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Felipe Noguera fue el consultor político de la campaña del PLC en Managua. Como consultor externo le fue encargada la dura tarea de hacer subir al candidato Wilfredo Navarro, de un cinco por ciento de intencionalidad de voto con el que inició la campaña, hasta el “honroso” segundo lugar en que finalmente terminó después de las elecciones.
Según Noguera, al comparar los resultados de las elecciones del cinco de noviembre del 2000 con las de 1996, se observa que Navarro obtuvo un porcentaje similar de apoyo al que tuvo Roberto Cedeño y que William Báez alcanzó un nivel similar al del movimiento de Pedro Solórzano en 1996.
“La principal diferencia es que en estas últimas elecciones, el voto sandinista se unificó tras Herty Lewites, mientras en 1996 se dividió entre éste y Carlos Guadamuz”, dice Noguera.
“Managua no era una plaza fácil para el PLC, y contra la consolidación del voto sandinista sólo se podría competir uniendo el llamado ‘voto democrático’, cosa que no sucedió”. El desdoblamiento de las elecciones municipales, y el que éstas fueran realizadas en un período de fuertes críticas al gobierno nacional —especialmente entre la población urbana— hizo que los candidatos del PLC funcionaran como “pararrayos” del descontento popular, dificultando la atracción del votante “democrático no liberal”, agrega el experto.
Es en este contexto que Noguera destaca el logro de Navarro de llegar a los niveles que llegó, habiendo partido de niveles bajísimos (menos del 5%) y de un contexto de fuertes cuestionamientos a su candidatura en el propio PLC.
“Navarro logró restañar las heridas internas, e inclusive elevar su imagen personal muy por encima de la votación obtenida. Sin embargo, en un clima adverso y con escasez de tiempo y otros recursos, no logró comunicar su programa y sus propuestas de manera suficiente como para convencer que él sería el mejor alcalde, y que la elección de quién manejaría los asuntos de la ciudad no debía definirse por ‘broncas’ en el ámbito nacional”, explica el consultor.
De acuerdo a su análisis, Lewites contaba con varias ventajas y supo aprovecharlas. “No sólo fue el candidato indiscutido del sandinismo, sino además ya había competido antes, por lo que su nombre y figura ya eran conocidos. Además, las frases con las que se lo conocía, como ‘empresario sandinista’ y ‘alcalde constructor’, resonaban bien con lo que la gente espera de un alcalde. Tuvo la ventaja de correr desde la oposición después de diez años de gestión liberal, y también de poder mostrarse como un potencial contrapeso al criticado gobierno nacional, más que un cambio que provocara miedo”.
(*)Felipe Noguera, consultor político.
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