Los tercos soñadores del Charco de Tisma

Donde a manera de diversión se explota una ilusión casi ahogada en el pozo de los recuerdos Mario Fulvio [email protected] Tiene mi amigo Ricardo Trejos una casa solariega en Tisma. Está situada en el claro de un bosque de árboles centenarios de troncos descomunales y ramajes frescos y umbrosos. Hay ahí plantas con las más […]

  • Donde a manera de diversión se explota una ilusión casi ahogada en el pozo de los recuerdos

Mario Fulvio [email protected]

Tiene mi amigo Ricardo Trejos una casa solariega en Tisma.

Está situada en el claro de un bosque de árboles centenarios de troncos descomunales y ramajes frescos y umbrosos. Hay ahí plantas con las más diversas flores, desde las olorosas rosas negras a las primorosas margaritas, dalias, sandiegos, magnolias, amapolas y jazmines.

La casona es amplia, de varias salas y dormitorios. Está construida con pesados adobes tan blancos que parecen estar cubiertos con azúcar de marquesote. Alta es la vivienda, con techo de tejas grandes, renegridas unas, o cubiertas de musgo y zacate otras. El corredor con piso de baldosas de barro es protegido por un amigable alero sostenido por pilares de granadillo color cobrizo, empotrados en bases de piedra de durísimo cemento.

En ese fresco corredor, mirando el bello paisaje del Charco de Tisma -límpido espejo de diamantes en un marco esmeralda-, nos reunimos de cuando en vez y de vez en cuando tres caros amigos de Trejos Maldonado: Manuel Eugarrios, Sancho y el que esto escribe. Cuatro hombres “corridos” que gustamos del buen yantar, el trago fino, la frase sabia, la anécdota chispeante y la siempre oportuna remembranza.

Sentados una tarde sobre sólidos taburetes forrados de cuero y en las playeras de alto respaldar, vino de pronto, inoportuno, el tema del Padre Tiempo, personaje que siempre anda cargando un reloj de arena y una enorme guadaña.

—Hombré -dice Trejos taciturno-, se murió Lorenzo Sofonías… Se están muriendo los viejos.

—Pues que pongan su barba en remojo Nacho Briones, César Padilla, Chilo Barahona, Luis Rocha y Fernando Silva, que ya caminan cruzando las corvas y con las coronas en el lomo, acertó Manuel.

—Bueno -metí mi cuchara-, hay tipos que son huesos duros de roer aún para la guadaña del Padre Tiempo. ¿Qué me dicen de PAC y Koriko que ya sólo el sueño se nutre de ellos?

—A mí no me preocupan las nimiedades de los años. A los 49 me siendo como el acero toledano que no se dobla ni se quiebra. Los tantos vigores dispersos de que habla Darío aquí los tengo reunidos en estos brazos que son de fibra pura, dice con firmeza y gesto feudal Trejos.

—Yo no me quejo a los 50 -enfatiza Manuel-. Tengo salud de hierro… Claro que siendo un hombre de tantas vivencias, en más de alguna ocasión he necesitado ir al médico, pero éste se limita a darme consejo… Consejos que yo remito a aquéllos que pasan el umbral de los 80, que es cuando el mal hombre, el débil, el sumiso, el ñeñengue, se empieza a ir a pique.

Al fin y al cabo cuando comenzás a hablar de vejez es porque ya tenés el tufo. Ya te pide la tierra ese tema. Ya te hala el imán para adentro… Para siempre, viejos serán los caminos y todavía echan polvos.

—Pero los echan al aire y no en el recipiente, tercia el chusco Sancho. No sé si se acuerdan de “Trabita” aquel ancianito que lustraba en el Salón de Las Masayas y que se las daba de muy preñador, pero la verdad es que evitaba que vieran hacer aguas y se ‘pandiaba’ todito el pobrecito.

—Perdoná, perdoná -interrumpe Trejos-, no hablés de cosas tan antiguas. A mí pedime cuentas de los años sesenta, del “rock around the clock”, del romántico Manzanero, de “Los Angeles Negros” y de otros personajes de mi niñez.

—Lástima que no seamos tan viejos, tercia Manuel. Tal vez Panchito Bravo se acuerde de ese Trabita. Aunque yo recuerdo que tendría unos cinco años cuando Ricardo ya era un indio matacancito que hablaba en una radio de Masaya. ¡Ni idea tengo del tal Trabita!

— Quiere decir -les pregunto- que ustedes no se acuerdan de los conciertos que daba la de Los Supremos Poderes en el Parque Central, de la Mary Lou Patiño que fue novia de los Chicos de la Prensa, del mondongo de La Chumila, de La Loba y del “Baby Doll” aquel antro de muchachas donde disfrutábamos del que hoy llaman sexo “divergente”.

— Vos estás chochando, me dice Manuel.

— A éste ya se le enrollaron los cuentos de la abuelita. Vos en la cabeza en lugar de cerebro andás el yagual, me dice ya arrecho el anfitrión.

—No es mi interés remover heridas -digo calmado-, sino remover recuerdos que al ser escritos pueden servir a otros que de seguro nos seguirán. Para mí es un placer recordar por ejemplo, la emoción de andar en el bus de dos pisos que transitaba toda la Calle 15 de Septiembre, que en 1939 comenzaba en El Patión y terminaba en El Cementerio.

— Sin duda vivieron el placer de viajar en ferrocarril, ya rumbo a León o por Los Pueblos: Para el oriente el encanto de Sabanagrande con sus vendedoras de rellenitas calientes, las jaleas y artesanías de Masaya y el bello paisaje de la laguna de Catarina, esmeralda peinada por el viento. Y si buscabas para occidente, bordeando el lago, allí te sorprendía el majestuoso Momotombo, los pescaditos fritos de Mateare, el quesillo con tiste de Nagarote que te vendía una bella muchachita rubia, ojos verdes, cuerpo hermoso.

Y cómo olvidar cuando sentado en las bancas del Parque de Santo Domingo, escuchaba en un parlante que ponían en el kiosco la música romántica que cantaban Alfonso Ortiz Tirado, Agustín Lara, Guty Cárdenas, las hermanitas Aguila, o bien tirando por el tango a Carlos Gardel, Agustín Magaldi, Hugo del Carril y Alberto Castillo.

— Cómo no recordar aquellas lanchas que salían por la tarde del Barrio de Pescadores impulsadas por el viento para navegar hasta el puertecito de San Francisco del Carnicero. Viajar en ellas era como bogar en una alfombra de estrellas y diamantes, viendo cómo nos perseguía la enorme luna llena que jugueteaba delante y detrás de la barca.

-Seguí sacando mi rollo de recuerdos. Manuel y Trejos escuchaban con los ojos entrecerrados, haciendo anillos de humo con sus cigarrillos.

-Yo sé que gozaban de aquellas remembranzas y que fingían estar dormidos para no dar su brazo a torcer, y menos abandonar la posibilidad imaginaria de conversar en la casona que siempre ha querido tener Ricardo Trejos allá en el Charco de Tisma, y nosotros que queremos que la tenga para, antes de exhalar nuestro postrer suspiro, reunirnos con él y hablar de tantas cosas que tenemos escondidas en el alma.  

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