Siendo usted señor Roberto Rivas, un empleado público más de este país y por su función que desempeña; yo, ciudadana de la República y facultada por la ley, le dirijo esta carta con inquietudes que padezco:
Las esperanzas de miles de nicaragüenses así como la mía, era como nos prometían los políticos, creer que habría transformaciones acordes al desarrollo mundial a nivel de materia política, económica, legislativa, sociales y morales. Es la fecha y nada; usted señor es parte de eso.
No es lugar y momento de enumerar ahorita los grandes avances que usted hubiera podido realizar desde su puesto, en vista al futuro. Concretizaré y le diré que no ha hecho nada erudito, más bien ha hecho retroceder la materia electoral a los pensamientos del siglo XVIII. Hoy yo lo señalo en la intensidad de la convicción como incapaz e inoperante en su cargo.
Una vez en la Iglesia escuché: “Si estamos mal es porque en las leyes y la justicia no está Dios”. Por eso fue felicidad para mí en su momento saber que un recomendado por el cardenal Obando encabezaría el Consejo Supremo Electoral, pero ¿qué pasó?, de algo que sería sublime y útil más bien pasó a lo ridículo e inútil. El CSE es hoy un adefesio. Los nicaragüenses lo sabemos, ¿usted lo sabe? ¿sus amigos se lo han dicho?, Si no es así dé gracias a Dios, que a usted como a todos nosotros Dios nos escogió familia.
Nicaragua es una gran nación donde miles de patriotas han sacrificado su vida y la de los suyos por la patria, y ahora vividores, “dirigentes” inescrupulosos sacrifican y medran la patria por ellos y ¡el lujo que se dan! Que Dios se apiade del alma de todos ustedes malos hombres. San Mateo ya les dijo: “…. ¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma?”
Con la lámpara de Diógenes en la mano me despido, y pensando en Sócrates cuando escribió: “Aquel que no toma parte en los asuntos públicos no es un ciudadano tranquilo, sino más bien inútil”.
Vanessa Vásquez Z.