- En la década de los ‘80 se las entregaron a cooperativas y al área estatal, hoy lucen destruidas, abandonadas, deforestadas y olvidadas
José Adán [email protected]
SAN MARCOS, CARAZO.- Nombres, eso es lo único que queda de lo que un día fueron las pujantes haciendas de la familia Somoza. Las propiedades que constituyeron su capital original, “El Porvenir”, “El Llano”, “El Bosque” y “La Pita”, yacen olvidadas y arruinadas por el paso del tiempo, en las periferias rurales de Jinotepe.
En el kilómetro 8 de la carretera de Jinotepe hacia San Marcos, Municipio de Carazo, hay un portón de hierro carcomido por la herrumbre del tiempo. No hay señas de vida, hasta que una señora de aspecto humilde y edad indescifrable, machete en mano, pregunta secamente: “¿Qué quieren aquí?”.
Se llama Teresa Carcache y es una de las copropietarias de la hacienda El Porvenir, que otrora fue propiedad de la familia Somoza García.
Doña Teresa llegó a estas tierras a la edad de 8 años (actualmente dice tener más de 50), a cortar café junto con sus padres. Desde entonces ha visto cómo El Porvenir ha pasado de mano en mano, junto al desplome de la producción cafetalera y la destrucción de la infraestructura y de las tierras.
Recuerda cómo esta hacienda acaparó todas las fincas vecinas para convertirse en la mayor hacienda cafetalera de los alrededores. “Se perdía la vista de tan grande que era esto”, cuenta Carcache.
Ella estuvo presente en todas sus etapas. Dice que cuando llegó, El Porvenir tenía unas 300 manzanas y con el paso del tiempo llegó a tener hasta casi 1,000. “Uno preguntaba hasta dónde terminaba la finca y parecía que no tenía fin”, cuenta Teresa, quien durante muchos años vio llegar a Anastasio Somoza García a ver cómo prosperaba el negocio del café.
Recuerda que El Porvenir era uno de los cafetales más productivos de la región, donde nunca faltaban los granos, comida y techo para las decenas de peones que llegaban de todo Carazo, en busca de los dos pesos que pagaban por el jornal en aquellos cafetales que hasta “reverberaban de rojito”.
Ella también fue testigo de cómo en 1979, con la salida de los Somoza del país, El Porvenir fue intervenido por el Instituto Nicaragüense de Reforma Agraria (INRA), junto a las fincas María Auxiliadora, Santa Teresa, Las Carolinas, Santa Julia y El Cerro, bajo la figura de los decretos 3 y 38, que ordenaban confiscar los bienes de los Somoza y de sus allegados.
Después se formó la Empresa Agropecuaria Area Propiedad del Pueblo “Mauricio Duarte”, que aglutinó varias fincas vecinas. Carcache recuerda que en 1990 los administradores de la “Mauricio Duarte” negociaron con el gobierno que la propiedad quedara en manos de los trabajadores, a través de un contrato de arriendo con opción a compra.
Los socios eran 110 trabajadores que formaron la Empresa Agropecuaria “Pikín Guerrero”, bajo un modelo de Cooperativa agropecuaria. Ella es parte de esos 110 trabajadores. En 1997, 19 trabajadores decidieron salirse de la empresa y pidieron escriturar sus propiedades, lo que llevó a la empresa a entrar en juicio con los socios separatistas.
Y mientras el juicio avanzaba, los cultivos se perdían y el café que sobrevivió a 10 años de malos cuidos terminaba por morir. Hoy en día, la llamada empresa “Pikín Guerrero” cuenta con 177 manzanas de café divididas en varias parcelas, más 64 manzanas de tierras con frutales, montes, cítricos y terrenos baldíos que de vez en cuando tratan de ser tomados por precaristas urbanos.
La casa hacienda de El Porvenir fue convertida en casa política y Unidad de Producción Estatal (UPE) en los años ochenta y hoy luce abandonada y solitaria. La antigua casa de horcones y taquezal fue demolida junto a la prosperidad que antaño tuvo. De recuerdo quedan tres plazoletas vacías donde se secaba el café y un tanque aéreo de agua, que pusieron los Somoza en los años 70.
“EL LLANO”: POLVO, ABANDONO Y OLVIDO
Esta otra propiedad rústica que fue parte del capital semilla de los Somoza, hoy no es más que una extenso y árido campo de caminos polvorientos, potreros intransitables, casonas de taquezal semiderruidas y gente temerosa de que les quiten sus terrenos.
Los pocos que conocieron los mejores años de esta propiedad, recuerdan que la misma era un inmenso pastizal donde rumiaba ganado vacuno, donde a los campistos se les permitía tener sus ranchos, pozos y animales domésticos, y donde a finales de los 70 aparecían guerrilleros muertos y maniatados.
Dicen algunos pobladores que El Llano, que al principio tenía 80 manzanas, llegó a aglutinar varias fincas más, entre ellas Mirazul del Llano, El Llano de Campos Azules, San Sebastián y Los Medranos, todas de las mismas características: áridas y polvorientas. Son fincas que Somoza García fue adquiriendo en el transcurso de sus años de poder. Pocas de estas casas quedan en pie.
Con el triunfo sandinista, las tierras de El Llano fueron entregadas a varias cooperativas, entre ellas la “Manuel Moya” y “Ramón Alberto Aburto”, y a más de 350 familias que habitaban en estas tierras a la caída de los Somoza.
Hoy, con las cooperativas desunidas y las tierras vendidas a terceros, entre ellos refugiados salvadoreños y damnificados chinandeganos, existen varias comunidades que se quejan de la falta de agua y de la ausencia de préstamos de servicios básicos en El Llano.
“EL BOSQUE” DEFORESTADO Y “LA PITA” EXTRAVIADA
La finca “El Bosque” era una de las más bellas propiedades de Anastasio Somoza Reyes, que luego pasó a manos de su hijo, el Gral. Anastasio Somoza García. Era una pequeña casa de taquezal de tres piezas, que quedaba emplazada en una plataforma de cemento a orillas del caudaloso río El Bosque.
Frente a la hacienda, existe una ermita que, según dicen vecinos, fue construida con el apoyo económico de la familia Somoza en los años 40. La ermita se llama La Cruz del Bosque y está en buen estado, contrastando con las ruinas de la hacienda El Bosque y la muerte de los caudales del río del mismo nombre.
En esa ermita, cada 3 de mayo, la familia de los Somoza llegaba a celebrar el Día de La Cruz. La hacienda se hallaba rodeada de un pequeño bosque tropical de caoba, pochote, cedro y otros árboles de madera preciosa que hoy no existen.
La propiedad es ahora un extenso campo de árboles secos, caminos polvorientos y enormes piedras blancas desnudas de las aguas del río que, producto de la deforestación, actualmente es un riachuelo.
Actualmente El Bosque es propiedad de un norteamericano llamado Peter Holstand, quien compró 3,000 manzanas de tierra para reforestarlas y convertirlas en lugar de destino turístico.
Igual de seca y desolada se encuentra La Pita, una comunidad extraviada entre largas extensiones de tierras ociosas, caminos polvorientos y potreros sin animales.
La Pita fue convertida en una cooperativa con el mismo nombre, para 80 familias. Según algunos pobladores del sector, la cooperativa fue desmembrada y asignada por lotes. La Pita, según vecinos, nunca fue una hacienda pujante y siempre estuvo olvidada y desatendida hasta por los propios Somoza, quienes dedicaban sus mayores atenciones a El Bosque.