Mario Alfaro Alvarado
¡Qué alegría!, ¡cuántas ilusiones!, ¡arrancó el festival electorero! En los tenderetes políticos compiten la oferta y la demanda. La ley de la conveniencia se expresa en un amplio sistema de trueques. Todo vale, todo tiene un precio, todo es cuestión de oportunidad. Se ofertan y demandan curules, prebendas, ministerios, inmunidades, embajadas, concesiones para quebrar bancos, préstamos impagables, pactos… Todo tiene un precio en votos. Todo se puede obtener si se tienen votos para efectuar un trueque. Las personerías jurídicas de los partidos, después que el Gobierno las confiscó, han adquirido un alto precio en el mercado político. Y no podría ser de otra manera, son las patentes que autorizan a participar en los trueques del festival electorero.
Arnoldo Alemán y sus liberales más fieles construyeron un fantasma aterrador -el pacto- y ahora ellos son sus primeras víctimas. Con desesperación buscan al Partido Conservador para que los ayude a conjurar el peligro de ser devorados por el engendro que crearon con su delirio de poder y de riquezas fáciles. Antes de entrar en un arreglo con el PLC, los conservadores ilusionados con las ofertas arnoldistas deben preguntarse si conservarán en las elecciones venideras todos los votos que obtuvieron en las elecciones municipales. En las circunstancias actuales ningún partido es dueño absoluto de los votos.
El pueblo decidirá si quiere más corrupción liberal, si quiere volver a las confiscaciones y al racionamiento; o quiere un gobierno que ofrezca trabajo, participación en las decisiones gubernamentales y honestidad administrativa.
Ni siquiera el PLC está seguro de los votos que obtuvo en noviembre; porque el voto cautivo de los empleados públicos, obligados a ser liberales por la fuerza, por ser secreto no puede ser controlado por los comisarios del partido.
Por su parte, los conservadores están obligados a saber que si pactan con los liberales, el destino los llevará a una alternativa nada prometedora: si gana la alianza rojiverde volverán al zancudismo; si pierde, cargarán con el estigma de colaboracionistas y pactistas.
Saben los arnoldistas que sus socios sandinistas, les tenderán puente de plata para que huyan; pero no los dejarán llevarse el botín que acumularon en estos cuatro años de chinampas, checazos, indemnizaciones millonarias, terrazas playeras, carreteras privadas y mil cosas más.
Si en realidad los rojos sin mancha quieren con sinceridad compensar al pueblo por el gran daño que le han causado, quieren hacer un sacrificio por el país que han explotado sin piedad ni conciencia, que lo demuestren ya: que depuren las filas del partido de los herederos de Zelaya y de Somoza y con los que se han mantenido limpios entre tanta podredumbre moral, que deben haber no pocos, que se integren como una organización más a la Gran Alianza Nacional, que acepten un candidato que no sea liberal ni conservador sino un ciudadano de los que todavía quedan muchos en este país, a Dios gracia, de reconocidas virtudes cívicas, probo y capaz de gobernar por encima de banderías políticas, que se comprometa bajo juramento ante el pueblo que cumplirá fielmente un Programa Nacional, redactado por la Gran Alianza Nacional y aceptado por todos los nicaragüenses.
Por fortuna esta vez en el escenario hay un nuevo personaje que, aunque tímido, poco a poco compromete su prestigio en busca de una solución civilizada, democrática, justa y participativa; ese personaje es el empresariado, víctima como el resto de la población de los abusos del poder, temerosos de mostrarse independiente en sus opiniones políticas, que debe simular resignación ante el Gobierno para no ser estorbado en sus negocios y que vive permanentemente amenazado por el terrorismo fiscal.
Los empresarios, desde los más grandes hasta los más pequeños, tienen mucho que aportar a una fórmula que rescate a Nicaragua de los extremismos políticos. Ese importante sector mayoritario y nivelador en una sociedad angustiada, tiene mucho que aportar a una solución que llegue a través de los votos y permita a la población comenzar a vivir en paz y libre de temores.
El autor es miembro del Grupo de Reflexión.