Edgard Tijerino M [email protected]
Hace unos años, leí un enfoque sobre la envidia de José Ingenieros en su libro “El Hombre Mediocre”… Es cáustico, eriza la piel, explica lo tenebroso de esa bajeza, pero, la noche del miércoles, en San Pedro Sula, Honduras, mientras veía el partido entre los locales y USA, sentí un tipo de envidia, no como la que analiza Ingenieros, sino frustrado por no poder disfrutar aquí, de ese fanatismo tan cuidadosamente cultivado alrededor de un profundo amor por su Selección Nacional.
Yo vi salir del gigantesco Estadio Olímpico a 50 mil “muertos”, de esos que no pueden hacer ruido por haber quedado pulverizados frente a una derrota de 2 goles por 1, que deja al equipo casero con sólo un punto de seis disputados, mientras el sueño de estar en la próxima Copa del Mundo, se tambalea dramáticamente.
Con entradas que oscilaban entre los 10 y los 75 dólares, un Estadio que aquí nunca tendremos, se llenó desde muy temprano… Casi un millón de dólares en taquilla más los derechos de TV en circuito cerrado para Estados Unidos con costo de 19.95 dólares cada servicio, y el grueso aporte de los patrocinadores.
Largas colas desde la una de la tarde antes de abrirse las puertas y toda la policía de San Pedro Sula, más efectivos del ejército, listos para todo tipo de tareas con un entusiasmo único, porque todo el esfuerzo giraba alrededor de la Selección Nacional.
Todos los canales de TV informando desde Tegucigalpa y San Pedro, el movimiento de un país atrapado por ese amor inconmensurable hacia su selección.
Los jugadores de USA en el Hotel Intercontinental, los de Honduras en el Holiday Inn y el Comisario del juego y máxima autoridad, el nicaragüense Julio Rocha, en el Princess… A partir de las 11 de la mañana San Pedro se paralizó y horas después toda Honduras estaba gritando -unos dentro del Estadio y otros frente a los televisores- “¡Si se puede!”.
Un total de 9 de los casi 60 jugadores que Honduras tiene en el Concierto Internacional, principalmente en Inglaterra, acaparaban la atención de todos… Carlos Pavón del Morelia de México, de 27 años y Tyson Núñez del Suderland de Inglaterra de 28 años, son los hombres de área en cuyo accionar, determinación, suma de habilidades y “olfato”, descasan las esperanzas de un país, que de pronto, concibe el mundo convertido en un gigantesco balón.
Pueden creerlo si quieren, pero casi el ochenta por ciento del público llegó al parque con el uniforme de la Selección… Una marea blanca con ribetes azules y cinco estrellas agitándose, llenó las tribunas.
La gente de la Federación, organizando y atendiendo a la gente de FIFA y de CONCACAF, trabajó en una agenda sin horario con un ritmo enloquecedor… Y el gobierno de San Pedro, y la gente de la Iniciativa Privada, y los dueños de restaurantes, de gasolineras, de farmacias… Todos, absolutamente todos estaban involucrados, como si tratara de una emergencia nacional.
DOS PUÑALADAS
El gol de Ernie Stewart, un tiro que desvió un defensa a los 32 minutos, fue como una puñalada por la espalda. El rugido se apagó, el Estadio pareció hundirse, la multitud dio la impresión de haber desaparecido.
Luego, el balazo de “Rambo” de León, y las tribunas explotaron, el Estadio pareció agrandarse hasta alcanzar la inmensidad de un océano, y el país se abrazó… El gol de tiro libre de Mathis, destrozó millones de corazones, las lágrimas se juntaron desbordando ríos y cauces, la tierra se abrió y la ciudad de San Pedro gimió mientras era tragada… Y vi salir a casi 50 mil “muertos”.
Perdió Honduras, pero el amor por la Selección permanece intacto, más allá de las lagrimas… Sí sentí envidia. Lo admito.