Han pasado muchos años desde la insurrección final que desterró a Somoza del poder cuando se tenía la esperanza de un cambio que trajera justicia social y paz a nuestro pueblo.
Fueron muchos los que sacrificaron sus vidas tanto de un bando como de otro y lo más doloroso fueron los civiles las víctimas inocentes de la guerra. Quiero decirles que estoy seguro que aún aquellos que dieron su vida por la causa sandinista, fieles a los ideales de Sandino y esperanzados en una Revolución, no hubiesen querido que los nicaragüenses no alcanzáramos una reconciliación auténtica, de convivencia fraterna, de ser una comunidad nacional diversa con respeto y armonía, de tener un país donde se imponga la justicia para todos, que incluya castigo para el malo sin importar quien sea y reconocimiento a los méritos del bueno. Esos héroes, esos mártires, esos caídos, esas víctimas si vivieran hoy se decepcionarían porque no querrían ver a una patria dividida, resentida, enfrentada por intereses mezquinos y egoístas, ya que se darían cuenta que su sacrificio fue en vano y lo más preciado y valioso que tenían como eran sus vidas se entregaron al vacío y cayeron en el abismo del olvido y la ingratitud.
En el fondo ellos querían desterrar las injusticias y que hubiera una Nicaragua próspera, rebosante de paz, con oportunidades para todos, pero sobre todo un pueblo que desterró el odio, el deseo de venganza, el rencor y la corrupción en general.
Ideológicamente somos diferentes, pero como ciudadanos hijos de Nicaragua somos iguales y así como se construyen puentes para unir puntos o lados separados, construyamos un puente para no caer en el abismo de la mentira, la hipocresía, el odio y la destrucción de falsos líderes atrapados en la oscuridad del pasado. Otras naciones que sufrieron guerras se superaron de las cenizas y los escombros, ¿por qué nosotros no podemos? Sólo se quiere voluntad, coraje, amor a los semejantes y amor a Nicaragua.
Marlon José Navarrete Espinoza.