Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en vida y luego, asesinado, cuando era cargado por el pueblo en las calles de Managua. Fue un periodista valiente que investigó y denunció la corrupción de la dictadura, hasta que lo mandaron a matar. Su pensamiento político, profundamente democrático, sigue vivo. Su legado periodístico será una lección permanente para las nuevas generaciones de profesionales de la información.

Pedro: un ideal que vive

Planeaban secuestrarlo y después tirarlo al mar Varios titulares de LA PRENSA estremecieron a Nicaragua, cuando se informó del asesinato de Pedro Joaquín: “¡Mandaron a asesinarlo!”; “El pueblo sabe quien es el asesino mayor”; “¡Flores, llanto, furia! ¡Mienten y encubren!” Y los editoriales de Pablo Antonio Cuadra decían: “Su sangre salpica a toda Nicaragua” y […]

  • Planeaban
    secuestrarlo y
    después tirarlo al mar
  • Varios titulares de LA PRENSA estremecieron a Nicaragua, cuando se informó del asesinato de Pedro Joaquín: “¡Mandaron a asesinarlo!”; “El pueblo sabe quien es el asesino mayor”; “¡Flores, llanto, furia! ¡Mienten y encubren!” Y los editoriales de Pablo Antonio Cuadra decían: “Su sangre salpica a toda Nicaragua” y “Todos seremos él”.

Eduardo Marenco y Jorge Loá[email protected]

Veinte y cinco años y once meses después de la advertencia mortal a PJChC, Sergio García Quintero recuerda en su casa del barrio San Judas aquella premonitoria mañana en la que su jefe y amigo personal, el general Heberto Sánchez, lo llamó para una reunión de urgencia en el Campo de Marte.

En la reunión, entre otros generales de los que García Quintero no recuerda su nombre, se encontraba el general Samuel Genie, temible jefe de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), quien vigilaba todos los pasos de PJChC, sus visitas, viajes, encuentros y reuniones políticas con la oposición.

En aquella siniestra reunión del Campo de Marte, se discutieron dos temas: cómo enjuiciar y/o eliminar a PJChC dentro del Consejo de Guerra que se le seguía a guerrilleros sandinistas y la urgencia de terminar la “amenaza sandinista”, deteniendo a todos los que fuera posible e incluso a otros líderes de la oposición.

“Yo bajé alarmado del Campo de Marte. Hubo alguien que dijo que la salida era capturar a Pedro Joaquín, secuestrarlo con un grupo de civiles, meterlo a un taxi, luego llevarlo a la Fuerza Aérea, asesinarlo, subirlo a un avión y tirarlo al mar. Hubo un consenso general”, rememora García Quintero.

El abogado constitucionalista reseña que “esa idea ya se había manejado algunas veces, por lo que no causó mayor impacto en los demás, pero para mí sí, la cuestión tomó tal cariz que se tuvo la impresión de que eso quedó aceptado”.

Uno de los abogados, asesor de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), sostenía que había que capturar a PJChC y meterlo en el Consejo de Guerra, en el que también estaba Tomás Borge. “Durante la reunión, pedí venia al general Sánchez para poder hablar y yo dije que eso era un solemne desatino, porque era impertinente desde el punto de vista legal y un error de tipo político, porque Pedro no era un ciudadano común. Se pretendía acomodar con pruebas falsas un juicio contra PJChC, una figura clave de la política nicaragüense”.

A pesar de que Pedro Joaquín tomó en serio por primera vez una amenaza de muerte en su contra, no usaba guardaespaldas ni revólver y en una ocasión que lo intentó llevar consigo lo dejó olvidado en una reunión política, según consta en su Diario Político.

Sin embargo, “él tomó en serio mi advertencia, lo vi impactado, le dije que se lo quería decir a Doña Margarita Cardenal pero él me pidió que no lo hiciera”, señala García Quintero.

TRES AÑOS DESPUES MANDARON A ASESINARLO

Días antes de morir, LA PRENSA había publicado la serie periodística “Crónicas del Vampiro”, como tituló la denuncia del tráfico de sangre de los pobres que hacía Plasmaféresis, empresa del cubanoamericano Pedro Ramos.

LA PRENSA, como principal baluarte de lucha contra la corrupción, había publicado las historias inverosímiles entre las que se destacaba el masivo tráfico de tierras de parte de Somoza y sus allegados, donde se construirían carreteras nuevas.

“Pedro sacó todo eso en LA PRENSA y yo me dije: ‘Pedro se está jugando la vida, porque lo sacó con una valentía que provocaba escándalo’. Pedro se jugó la vida con sus publicaciones, eso es una de las cosas que sumó más en las mentalidades siniestras de quienes querían eliminarlo, la publicación de las inverosímiles”, dice García Quintero.

Doña Violeta Chamorro, viuda de PJChC, recuerda en sus memorias que días antes de morir, en enero de 1978, “los amigos de Pedro le advirtieron una vez más que por todo Managua circulaban rumores de planes para asesinarlo. Le advirtieron que los artículos sobre Plasmaféresis representaban un desafío mayor y más directo al dictador que cualquier cosa que se hubiera atrevido a hacer antes, pues todo el mundo sabía que Anastasio Somoza era socio secreto de la empresa”.

El día que lo iban a matar, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal se levantó temprano y se vistió rápido para dirigirse a LA PRENSA, no sin antes recibir un beso final de su nieta Valentina y subió solo al Saab de dos puertas recién comprado, en un corto viaje sin retorno.

A PJChC lo seguían desde hacía una semana pero él no detectó los dos vehículos que lo chequeaban un poco después de las ocho de la mañana. Uno de los vehículos, un Toyota verde chocó por detrás el Saab de Pedro Joaquín y luego otro vehículo lo interceptó, empujándolo hacia la acera y haciéndolo chocar contra un poste de tendido eléctrico en una esquina de la Calle Trébol, justo frente a donde hoy es la Asamblea Nacional.

Los asesinos salieron del vehículo y descargaron a quemarropa los perdigones de la escopeta calibre 30 de fabricación francesa, sobre la humanidad de Pedro Joaquín, quien murió sobre el manubrio cerca de las ocho y media de aquel 10 de enero de 1978.

LOS ASESINOS

Según los relatos periodísticos de LA PRENSA de entonces, Silvio Vega fue el conspirador que condujo uno de los vehículos y contrató a los asesinos. Al confesar, dijo que Silvio Peña le había pagado 3,000 dólares para matar a un enemigo del “jefe” al tiempo que le prometieron abogados que serían pagados por Cornelio Hueck y Fausto Zelaya. Peña amenazó con matar a la familia de Vega cuando éste intentó echarse para atrás.

Domingo Acevedo y Harold Cedeño “El Cínico”, fueron quienes dispararon los escopetazos a quemarropa contra Pedro Joaquín, impactándole el pecho, el abdomen, el rostro y el hombro derecho.

Cuando Silvio Peña fue capturado en Chinandega delató a Cornelio Hueck, quien había enjuiciado a Pedro Joaquín por injurias; a Pedro Ramos, el cubano de Plasmaféresis; a Fausto Zelaya, que era presidente del Banco de la Vivienda y a El Chigüín, según las memorias de Doña Violeta Barrios de Chamorro.

Silvio Peña dijo que había recibido 5,000 dólares por matar a Pedro Joaquín. En la cárcel, Peña se convirtió en el “rey” del penal de Tipitapa, donde administraba una surtida pulpería, arreglaba encuentros maritales para los reos y permisos para salir del penal entre otros favores, como todo un Don de la cárcel, según una fuente policial.

Las autoridades del sistema penitenciario negaron acceso a LA PRENSA para conocer los expedientes de conducta de los asesinos de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, una solicitud hecha desde el pasado 12 de diciembre.

Hoy, los asesinos de Pedro Joaquín se encuentran libres, beneficiados por un indulto que les concedió el gobierno de Doña Violeta Barrios de Chamorro.

LA VERSION DE SOMOZA

En “Nicaragua Traicionada”, el libro que Anastasio Somoza Debayle escribió con ayuda de Jack Cox, un especialista en asuntos latinoamericanos, luego de salir de Nicaragua, el dictador confiesa que la noticia de la muerte de PJChC era “espantosa” y culpa a Pedro Ramos, su socio, del asesinato del mártir.

“Yo había terminado mis ejercicios regulares, me había dado una ducha y me preparaba a comenzar mi tarea cotidiana. Una llamada por teléfono me informó que Pedro Joaquín Chamorro había sido balaceado y que estaba muerto. La noticia era espantosa”, relata Somoza.

Incluso, Somoza esperó lo peor después de la muerte de PJChC. “Recuerdo haber dicho en alta voz: ‘Dios mío vamos a tener otro Bogotazo en Managua’ ”, dice textualmente el escrito del dictador.

El bogotazo es el nombre con que se conocen los acontecimientos violentos ocurridos en Bogotá, Colombia, en 1948 después de la muerte del dirigente liberal colombiano Jorge E. Gaytán.

En su libro, Somoza acusa directamente a Pedro Ramos, el dueño de la exportadora de sangre de nicaragüenses, que según PJChC al 30 de junio de 1974 había tenido ganancias hasta por casi nueve millones de córdobas, algo “verdaderamente criminal”.

El dictador dice en su texto que la historia de Silvio Peña era que él había matado a Chamorro siguiendo instrucciones y habiendo sido pagado para ello por “un tal Dr. Pedro Ramos que administraba la planta del Centro de Plasmaféresis de Centroamérica en Managua”.

“En otras palabras, Peña admitió ser un asesino a sueldo contratado por Ramos”, precisa Somoza.

Hace hincapié en que, según él, era público y notorio que Ramos tenía un pleito pendiente contra PJChC por difamación. “En realidad lo que provocó la muerte de Chamorro fue su ataque extremado al Dr. Ramos”, dice Somoza.

El 14 de enero de 1978, Ramos habría declarado a Radio Corporación desde la ciudad de Miami: “Eso parece un cuento de las mil y una noche, una novelita. Es algo estúpido e imbécil la acusación que se me hace en el sentido de que yo pagué para que mataran al doctor Pedro Joaquín Chamorro”, al negar su participación en el asesinato del Mártir de las Libertades Públicas.

Todavía no hay certeza absoluta con relación a quiénes fueron los autores intelectuales del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. “Hay un velo de misterio, todavía están bajo la sombra quienes movieron los hilos, pienso que los autores materiales o nunca supieron realmente para quiénes trabajaron o la información estuvo tan bien compartimentada que los responsables ante los tribunales nunca quisieron decir quién los contrató”, dice García Quintero.

Las pistas conducen a Pedro Ramos, socio de Somoza en Plasmaféresis, según demostró LA PRENSA. PJChC escribió en las páginas finales de su Diario Político: “De Somoza se dirá no sólo que derramó la sangre de su pueblo, sino que la vendió en el extranjero”.

UNA PROPUESTA INDECOROSA

A inicios de 1950, Sergio García Quintero fue durante cuatro meses corrector de pruebas de LA PRENSA, cuando Saturnina Guillén se fracturó una pierna. Laboró incluso con el director del diario en aquel entonces, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya.

Su padre, Octavio García, fue redactor de LA PRENSA en la época de Alejandro Cuadra, Manolo Cuadra, entre otros. García Quintero fue abogado de Edgar Santos Fernández y Guillermo Gómez Brenes, procesados por la invasión de Olama y Mollejones, en la que participó Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Sirvió de correo entre PJChC y Doña Margarita Cardenal, así como para Doña Violeta Barrios de Chamorro, cuando el mártir se encontraba encarcelado en la Loma de Tiscapa.

El general Anastasio Somoza García le ofreció a García Quintero ser defensor de oficio de los 117 reos a cambio de un pago de mil córdobas por cada uno de ellos. “Era como hablar de tres millones de córdobas de hoy, la propuesta me aturdió, yo le pregunté a mis padres qué debía hacer y mi padre me dijo que debía ser una decisión mía y decidí no aceptar”.

En el Diario de un Preso, escrito por PJChC, en la página 193, el Mártir de las Libertades Públicas señala: “Hoy escuché la historia de un joven abogado a quien invitaron ser defensor de oficio… El acusador le ofreció buen dinero si aceptaba pero el muchacho recordó a Judas. ‘La suma es gruesa’, me dijo. ‘Yo soy pobre y hubiera llenado muchas de mis actuales aspiraciones con ella. Pero, ¿cómo iba a poder dormir tranquilo después de vender a alguien?’ (…) Pero el muchacho no aceptó la oferta”.  

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