- Managua llora por el Bóer y Omar se derrumba en pedazos
- Nada que discutir, fueron
superiores y merecieron el título
Edgard Tijerino M. [email protected]
La muerte de los Indios en esta final ha sido atroz, por supuesto, dolorosa y obviamente sin atenuante. Después de ganar los dos primeros juegos y hacer creer a los capitalinos que el título estaba al alcance en la vuelta de la esquina, los Indios se hundieron estrepitosamente, y al caer el telón del sexto juego con el batazo de Sandy hacia Pestana, mientras veía las imágenes, Omar sintió sus huesos húmedos y el cerebro tieso como un palo.
Se estaba derrumbando a pedazos, mientras Managua lloraba por sus cuatro costados llenando cauces todavía no reparados por la Alcaldía.
Reaccionando vigorosa y espectacularmente para asestar consecutiva e implacablemente cuatro zarpazos mortales, los leones derrotaron ayer por 4-1 a esos Indios atrapados por un miedo antiguo, y aseguraron de esa forma la conquista del banderín de nuestro béisbol correspondiente al tomo del 2001, enloqueciendo la ciudad universitaria.
Cuando el Bóer tomó ventaja de 1 por 0 con el hit empujador de Leytón en el cuarto, la capital se estremeció tan bruscamente que los sismógrafos se movieron hasta el 7 en la escala Richter, pero León ripostó en el sexto cuando Franklin Rodríguez se desajustó admitiendo dos hits, cediendo tres bases y golpeando a uno con casa llena, para que los rugidores hicieran girar la pizarra y se colocaran en ventaja 2-1. Otro zarpazo en el séptimo por hit de Burguillo y el último en el octavo, sepultaron a los Indios.
Como Hernán Cortés batallando con Moctezuma, Omar Cisneros intentó ordenar “enterremos a los muertos de noche y en sigilo, para que nuestros enemigos nos crean inmortales”, pero eso no fue posible. Esos “cadáveres” sobre los cuales se abrió paso majestuosamente Diego Sandino en su faena de remate, eran los de los Indios y estaban a la vista de todos.
Sin pitcheo profundo, sin defensa herméticamente cerrada, sin suficiente bateo productivo, es imposible fabricar esa inspiración divina y seductora de la que habla Rubén. Perdiendo los dos primeros juegos, los leones estuvieron abatidos, pero nunca se dieron por vencidos y una vez más emergieron de entre las cenizas, crecieron impresionantemente, contragolpearon y se coronaron, a base de pasión, fuerza y convicción.
¡Cómo rugió Edgard!
Edgard López se convirtió en el factor ofensivo que estableció el desequilibrio a lo largo de los cuatro últimos juegos. En el cajón de bateo, funcionó como “poseído” por una furia destructiva.
La ventaja de los Leones en pitcheo abridor, se puso de manifiesto durante el llamativo y emotivo resurgimiento, no tan deslumbrante como aquel del 90 contra los
Dantos.
En forma imprevista, Nemesio no apareció en los momentos cumbres y eso le impidió a los Indios conectarse ofensivamente.
Los Indios no terminaron de ajustarse en la defensa y su desorientación corriendo las bases, fue fatal. En cambio León logró las transformaciones necesarias para cambiar la historia de la serie, incluyendo la ley de la gravedad.