(Izq.) Un rosario es levantado como muestra de creencia de cientos de fieles que acuden al llamado de la Virgen María. (Centro) “Si hay que esperar 50 años, pues se espera. La Iglesia no tiene prisa”, dice Monseñor Abelardo Mata. (Der.) Los rosarios también son una pieza infaltable de los creyentes que llegan a Cacaulí todos los ocho de cada mes.

Monseñor Abelardo Mata: “Hay que esperar y observar”

Monseñor Juan Abelardo Mata, Obispo de Estelí, confirma que la Iglesia no se ha pronunciado oficialmente y, al igual que con las apariciones en Cuapa, la respuesta final queda en manos del tiempo Arquímedes González [email protected] “Ese fenómeno es de hace rato”, dice Monseñor Juan Abelardo Mata, Obispo de Estelí, respondiendo sobre las apariciones de […]

  • Monseñor Juan Abelardo Mata, Obispo de Estelí, confirma que la Iglesia no se ha pronunciado oficialmente y, al igual que con las apariciones en Cuapa, la respuesta final queda en manos del tiempo

Arquímedes González [email protected]

“Ese fenómeno es de hace rato”, dice Monseñor Juan Abelardo Mata, Obispo de Estelí, respondiendo sobre las apariciones de la Virgen María en el poblado de Cacaulí, a cuatro kilómetros de Somoto.

Desde que llegamos a Estelí, preguntamos sobre las apariciones. Sí, unos dicen que han oído de amigos que han ido al lugar y la han visto, pero ellos no lo han hecho. Otros dicen que no. Que son puros cuentos. Jugarretas de un chavalo “mentiroso”, aseguran. Ni siquiera saben dónde está Cacaulí.

Ha sido un día agitado. De San Ramón, lugar donde vive, tuvo que salir a La Trinidad a oficiar una misa en conmemoración de la Sexta Jornada Misionera en la región.

Lo buscamos en Somoto a la hora de la misa del domingo. En realidad buscamos quién quiere hablar sobre las apariciones, pero los sacerdotes de la Iglesia dicen casi al unísono: “Supersticiones y relajo. Eso es lo que hay ahí”. Pero dicen que no pueden hablar ni dar nombres, que mejor sería Monseñor Juan Abelardo Mata, pero para hablar con él hay que pedir audiencia con anterioridad porque si no, no podrá recibirnos.

Cuando salimos, preguntamos dónde queda San Ramón. Una mujer amablemente brinda la información con dibujos en el aire. Cuando le pregunto si sabe sobre las apariciones de la Virgen María, sus ojos se clavan en la imagen de Cristo crucificado que tiene en las manos y dice que “sí” pero encoge los hombros como diciendo “¿quiééén sabe?” cuando le pregunto si cree en las apariciones.

En San Ramón está la morada de Monseñor. Pero parece abandonada. Pedimos pasar pero nadie contesta. Entramos por un pasillo principal que nos muestra un segundo piso aún en construcción con vigas al desnudo y más adelante, el pasillo se divide en dos. Instintivamente tomo a la izquierda por ser diestro y entro a otra puerta. Se oye el agua correr y pisadas frescas de lodo, confirman presencia humana.

En la tercera puerta, está una joven lavando. En el suelo están calcetines, camisas y demás ropa sucia.

“Acaba de salir”, excusa la joven. “Va para La Trinidad. Es como una hora y media de camino”. La presencia del fotógrafo la intimida un poco y nos mira como preguntando si puede seguir lavando.

Pero descubrimos que son solamente 15 minutos de viaje. Claro, ella hace el recorrido a pie.

Cuando llegamos a la Iglesia de La Trinidad, el vértigo es inevitable. La montaña aunque lejana, amenaza con caer en la Iglesia. En el patio del templo, cientos de campesinos con pancartas, oyen al sacerdote y se persignan. Saben que no somos de por aquí y nos miran intrigados, pero sin saber qué ni cómo preguntar y mejor dirigen las miradas a Monseñor Juan Abelardo Mata, quien habla mientras la transpiración se ha acumulado en su frente y de ella baja una gota que amenaza con introducirse en su ojo derecho a través del surco que se le ha formado cerca de la sien.

Con el dedo índice derecho aplasta la gota hablando: “…padeció y fue sepultado y subió al Cielo y está sentado a la derecha del Padre”.

Está acompañado de otros dos padres que simultáneamente toman dos recipientes, los abren y bajan las escaleras con cuidado para que no se caiga ninguna ostia. Los campesinos se agrupan en tres puntos, el más notorio donde ya está preparado Monseñor Juan Abelardo Mata y comienzan a desfilar uno por uno recibiendo la bendición y la ostia.

Monseñor Juan Abelardo Mata ya nos vio. Ya sabe quiénes somos y para qué estamos, pero no sabe qué queremos preguntar. Cuando concluye la misa, el prelado es escoltado por los dos sacerdotes y cuatro monaguillos, pero se les une la masa de gente y el polvo comienza a subir lentamente como si fuera humo. Se siente en la nariz y en la piel y la gente avanza cargando sillas plásticas blancas, rojas, azules y verdes, pero pocos pueden pasar por la salida que es tan estrecha que solamente tres personas caben a la vez.

Logramos salir y entramos a la Iglesia, pero los sacerdotes siguen hasta el fondo y desaparecen cerca de donde está la imagen del Niño Dios. Es una entrada que da a un pasillo con casas de madera. Cuando divisamos a Monseñor Juan Abelardo Mata, vemos viandas de ensalada dispuestas en la mesa. Por un momento nos asalta la duda que si tendremos que esperar, pero Monseñor nos mira y avanza hacia nosotros. De dos zancadas, sale de la casa y nos saluda.

“¿Usted es japonés?”, me pregunta. Tal vez por los kanjis en mi camiseta. “Y por sus ojos. Demasiado rasgados”. Pienso en mis padres, en Chontales, y Monseñor se ríe. Nos guía por el galillo de cemento que nos conduce a un pequeño cuarto. Monseñor se sienta y en la pared, la imagen del rostro pensativo del Papa Juan Pablo II comparte la conversación.

–Venimos por lo de las apariciones en Cacaulí…

“Eso ya tiene bastante rato. Es un fenómeno que se ha presentado desde hace unos cinco o seis años. Se dice de manifestaciones en el sol y experiencias espirituales de las personas que asisten cada ocho de cada mes”.

–¿Y el muchacho?

“Es un joven al que llaman Panchito, que asegura haber visto a la Virgen María desde cuando tenía doce años. Ahora debe tener unos veinte…”.

–¿Y qué dice la Iglesia?

“Según lo que hemos escuchado, los mensajes en las apariciones no contradicen a las enseñanzas, pero hemos escuchado que hay muchos mensajes. No hay un mensaje propio ni único, ni peculiar ni puntual como las apariciones en Cuapa, donde pedía a los nicaragüenses orar por la paz para forzar a los líderes de esa época a dialogar para que terminara la guerra”.

–¿Qué piensan de las apariciones?

“El tiempo probará quién es quién. Debemos ver la vida del vidente. Como dice la Iglesia, si hay obediencia, es de Dios. Como en Cuapa a Bernardo Martínez, a quien se le apareció la Virgen María, comenzó a los 42 años su vida al sacerdocio, debió esperar y aún sigue esperando después de su muerte a que sea oficializado. Debemos esperar un poco más…”.

–¿Y mientras tanto qué van a hacer?

“Hay que observar con mayor atención. Debemos seguir a los creyentes que llegan al lugar y guiarlos espiritualmente”.

–¿Entonces, llegan padres a oficiar misas?

“Sí, llegan a dar misa a todas las personas que mensualmente llegan al lugar. Es una forma de conectarse con los fieles”.

–¿Usted ha hablado con Panchito?

“Sí, dos o tres veces, creo. Me ha dicho de las apariciones y los mensajes y, como le digo, hay que esperar”.

–¿Usted ha ido al lugar de las apariciones?

“No. Regularmente en la Iglesia todo va según la escala. Quienes me mantienen informado son el padre de Somoto y otros sacerdotes y presbíteros que han visitado el lugar. Ya tendremos tiempo después para decidir si vamos”.

–¿Podría la Iglesia oficializar estas apariciones?

“Mirá, si esto es de Dios, nadie lo para. Si hay que esperar 50 años, pues se espera. La Iglesia no tiene prisa. Hay que dar tiempo. El tiempo es fundamental en esto. Mirá, Cuapa, ya han pasado 20 años y todavía no hay nada oficial, así que en este caso es mejor esperar”.

Monseñor Mata nos brinda una sonrisa y se levanta para abrir la puerta lateral de la Iglesia. Se escuchan los “clac, clac” de los caballos y cuando emergemos a la calle, somos devorados por el río de gente, mientras la montaña nos observa como riéndose de su omnipresencia.  

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