José Adán [email protected]
Lo conoció por primera vez en diciembre de 1974, bajo circunstancias que poco tenían que ver con el espíritu de las festividades navideñas. Fue el 28 de diciembre, un día después que el comando guerrillero “Juan José Quezada” asaltara la casa del connotado amigo y socio de Somoza, José María Castillo Quant.
Joaquín Cuadra Lacayo, entonces un joven guerrillero atrincherado en la lujosa residencia de Quant, donde interrumpieron a balazos la fiesta que ahí se realizaba, supo desde el inicio de la operación guerrillera que sólo la figura del Arzobispo de Managua, Miguel Obando y Bravo, podía sacarlo con vida de aquella aventura.
Antes había oído hablar del religioso y la percepción que reinaba entre las filas insurgentes, en su mayoría era que Obando representaba algo más que un simple mediador.
“Su Eminencia Obando representaba la garantía de nuestras vidas”, dice ahora el general retirado Cuadra, quien volvió a ver a Obando hasta diez años después, cuando el religioso llegó de improvisto a los funerales de la madre de Cuadra a aplicarle los santos óleos a la difunta.
“El Cardenal Obando era una personalidad influyente, de quien descubrimos que Somoza le tenía respeto y miedo. Así lo miraba yo, y creo que mis demás compañeros, aparte de la importancia estratégica de contar con él como mediador, lo percibían igual. Era una persona de confiar”, relata.
Esa mediación ayudó a que los guerrilleros cumplieran con casi todos los objetivos, principalmente la liberación de los presos políticos y el golpe político contra el gobierno de Somoza.
En esa ocasión Cuadra tuvo la oportunidad de viajar un par de veces al lado del Cardenal Obando. La primera fue cuando un bus los sacó de la residencia de Chema Castillo, junto a los rehenes y los llevó rumbo al Aeropuerto Internacional de Managua y la segunda fue durante la mitad del vuelo en que Somoza los mandó a La Habana.
“A mí me habían asignado la responsabilidad de custodiar al conductor y el Cardenal iba al lado mío. Estoy seguro que los tres, el Cardenal, el conductor y yo, íbamos en la misma, con miedo”, cuenta entre risas Cuadra. Por nerviosismo, Cuadra recuerda que constantemente apretaba una granada de fragmentación que colgaba de su pecho y ese detalle fue una de las cosas que pasó a formar parte de los recuerdos del Cardenal sobre aquella situación. “Ahora cuando nos vemos, él se pone a reír y me dice que por qué iba jugando con la granada. Yo le digo que no iba jugando, que era en serio”.
Cuadra recuerda que cuando el Cardenal entró por primera vez al inmueble, lo primero que hizo fue preguntar con mucha preocupación si todos estaban bien. “Pidió la oportunidad para platicar y transmitirle tranquilidad espiritual a los rehenes, estuvo con ellos, después con el jefe del comando, Eduardo Contreras, desde ahí hubo muchas entradas y salidas del religioso. Hubo ocasiones en que los tres jefes de las escuadras, Germán Pomares, Hugo Torres y yo nos reuníamos a hablar con él. Era reconfortante porque él no nos hablaba de la situación, sino de cualquier otra cosa”.
“Siempre recuerdo a Obando como una persona centrada, prudente y dueño de una calma impresionante”, dijo Cuadra, quien recordó que entre los guerrilleros existía la certeza de que mientras estuviera el Cardenal de por medio, sus vidas corrían menos peligro de que Somoza tratara de resolver el asunto por medio de un asalto armado.