- Un sastre de la vieja Managua fue víctima de la ambición de varios sujetos que lo despojaron del premio que había ganado con la lotería
- El plan consistía, simple y llanamente, en hacer reproducciones falsificadas, es decir, clonar los billetes, como se diría en estos tiempos
- El expediente de Somarriba lo mostraba como en realidad era: un peligroso delincuente que, gracias al trastocamiento total de valores que existía en el país, estaba de este lado de las rejas
Anuar Hassan yEmiliano [email protected]
La vida de Edmundo Alvarez Soza transcurría en medio de la monotonía que supone dirigir un modesto taller de sastrería. El trabajo no era abundante y el sastre hacía prodigios para su sobrevivencia diaria y la de su familia. La confección de trajes enteros no era una orden muy frecuente en las sastrerías de la tórrida Managua y tenía que conformarse con hacer unos cuantos pantalones a la semana con lo que apenas lograba cubrir los gastos familiares. Pero… como dicen los españoles, iba tirando, mal que bien.
El sastre cifraba sus esperanzas de mejoría en la próxima llegada del mes de septiembre, cuando los padres de familia daban a hacer la ropa que sus hijos utilizaban en los desfiles escolares en ocasión de las fiestas patrias.
Pero Alvarez no era un tipo fatalista, de esos que se ponen a la puerta de su casa hasta ver pasar el cadáver de su enemigo, que por otra parte no tenía. A Dios rogando y a la suerte tentando, parecía ser su lema. Porque muy cumplidamente el sastre destinaba cada semana una pequeña cantidad de sus ingresos a la adquisición de lotería con la convicción, más fuerte que la esperanza, de que algún día vería colmada su ilusión de ganar un premio.
Y un domingo de julio de 1961 su perseverancia se vio recompensada. El sastre se hizo acreedor de un premio de 20 mil córdobas, algo así como 3 mil dólares al cambio en aquél tiempo. Bien administrada, esa suma de dinero podría reproducirse en poco tiempo y depararle cierta holgura económica.
El sastre depositó su pequeña fortuna en un banco y decidió tomarse unos días para decidir en qué habría de invertir su dinero con seguridad y rentabilidad. Supuestamente nadie, a excepción de su familia, sabía lo del premio.
Pero no era así, desgraciadamente. Dudamos mucho de que haya sido resultado de las habilidades adquiridas mientras se desempeñó como agente de la Oficina de Investigación de la Policía de Managua, toda vez que la mayoría de esos agentes eran tipos analfabetos precisamente llegados a ese cuerpo para evadir algún juicio, pero Carlos Somarriba estaba al tanto de la buena suerte del sastre.
Como se confirmó más tarde, el expediente de Somarriba lo mostraba como en realidad era: un peligroso delincuente que, gracias al trastocamiento total de valores que existía en el país, estaba de este lado de las rejas.
No sabemos cómo Somarriba se acercó a Alvarez pero no es nada aventurado pensar que lo hizo como futuro cliente del sastre.
Muy pronto, al trabar alguna confianza, el ex agente reveló un plan infalible para que el dinero que se aburría en las arcas del banco comenzara a reproducirse como la verdolaga. Nada de esperar sorteos bancarios ni engañifas por el estilo. Te morirás de viejo antes de ganar uno de esos premios, le dijo. Los mismos billetes te darán los billetes, agregó con un aire de complicidad.
El plan consistía, simple y llanamente, en hacer reproducciones falsificadas, es decir, clonar los billetes, como se diría en estos tiempos.
Y para ello nadie más indicado que un gran amigo suyo, experto en ese trabajo, al que tendría mucho gusto en presentarle, concluyó en tono convincente.
Al día siguiente Somarriba llegó a la modesta sastrería, en la colonia Salvadorita, con la compañía prometida.
Se trataba de George Gary Johnson, un negro costarricense de nada llamativa, por no decir oscura presencia que se identificó además como curandero o practicante de la magia blanca.
Con ambos llegó también un sujeto que dijo llamarse Rodolfo Tijerino Orozco, quien también tenía sus cositas que contar en eso de la falsificación de papel moneda.
Después de una plática exploratoria, convinieron en reunirse nuevamente unos días más tarde.
Al mediodía del 7 de septiembre de 1961 el sastre Edmundo Alvarez Soza abordó un jeep en el que aguardaban varios sujetos y partió con rumbo desconocido. Nunca más habría de volver a su viejo taller.
Días después, alarmado ante su prolongada ausencia, su tío Rafael Soza Obando denunció su desaparición en la Policía.
Auxiliada por la familia y los vecinos, la Policía inició las investigaciones del caso. Una pista segura condujo a los investigadores, una madrugada pocos días después, a una casa de dos plantas en uno de los guetos negros del oriente de Managua.
A aquellas horas la casa, ubicada en el callejón Re del barrio El Calvario estaba a oscuras y herméticamente cerrada.
Los agentes, encabezados por el capitán Carlos García, decidieron meterse por las ventanas.
Los haces de luz de sus linternas pusieron al descubierto en uno de los cuartos el espectáculo de tres mujeres profundamente dormidas en grotescas posiciones. Por su falta de aliento alcohólico y de respuesta a sus enérgicas sacudidas los investigadores concluyeron que estaban drogadas.
Pistola en mano, siguieron avanzando. Al accionar el interruptor de la luz en otro cuarto, un agente gritó: ¨Aquí está uno¨. Era Rodolfo Tijerino quien, en paños menores, dormía a pierna suelta.
Casi simultáneamente eran descubiertos en otras habitaciones una mujer y otro hombre. Un agente que subió a la planta alta alertó: ¨Aquí está escondido otro¨. Se trataba ni más ni menos que del brujo Johnson. Aquella era una verdadera casa de Pandora.
En el inmueble todo era movimiento. Ahí mismo comenzó el interrogatorio. El capitán García fue directamente al grano: ¿Dónde está Edmundo Alvarez?, inquirió.
Uno de los habitantes de la casa, Gladston Cayasso, otro negro, visiblemente nervioso, hizo una señal a los agentes. Seguido por varios de estos, se detuvo en un lugar del patio y señalando hacia un punto en el suelo dijo escuetamente: Aquí está.
El capitán García ordenó entonces a Johnson que cavara donde se indicaba. Auxiliados por otro ocupante de la casa, Gilbert Waters, los socios Tijerino y Johnson comenzaron a abrir la tierra.
En medio de la expectación general, media hora más tarde se oyó el sordo ruido de la barra al chocar con la madera.
Minutos después fue visible una rústica caja. Al ser extraída y destapada, un hedor insoportable invadió el ambiente. En la caja se encontraban los restos descuartizados del sastre. La cabeza estaba colocada junto a una pierna y los brazos junto a la otra.
Para resumir lo ocurrido: después de pasar por el sastre se dirigieron al banco de donde aquél sacó su dinero.
En la casa, el negro Johnson le dijo a Alvarez que antes de iniciar felizmente cualquier negocio era preciso que estuviera totalmente sano, pues saltaba a la vista que padecía algunos males que él podía curarle.
Johnson y Tijerino le inyectaron un poderoso somnífero y el sastre cayó en un sueño tan profundo que los dos sujetos se alarmaron, pues probablemente no era su intención matarlo. Sin embargo, posiblemente debido a algún shock anafiláctico o alergia a la sustancia inyectada, el sastre murió.
UN BRUJO NEGRO
Los implicados en la muerte del sastre Edmundo Alvarez Soza fueron un ex agente de investigación de la Policía y un brujo negro originario de Costa Rica, en cuya casa ingenuas mujeres del pueblo se sometían a peligrosas prácticas dizque sanativas y en las que no se descartaba el abuso sexual.
SE REPARTIERON EL DINERO
– Mientras decidían qué hacer con el cadáver, el consultorio del brujo permaneció cerrado a la clientela, constituida principalmente por mujeres que se sometían ciegamente a los dictados del brujo con tal de ser curadas de sus males, en su mayoría imaginarios. Finalmente se descartó la idea de sacar el cuerpo cortado en trozos dentro de cajas o valijas y decidieron enterrarlos en el patio.
– El dinero se lo repartieron por partes iguales Tijerino y Johnson. El ex agente Somarriba, contacto entre el sastre y los dos hombres, se quedó esperando su comisión por el negocio.
– El 24 de octubre de 1961 el juez del crimen de Managua, Marco Antonio Castillo impuso a Tijerino y a Johnson la pena de 20 años de prisión por el delito de asesinato seguido de robo.