Un agente de las patrullas fronterizas explica sus derechos a los indocumentados.

Indocumentados al borde de la muerte

Cruzar el desierto de Arizona requiere un mínimo de tres días y cada persona debe tomar al menos cuatro litros de agua por hora para mantenerse en buenas condiciones, pero los indocumentados suelen llevar poca agua porque los “coyotes” les mienten al decirles que el camino es corto. Douglas Carcache, Enviado [email protected] TUCSON, ARIZONA.- El […]

  • Cruzar el desierto de Arizona requiere un mínimo de tres días y cada persona debe tomar al menos cuatro litros de agua por hora para mantenerse en buenas condiciones, pero los indocumentados suelen llevar poca agua porque los “coyotes” les mienten al decirles que el camino es corto.

Douglas Carcache, Enviado [email protected]

TUCSON, ARIZONA.- El joven nicaragüense Oscar Reyes agonizaba y a su alrededor decenas de personas, mujeres y hombres, estaban inconscientes o tal vez muertas. Él apenas percibía el aire y ni siquiera podía llorar, resignado a morir, cuando se abrió tras un golpe, el boquete en la puerta del furgón y entraron la luz y el oxígeno.

Faltaban minutos para que más de cien personas indocumentadas murieran asfixiadas y amontonadas dentro de un camión de carga, cerrado por completo, en que los traficantes o “coyotes” las habían llevado del desierto de Arizona hasta las cercanías de Phoenix, donde las abandonaron en una virtual tumba rodante.

La policía fue alertada por los pobladores de la zona que vieron con sospecha el furgón abandonado y los agentes llegaron a tiempo de salvar a los emigrantes indocumentados, procedentes de Centroamérica y de algunos países sudamericanos.

“Gracias a Dios estoy vivo, yo ya me consideraba muerto”, dijo Reyes a los oficiales de la Patrulla de Frontera de Tucson, a mediados de abril pasado cuando su salud mejoró, porque lo habían rescatado el 29 de marzo con una deshidratación extrema por los tres días que caminó en el desierto de Sonora, que se prolonga en Arizona, Estados Unidos.

A los 23 años de edad, Oscar Reyes Sequeira decidió abandonar su país, Nicaragua, para buscar fortuna en Estados Unidos. Sin trabajo y sin los estudios necesarios, pensó que su única opción era el norte. Primero estuvo varias semanas en Guatemala, amparado por una tía que reside allá. Luego cruzó México durante 20 días y le pagó 1,500 dólares a un “coyote” para que lo llevara a Phoenix, de donde saltaría a Los Angeles, California.


“EL CAMINO DEL DIABLO”

La travesía por el desierto fue terrible. El “coyote” les había dicho que al cruzar la frontera entre México y Estados Unidos caminarían poco y un camión los llevaría a Phoenix. Fue allí cuando, por primera vez, vio de cerca a la muerte. Un día después de emprender la travesía por aquella estepa, donde sólo crecen nopales, la gente comenzó a desfallecer por agotamiento y deshidratación.

Los pobladores de Tucson, por lo general rancheros, se refieren al desierto como “El Camino del Diablo”.

“La gente se quedaba en el camino, se quedaban muertos”, recuerda Reyes. La temperatura en el desierto supera los 40 grados centígrados y el sol es una brasa constante. “El que se quedaba en el camino, porque no aguantaba, lo dejaban a su suerte; recuerdo a un brasileño que se quedó ya casi muerto”.


LA BURLA DE UN “AMIGO”

En medio del desierto, sin agua, los inmigrantes indocumentados, que partieron de México como un grupo unido, se van dispersando e individualizando; algunos pierden fuerzas y se quedan, otros alucinan y se pierden, pero cada vez menos están dispuestos a darle la mano a su compañero, mientras los “coyotes” siguen adelante sin importarles quién deja de seguirlos.

“Donde caminábamos sólo piedras habían y los que traían agua no les daban a los que estaban moribundos”, recuerda Reyes. “Yo comencé a decaer, muerto de sed, y un amigo mío, con el que salimos juntos, empezó a burlarse de mí, él llevaba agua y sólo me enseñaba la botella riéndose”.

Cuando lograron salir del desierto, ya casi sin poder caminar, el coyote los montó en el cajón hermético de un furgón que los esperaba. Eran 108 indocumentados en ese momento. Más de 50 habían quedado a su suerte en el desierto. El conductor del camión cerró el cajón y emprendió un viaje largo en que los inmigrantes empezaron a sofocarse y a desmayarse.

Los indocumentados recuerdan que la histeria dentro del camión comenzó cuando se llenó de vapor, como en un baño turco, sólo que a ellos se les hacía más difícil respirar, se reacomodaban desesperados y uno a uno se fueron desmayando. Eso sucedió seis horas después que los encerraron, recuerda Reyes.

Desesperados, empezaron a gritar fuerte, con la esperanza de que el conductor los oyera, se detuviera y les abriera la puerta. Pero poco a poco los gritos se fueron apagando y quedaban los lamentos. “¡Ay mamita linda!”, decían entre llantos algunos hombres. Es lo último que recuerda el joven nicaragüense del momento que precedió a su desmayo.

“Yo ya estaba agonizando, un poco más y hubiéramos muerto todos. Yo le sugiero a la gente de mi país que la piensen bien antes de venir aquí”, comentó Oscar Reyes.


CONTRABANDO MILLONARIO

El tráfico de personas se ha vuelto un negocio muy lucrativo, similar al del tráfico de drogas, porque los “coyotes” están ganando más de mil millones de dólares por año y “ese dinero lo invierten en otras actividades delictivas, o sea que nadie se beneficia con ese dinero”, dijo a LA PRENSA Don Mueller, funcionario del Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos (INS).

Para contener la entrada de indocumentados, el Gobierno de Estados Unidos ha incrementado en 300 por ciento el presupuesto de las patrullas fronterizas y ya cuenta con 9,500 agentes a lo largo de sus fronteras, dijo Mueller.

El tráfico de personas “no sólo es problema de Estados Unidos, sino mundial” y “cuando la gente busca entrar a Estados Unidos, por la pobreza, los contrabandistas se aprovechan de ellos y por eso, este problema, tenemos que afrontarlos de forma conjunta con los gobiernos” de los países emisores de indocumentados, dijo Jim Chaparro, también funcionario del INS.

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