- Obreros de la Cementera se exponen a temperaturas que matarían a un caballo
Eduardo Marenco y Gabriela [email protected]
Cada mañana, Antonio Morgan (33) se levanta para limpiar a las cinco de la madrugada los hornos de hierro acerado de la Cementera, que han pasado rugiendo a una temperatura de 1,700 grados durante las pasadas veinticuatro horas.
No suele llevar equipo especial de protección para limpiar bajo los hornos, más que sus botas, una chaqueta de azulón y un trapo sobre la cabeza. Los hornos son una suerte de largos brazos metálicos de noventa metros que giran horneando el cemento. Debajo de ellos es donde a Morgan le toca instalarse durante casi una hora, mientras limpia los sedimentos que dejan los hornos.
“Usted mete un caballo ahí y se le desmaya, usted mete un huevo y lo fríe, o una gallina y sale asada”, comenta Morgan, un hombrón de seis pies, mientras el sudor le baña el rostro.
Si uno se sitúa a varios metros de donde le toca barrer a Morgan, siente que la piel le estallará en mil pedazos o que tomará fuego de un momento a otro, como antorcha humana.
Pero Morgan ya está acostumbrado a cortar el hielo de la madrugada metiéndose a barrer con un azadón bajo los hornos, “el piedrín” incandescente que queda como residuo después que los mismos han procesado toneladas de cemento.
Se trata de viejos hornos, uno de ellos incluso fue fundado por el General Anastasio Somoza García, Presidente de Nicaragua en 1942, y sigue en funcionamiento. Rugen durante las 24 horas consecutivas y si se asoma a la ventanilla donde se hornea el cemento es como estar viendo lava volcánica.
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