De escoria a predicador

Pasó de marginado y temido a la vez, a ser un hombre manso, dedicado a las cosas de Dios. Pablo Absalón Ramírez Ruiz fue uno de los miembros más peligrosos de la pandilla “Los Salineros”. Cuenta las interioridades de la banda, y cómo se transformó en un ejemplo para los antisociales Wilder Pérez R.Especial para […]

  • Pasó de marginado y temido a la vez, a ser un hombre manso, dedicado a las cosas de Dios. Pablo Absalón Ramírez Ruiz fue uno de los miembros más peligrosos de la pandilla “Los Salineros”. Cuenta las interioridades de la banda, y cómo se transformó en un ejemplo para los antisociales

Wilder Pérez R.Especial para LA PRENSA

“Y empecé a oír el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, sucedió que también me hallé profundamente dormido sobre mi rostro, rostro a tierra” (Daniel 10:9). Tal como el profeta en la fosa de los leones, cientos de años después, en una cama de recuperación del Hospital Alemán Nicaragüense, uno de los miembros más temidos de la extinta pandilla “Los Salineros”, se sintió acabado cuando escuchó palabras que, en el silencio de su desgracia, cambiaron su vida.

Sin embargo, Pablo Absalón Ramírez Ruiz, aún al filo de la muerte, era la antítesis de un piadoso, y la voz que escuchó no fue la de Dios, sino la de un ente extraño que lo convidaba “a los quintos infiernos, que era donde merecía estar”, confiesa.

Días antes, en 1995, había resultado herido en un pleito de pandillas que lo envió al hospital con un puñal entre sus costillas, que le hirió el pulmón izquierdo y casi acaba con una de sus arterias. Deseó morir a pesar de que no lo haría con la conciencia tranquila.

Fue entonces que una desconocida mujer empezó a visitarlo para hablarle de Dios. No lo convenció. “A un descobije (avispado) como yo no le lavaban fácil el cerebro”, recuerda. Pero desde que escuchó aquella misteriosa voz que lo invitaba al infierno, se le esfumaron las intenciones de tirarle la bacinilla a la religiosa.

Ese fue el inicio del fin del “Wine”. Poco tiempo después se convertiría en “Pablito” el evangélico. Cambió la ropa de “cholos” por vestidura decente, se borró los tres puntos y la lágrima que lo identificaban como “salinero”, y dejó los malos hábitos por actitudes honrosas. A sus 26 años de edad, es uno de los mejores ejemplos de cambio para cualquier pandillero.

¿Cómo te iniciaste en el mundo de las pandillas?

No me inicié directamente. Empecé tomando las cosas (sin avisar) y me hice rebelde con mi mamá. Nos fuimos de San Judas al Salinas y empecé a rozarme con chavalos de tiempos del “break dance” en la pandilla los “Mercaderos” y después con los “Parqueros” hasta conformar los “Salineros”.

¿Lo sabían tus padres?

No, hasta que mi hermana me encontró fumando.

¿Qué fumabas?

Cigarro, cigarro, cigarro. (Repite con tono de dejar claro eso). Lo hacía en el patio o en un cauce cercano. Llegamos a oler pega, pero nunca lo hicimos como vicio sino como vagancia, ¿me entendés?

¿Cómo conseguían el dinero para mantener su vicio, robaban?

Pues no, otros muchachos le pedían a sus padres o sino sólo lo tomaban sin decirles, o a veces yo sólo me acercaba y lo tomaba. (Evita decir la palabra “robar”).

¿Cómo surge la pandilla “Los Salineros”?

Comenzó al iniciar el rap. Eramos unos 15 que íbamos a fiestas. Con el tiempo fueron llegando más, incluso muchachas de colonias y buenos barrios. Llagamos a ser casi 100.

¿Cómo un joven ingresaba a la pandilla?

Primero se hacía amigo de un integrante, luego lo hacíamos al estilo de las pandillas de los Estados Unidos, tenía que ser golpeado por tres de nosotros durante 18 segundos, si tres no podían, con tal de golpearlo le caíamos hasta seis y siete (dice al momento que cierra sus puños como agarrando un bate de béisbol). Cuando el muchacho ya se quedaba dolido en el suelo, lo levantábamos y le decíamos “bienvenido al barrio”.

¿Era la prueba definitiva?

No, cuando habían choques con otras pandillas le decíamos que si quería pertenecer, “ya aguantaste nuestros golpes, ahora queremos ver cómo sos en el campo de batalla”, allí mirábamos si era “muerte arriba” (valiente y fiel).

¿Cómo ingresaban las mujeres?

Las muchachas que nacieron en el barrio no se les golpeó, ni se les abusó sexualmente, ni se les propuso hacer el sexo con nadie. Si querían tener sexo con alguien era su problema. Pero si llegaba una nueva que no fuera del barrio, se tenía que agarrar (a golpes) con tres de las integrantes.

¿No tenían otra opción?

Sí, acostándose con un miembro de la pandilla que ella elegía.

¿Qué hizo famosos a “Los Salineros”?

Buscábamos pleito y tomábamos carros de los miembros que tenían recursos o los alquilaban, tomábamos pistolas o las de los padres y con eso entrábamos a los barrios a agarrar a balazos a los otros pandilleros, llevábamos tubos, palos de golf, piedras, botellas… ése era nuestro operativo, ¿me entendés? Fueron cuatro años así.

¿Qué significaban los tres puntos y la lágrima que se tatuaban?

Los puntos significaban “mi vida loca”, lo adaptamos de un muchacho que vino del sur de Los ángeles. La lágrima se tatuaba a la par de un ojo por cada año en la cárcel, un amigo muerto o un homicidio causado.

Tu cicatriz al lado de tu ojo izquierdo refleja que tuviste una lágrima…

Fue porque murió un amigo.

¿Cuántos tatuajes te hiciste?

Sólo diez… pero no fueron salvajes.

¿Alguna vez estuviste preso?

Sí, pero por días, me acusaban de vagancia. Pero no es que no haya hecho daño a otras personas, sino porque nunca me agarraron en el acto, ¿me entendés?.

¿Por qué entraste en ese mundo?

Por vagancia. La voz a uno se le pone ronquita, entonces me sentí hombrecito. Aunque puede ser por descuido de los padres o problemas emocionales y espirituales (Pablo perdió a su papá cuando tenía siete años). Tenía mi vida golpeada por las circunstancias. Sentía que la gente no me amaba ni me quería, pero fue por eso mismo.

¿Por qué desapareció esa pandilla?

Muchas acusaciones. Decían que éramos ladrones, pero en realidad no nos caracterizábamos por eso, porque la mayoría de los integrantes tenía dinero. Los vecinos no nos aguantaban porque parecíamos “pandilleros del oeste”. Las armas eran para vengarnos de nuestros enemigos, no para asaltar.

¿Qué opinás del “Wine” (apodo que adquirió por ser el más “piruca” de la pandilla)?

Entiendo que estaba en un gran error. Yo estaba cebado, el enemigo (Satanás) me fue atrayendo a través del vicio. Hasta intenté quitarme la vida. Ya no quería vivir.

¿Cómo cambiaste?

Un amigo ex pandillero me invitaba a asistir a la iglesia, ya había desaparecido nuestra pandilla. El día que me estuve muriendo le dije: “Señor, si tú eres verdadero, si tú eres real, quítame esta ansiedad”, porque estaba desperado, siempre andaba temblando.

Entonces mi amigo “el zopilote”, me preguntó: ¿qué pasó, acepta o no acepta?, yo le decía que no iba a pasar, pero él me dijo que “ése es el diablo que te dice que no vayas”.

Cuando yo pasé, pasaron unas 30 personas a aceptar a Cristo y todos estaban pendientes de que un “salinero” entraba a la iglesia, sólo se escuchaba “sal…, sal…, sal…, salinero” entre el murmullo de la gente.

Pasé vestido de cholo, con la lágrima y todos mis tatuajes pintados, fue extraño porque los “salineros” éramos duros de corazón. Allí fue donde le di mi corazón a Cristo.

¿Quién es ahora Pablo Absalón Ramírez Ruiz?

Después de haber sido lo vil, lo menospreciado, lo necio, la escoria del mundo, ahora, como dice la Biblia, estamos sentados con Cristo y lugares celestiales. Soy una nueva criatura, mi camino está en Cristo.

¿Cómo ves la vida ahora?

Veo una vida linda, de victoria, de salvación, pero no por eso se van los problemas, sino que aumentan, pero la Biblia dice que Dios está con nosotros y nadie podrá apartarnos de él.

¿Y tus antiguos enemigos?

Unos que están en la cárcel Modelo, se han convertido a través de mi testimonio, ellos me han dicho: “no te puedo creer, no sos el mismo Pablo de antes, tu rostro está cambiado”.

Muchos de los salineros murieron, suicidados, asesinados o accidentados. Al hablar de ellos siempre lo hace en tiempo pasado y Sergio Boniche, el ex jefe, ahora estudia medicina y ayuda a niños pobres.

¿Qué va a ser de tu vida?

Este mes que viene estudiaré una carrera técnica y voy a esforzarme, a seguir adelante.

¿Qué dice tu mamá?

Nos ponemos a recordar viejos tiempos. Ella se siente feliz porque dice que “el día que yo me muera, sé que te dejo en buenas manos, en las manos de Dios”. Quiere que me prepare y tenga una familia.

Por eso no entiendo a madres que prefieren que sus hijos anden en las pandillas y no en el evangelio. Pero la Biblia dice que somos la sal de la Tierra, pero si no existiéramos, con qué sería salada (sazonada).

¿Qué mensaje enviás a los jóvenes?

Que se den cuenta que hay un Dios en el Cielo, que yo anduve nueve años en las pandillas, nueve años haciendo miles y miles de cosas, pero que hasta que me predicaron el evangelio mi entendimiento se abrió. Dios puede ayudar a muchos jóvenes que andan en pandilla.


Los peores años de su vida

Una película protagonizada por Bruce Lee, el legendario actor de artes marciales, le brindó la idea a Pablo Absalon Ramírez Ruiz de “tomar las cosas sin avisar”. Tenia 12 años de edad cuando hizo de una tía su primera victima.

A los siete años perdió a su padre. Es el menor de seis hermanos. Sus amigos en la escuela, las malas costumbres y la marginación lo hicieron rebelde frente a su mamá, quien a lo largo de nueve años sufrió en carne propia el costo de tener un hijo dado a las pandillas. “Muchas veces se cayó y se hirió por andarme buscando”, lamenta Ramírez.

Perteneció a dos pandillas antes de ser “salinero”. Una vez con ellos se convirtió en uno de los miembros más temidos, pero también en el más adicto al alcohol, lo que le valió su apodo del “Wine”, que significa “vino” en inglés, pero la pandilla le dio el significado de “piruca”.

Confiesa que esos fueron los peores años de su vida. “Varias veces intenté matarme”. Sus métodos comunes fueron las puñaladas en su estómago o sus antebrazos, en esto la piel no le permite mentir, bajo su camisa de mangas largas se notan antiguas cicatrices.

Cansado de “experimentar con todo… qué no probé”, intentó quitarse la vida en varias ocasiones consumiendo hasta nueve pastillas diazepan, pero siempre falló. “Cuando eran puñaladas acudía a personas conocidas diciéndoles que en un pleito me habían herido y me daban para el pasaje de la ruta al hospital”, recuerda.

Por casi diez años sufrió la marginación de la sociedad. Fue tratado como el peor ser de la tierra. Pero lejos de recapacitar acumuló odio hacia las personas, al punto que nadie podía siquiera mirarlo de mal modo. “Si alguien lo hacia, yo lo lesionaba”, confiesa.

Como es de esperarse, los tatuajes adornaron su cuerpo. Pero afirma haber sido decente para esas cosas. “Sólo me hice diez”. Dos de ellos fueron borrados. Uno mediante cirugía y otro tras muchos años rascándose la piel con las unas. El primero era una lágrima por un amigo muerto, el segundo eran los tres puntos que lo identificaban como “salinero”, empero, las uñas no pudieron en uno de ellos. Por el resto de su cuerpo descansan arañas mujeres, rostros, iniciales y otras figuras tatuadas.

El día que entró por primera vez a la iglesia fue la atracción de todos los asistentes. Más que como animal raro, la gente lo quedó viendo aún con incredulidad. Eso fue hace seis años, cuando su amigo “el zopilote” casi lo obligó a entrar usando como pretexto la amistad y convenciéndolo que la voz que escuchaba invitándolo al infierno era la del Diablo.

Ahora es “Pablito”. La gente ya no le teme y goza de gran estima. Detrás de sus anteojos está una persona que no necesita ser pastor de la iglesia para hacer cambiar de actitud a personas que atraviesan lo que él ya vivió. Su ejemplo basta… “esperen, no crean que se me van a ir sin predicarles la palabra”, dice al final de la entrevista.  

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