustaba a sus necesidades: Trabajar. “Por necesidad decidí sólo trabajar y no estudiar”, lamenta.

Madrigal abandonó sus estudios, sin embargo, el próximo año volverá a las aulas de la universidad, ya que el sueño más grande de su vida es “tener una empresa independiente de arquitectura”, dice muy ilusionada pensando en su futuro como arquitecta.

Ella devenga un sueldo de 500 córdobas quincenales, más el dos por ciento de comisiones, lo que mensualmente le deja alrededor de mil seiscientos córdobas. De este dinero paga agua, luz, comida y algunas cosas que necesitan sus hermanas.

Madrigal cuenta uno de sus peores momentos en el trabajo de vendedora. “Recién venida, vinieron dos muchachas, les saqué 6 pulseras, todas costaban arriba de 500 córdobas, y se me robaron una”.

Actualmente a Madrigal le retiran 50 córdobas de la quincena para pagar los 500 córdobas de esa pulsera que le robaron. “Me duele porque ni yo la pude lucir”, lamentó.

“Es un trabajo de mucho traqueteo”, asegura. Debes tenerle paciencia a la gente, tener cuidado, porque a veces andan varias personas y se te llevan las prendas.

“Tienen que ser aventados como yo fui. Es bueno saber lo que se siente trabajar, yo me aventé a lo que me saliera, sea duro o suave ahí te vas a dar cuenta si te gusta trabajar”, aconseja Allan José Salcedo, de 18 años, que labora como ejecutivo de ventas desde hace un año en el departamento de varones de la Tienda Eclipse, y estudia II año de Ingeniería Electrónica en la UNI.

Dice que hay una gran diferencia entre trabajar con sus familiares a trabajar por su cuenta. “Los familiares te hostigan más que un patrón. Te dicen no seas boludo, o que sos la calaña de la familia, que no estudiás”, dice. “En cambio un patrón si te va a correr te corre, y así uno no se atiene”, asegura Salcedo.

Su primer trabajo fue en Guatemala, en una tienda de su familia. “Comencé ahí porque me gustó ganar dinero”, recuerda. Para ese año él estaba en V año del bachillerato.

“Yo vivo aquí con unos tíos y no me gusta mantenerme en la casa para no tener conflictos con ellos. Entonces decidí trabajar, además que necesito el dinero”, admite. “El trabajo te relaja la mente. Si tenés problemas en la casa, aquí se te van”, añade Salcedo, quien estuvo vigilante del movimiento en la tienda para ver si llegaba un cliente.

Le gusta su trabajo porque “te relacionas con todas las personas que llegan a la tienda”. Lo que no le gusta es la forma de pago. “Es muy atrasada. A veces te dicen que te van a pagar el 30 y te pagan hasta el primero, o te pagan con una tarjeta de débito y eso es atraso. Tenés que ir al cajero, a veces éste no tiene dinero. Es mejor que te paguen en efectivo”.

“Tenía planeado trabajar en algo donde pusiera en práctica la carrera, pero necesito sacar el tercer año, entonces será hasta el próximo año”, comentó.

LOS CONECTES

“Una vez leí en el periódico un anuncio que decía: ‘Se necesita personal de ambos sexos y con buena presentación’ ”, narra. Fueron un grupo de cinco amigos, y como es lógico, todos elegantes. “Ese día yo me fui de blazer y zapatos altos”, recuerda. El entrenamiento consistía en andar caminando por las calles para vender artículos de cocina. “Me andaban matando los zapatos, y nos perdimos”, recuerda. “No estaba dispuesta a hacer ese trabajo”, dice riéndose Heidi Torres.

Torres ha tenido tres trabajos. El primero a los 18 años en una Zona Franca. El segundo fue en la Tienda Eclipse, de impulsadora. Posteriormente a través de una amiga consiguió el trabajo actual en Tienda Bennetton para niños, donde se desempeña como cajera.

“La verdad que todos los trabajos han sido por conecte”, admite. Su horario de trabajo no le permite concluir sus estudios, los cuales abandonó y se quedó en quinto año de secundaria.

Le gustaría desempeñarse como cajera de un banco, “pero es difícil conseguirlo”, reconoce. “Con mi dinero salgo a bailar, me compro ropa, no tengo ningún tipo de obligaciones, ya que mis padres son más o menos cómodos, más bien ellos me ayudan a mí”, dice sonriendo.

Torres necesita un trabajo que se ajuste a un horario que le permita estudiar la carrera de Sicología, que es el sueño que espera se le haga realidad.

Jatnahel González, de 18, estudiante del II año de Odontología en la UAM, dijo que “no trabajo porque la carrera necesita dedicación y el horario es de mañana tarde y noche. No tengo tiempo para ningún trabajo, aunque sea de medio tiempo”.

Aunque afirma que “me gustaría trabajar para adquirir experiencia, ya sea como manager de McDonald’s o supervisor de negocios”, pues no hay ningún lugar donde él pueda poner en práctica sus conocimientos. Pero también está claro de que “sin tu título el trabajo para los jóvenes es de afanadora, dependiente e impulsadora, pero ya con tu diploma es otra cosa”, dice.

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