Edgard Tijerino [email protected]
Corría el año de 1962, o 1963… Yo estaba estudiando bachillerato en el Instituto “Ramírez Goyena” y pretendía ser apenas un buen jugador de ping pong. No sé si lo conseguí amigos… Fue entonces que vi en acción por vez primera al Dr. Luis Molina Rivera, y me pareció –como diría García Márquez-, que el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas era necesario señalarlas con el dedo… Por ejemplo, la raqueta del Dr, o su estilo de juego, o sus gestos, pero esencialmente su efectividad asombrosa… El hubiera podido jugar con el Coronel Aureliano Buendía.
Las apariencias han sido engañosas desde la época de Luis Molina. Cualquiera creía que podía ganarle, pero muy pocos lo lograban… El fue Campeón Nacional previo a la magia de Walberto… Habitualmente jugaba con un short amplio y camisas a cuadros o rayas. Desconcertaba con ese ángulo extraño para disparar consecuencia de una afectación en el codo… Su mirada fue siempre fría, y a ratos, daba la impresión de gruñir. Mientras jugaba, el resto del mundo no existía para él… Nada en su juego era artístico. Miguel Angel nunca se hubiera detenido para observarlo, ni Rafael… Pero, a través de su sobriedad, fue siempre terriblemente difícil de vencer.
Pregúntenme a mí que nunca pude ganarle aunque siempre creí estar preparado para lograrlo… Pero con excepción de Walberto, era difícil para todos… Para Rubí, Lester, para Guardado, para Luna, para Salvador Blanco, etc… Y más adelante lo vi fajarse con Omar González, quien finalmente encontró la forma de controlarlo.
Luis Molina que nació en 1932, falleció hace unos días en Florida… Hoy serán sus funerales saliendo del Monte de los Olivos a eso de las dos de la tarde, y esa raqueta de palo histórica, esa que crujía cuando ejecutaba cada uno de sus ruidosos remates que daban ganas de esconderse debajo de la mesa, debe acompañarlo… Seguramente, le gustaría mucho.
Recuerdo 1968 en aquel Gimnasio del Goyena que nunca volvimos a tener… Un excelente tabloncillo, notable iluminación, cestos de primera clase, completamente techado, y funcionando como Polideportivo fabricando espacio para pesas, volibol y ping pong, además de servir de escenario a muchas de nuestras fiestas… Ahí estaba Luis Molina contra los entonces fabulosos jugadores de Venezuela en la final del NORCECA… Nicaragua no tenía a Walberto, pero Molina logró su máximo crecimiento y barrió a los suramericanos en sus tres duelos… El “as de espadas” Julio Cruz, no lo podía creer… Era como si los hubieran tirado con “pistola de palo”.
¿Cómo fue posible que un época en que las raquetas con esponja compacta eran armas mortíferas, alguien con una raqueta de tabla, un poco carcomida por las polillas, con un trozo de tape en su mango, los hubiera inutilizado con un juego de precisión extraordinaria?
No me pidan definir el estilo de juego de Molina que eso me catapulta al territorio de la incompetencia, pero déjenme decirles que fue un deportista que supo sacarle el máximo provecho a su inteligencia, concentración en el juego y seriedad, sin tener que aliarse con la espectacularidad… Como persona, supo fabricar una buena imagen a través de ese inmenso respeto por los rivales, por su deporte y por la amistad.
El ahora, descansa en paz.