Hipólito Rosemberg Rodriguez (Licho).

La Libertad del Cardenal

Fabián [email protected] La Libertad en la que nació el Cardenal Miguel Obando y Bravo, hace 75 años, ya no existe más. No sólo porque la mayoría de quienes pudieron conocerlo en esa época han muerto, sino también porque el crack minero de 1945 provocó el éxodo masivo de los liberteños originales, y, en su defecto, […]

Fabián [email protected]

La Libertad en la que nació el Cardenal Miguel Obando y Bravo, hace 75 años, ya no existe más. No sólo porque la mayoría de quienes pudieron conocerlo en esa época han muerto, sino también porque el crack minero de 1945 provocó el éxodo masivo de los liberteños originales, y, en su defecto, una invasión de sampedranos, que llegaban interesados en tomarse las tierras abandonadas para engordar su ganado.

La Libertad es hoy un pueblo de casas de zinc herrumbroso. Todavía se encuentra una que otra casa diseñada bajo el formato característico de los pueblos mineros del oeste norteamericano. Porque La Libertad es eso, un pueblo minero, que vive de glorias pasadas.

“La Libertad era un pueblo donde había mucha vida. Los liberteños celebraban con singular entusiasmo la Semana Santa y la Fiesta de la Virgen de la Luz. Llegaba gente de toda Nicaragua; incluso de Centroamérica. La Libertad parecía un pueblo de esos del Oeste…”, recuerda el Cardenal Obando en las memorias recogidas por el Padre Domingo Urtasun.

Las oleadas de inmigrantes que llegaron buscando fortuna quedaron grabadas en la sangre de sus habitantes: los hay pelirrojos, ojos claros, morenos, pecosos, cheles, barbudos y lampiños.

“Es que la historia de La Libertad se clasifica por las distintas inmigraciones”, dice Darwin Kauffman. Y todas ellas han dejado su huella en la sangre y el nombre de los liberteños. El mismo Kauffman, testimonia con su apellido el paso de una época: la alemana.

Primero fueron los españoles, que llegaron con ánimos de catequización y buscando oro. Encontraron a sumos caribes lavando oro en el río Mico.

Luego fue la época francesa. Según una tesis que menciona Darwin Kauffman, los franceses que llegaron a La Libertad eran desertores de las falanges de William Walker, a los que el general Tomás Martínez les concedió un derecho minero “como premio por no haber luchado contra los nacionales”. De éstos quedan los apellidos Duriez, Lotz, Meynard, Bellager y Delagneau, entre otros.

Luego llegaron los ingleses, que dejaron apellidos como Bianchi, Blager, Bluches, Chamber, Charbonier, Flitcher, Robinson, entre otros.

La época alemana dejó apellidos como Kauffman, Halleslevens y Shaffer. Y siguieron llegando inmigrantes buscafortunas: colombianos, más españoles, norteamericanos, canadienses, y últimamente, ya con la revolución sandinista, suecos.

“Lo curioso de La Libertad es que hay todo tipo de apellidos, de todo tipo de características, menos chinas, aunque ahora ha aparecido un coreano en la Mina Greenstow”, dice riéndose Kauffman, pronosticando con ello que en algún momento veremos corriendo por las calles de La Libertad algún niño, ojilargo y con algún apellido que suene más raro todavía.

AMIGOS DEL CARDENAL

Pocos amigos de infancia del Cardenal Obando quedan en esta Libertad con tal amalgama de sangre. Ya sea porque han muerto o porque emigraron.

Es probable que si al Cardenal le hablan de don Hipólito Rosenberg Rodríguez, no sepa de quién se trata, pero si le hablan de Licho Rodríguez, probablemente recuerde aquel muchacho, siete años menor que él, con el que trabajan juntos jalando en una carreta de bueyes broza y madera para la mina San Juan.

“Fuimos amigos. Aquí se jugaba con bolas de trapo, cuartel inglés, íbamos a las pozas del río, aunque él siempre fue bien iglesiero, no era vago”, recuerda don Licho, quien a sus 68 años sigue viviendo a una cuadra de donde lo hizo el Cardenal Obando en sus años de adolescente.

“Tenía unas tías que eran bien religiosas, y él se dedicaba a andar con las tías. Enseñaba Catecismo”, recuerda.

Las tías a las que se refiere don Licho eran Cástula y Juanita, viejecitas tenidas por santas en La Libertad.

“Eran unas viejitas iglesieras, bien formales, usaban su nagüita, su blusita y echaban agua de socorro a los niños que podían morir sin haber recibido el bautismo”, relata doña Auxiliadora Tablada, 73 años, quien también conoció al Cardenal en su época de niño.

Cuenta doña Yoya Tablada, como la conocen en el pueblo, que en cierta ocasión el padre del pueblo iba a bautizar unos niños y la madre de uno de ellos le aclaró que ya había recibido “agua de socorro”.

-¡Que andan creyendo ustedes en aguas de socorro! El bautismo es el que vale, se enojó el sacerdote.

-Pero se la echó la Castulita.

-Aaahhh, si se la echó la Castulita está más bautizado que si lo hubiera hecho un sacerdote, habría dicho el sacerdote.

Doña Yoya aprovecha cada oportunidad que va a Managua para ir a misa de Catedral y saludar a su célebre compañero de infancia. Licho, en cambio, dice que nunca más volvió a hablar con él, y que, el 18 de septiembre de 1998, la última vez que el Cardenal visitó su pueblo natal, no se le quiso acercar. “No sé si se acordará de mi”, dice.

¿PARROCO NO OBANDISTA?

Algunos liberteños católicos, que pidieron no publicar su nombre, dicen no estar conformes con el cura párroco de La Libertad porque “no simpatiza mucho con el Cardenal”. Se trata del Padre José Bregeon, de origen francés, que llegó a La Libertad hace seis años. “Cuando vino el Cardenal a inaugurar su busto ni siquiera llegó al acto”, dijo una ciudadana. LA PRENSA no logró conversar con el Padre Bregeon porque se encontraba en las comunidades, pero Darwin Kauffman, dice que posiblemente la ausencia del sacerdote se debió a que los organizadores “partidarizaron el acto”.

ACCIDENTE HISTORICO

Para Darwin Kauffman, resulta “un accidente histórico” que en un pueblo tan pequeño como La Libertad hayan nacido dos personas de tanta significación en la historia de Nicaragua en este siglo: el Cardenal Obando y Daniel Ortega.

– Del paso de Daniel Ortega por La Libertad se recuerda poco. La profesora Nora Caldera dice que emigraron temprano y luego venían a vacacionar con su hermano Humberto, que nació en Juigalpa. “Venían donde la Merceditas Gallardo y les gustaba irse a bañar a la Poza del Palo. No recuerdo que hayan tenido amigos”, dice.

– Para la profesora Caldera, la diferencia entre el Cardenal y Daniel Ortega es que al primero lo admiran todos los liberteños y al segundo sólo sus partidarios. Kauffman difiere de esta apreciación y cree que hay un orgullo generalizado por los dos personajes, aunque asegura que la gente esperaba que hiciera mucho más por su pueblo.

– Sobre el hecho de que La Libertad haya dado dos personajes a Nicaragua, la profesora Nora Caldera, que se declara liberal, dice: “De todo da la viña del Señor. Hay frutos buenos y frutos malos, y Daniel aunque quiera ser bueno… el pobre”.  

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