- n Un finquero de una comarca rural de Managua fue atrozmente asesinado por su propio hijo, en quien se incubaron los celos por una mujer
Anuar Hassan yEmiliano [email protected]
Los celos, esa vieja e incurable enfermedad que afecta desde su origen al género humano, desempeñaron el rol protagónico en la trágica historia que pasaremos a reseñar. Tal vez, no estamos seguros, habría que adicionarle otro viejo e igualmente pernicioso mal, como es la ambición. Juzgue usted.
Un día a finales de abril de 1951 en el Juzgado Primero Local del Crimen de Mateare, tranquilo poblado a orillas del lago de Managua, se recibió una inusual denuncia.
Su autora, una mujer que dijo llamarse María Elena González Robinson, de 30 años de edad, declaró solemnemente que su compañero de vida, Arnoldo Sánchez Moreira, había dado muerte a machetazos a su propio padre, Ignacio Sánchez.
Invitada por el juez a explicar con detalles su denuncia, la mujer lo hizo con una prolijidad simplemente macabra.
Dijo que una noche de diciembre del año anterior, exactamente el 10 de ese mes, mientras Sánchez dormía en la casa de su pequeña finca en San Andrés de la Palanca, su hijo Arnoldo, armado de un afilado machete, procedió a destazarlo (no usó esta palabra pero es lo que el hombre en realidad hizo) dando inicio a su sangrienta tarea con un machetazo que dejó expuesta al aire la masa encefálica de su padre.
Después de dejar convertido el cuerpo en un amasijo sangriento, siguió explicando la mujer, ató los restos a la cola de un caballo y los arrastró durante varios kilómetros sobre las asperezas de un camino casi intransitable.
Finalmente cavó una tumba en terrenos de una finca cercana y sepultó el cuerpo. Entre San Andrés de la Palanca, entonces una aislada comarca rural al sur este de Managua y el poblado lacustre de Mateare distan unos diez kilómetros en dirección norte.
¿Qué por qué se presentaba a hacer esa denuncia tanto tiempo después? Sencillamente porque cuando ella le dijo que lo acusaría, Sánchez la mantuvo en virtual secuestro hasta el 26 de abril cuando pudo escaparse y llegar al Juzgado con la denuncia, como lo estaba haciendo.
Ah!, faltaba otra cosita que se le había olvidado mencionar. Cuando Sánchez le contó lo que había hecho con su padre dijo haber actuado a petición de su madre, Amalia Moreira, esposa del finquero. La explicación de tan insólita petición habría sido su interés en que la finca y el ganado que en ella había pasasen inmediatamente a poder de ambos.
A los vecinos y amigos que se extrañaban ante la repentina ausencia de Sánchez, su hijo les decía que se había ido a Guatemala con una amante que vivía en ese país.
La esposa del finquero asesinado compartía con otros hijos una casa en el barrio Monseñor Lezcano y sólo ocasionalmente visitaban la finca de San Andrés. Apoyado en la declaración de la mujer, el juez solicitó la detención de la viuda del finquero y sus hijos que fueron conducidos a las cárceles de la Central de Policía de Managua mejor conocida como El Hormiguero.
Cuando el parricida fue arrestado a raíz de la denuncia de su compañera, admitió la comisión del crimen pero contradijo la versión suministrada por la mujer al juez de Mateare.
Sánchez dijo que María Elena, su compañera, le había ayudado a enterrar el cadáver de su padre.
“Es más”, dijo el parricida al declarar ante el juez del crimen de Managua, Tablada Solís, bajo cuya jurisdicción se radicó el proceso, “ella me instigó a matar a mi padre para apoderarnos de la finca. Me apremiaba a que lo hiciera aprovechando que estaba dormido. Me retó a demostrarle mi hombría si hacía lo que ella me pedía”.
Sánchez explicó que aquella noche (en contradicción con la declaración original de su mujer, dijo que fue en el mes de enero de 1951) llegó ebrio a la finca después de haber estado tomando licor en el poblado de San Andrés.
Al entrar en la casa a eso de la medianoche le salió al encuentro su mujer, que comenzó a exigirle que matara a su padre. Sánchez dijo que se negaba a hacerlo pero finalmente fue convencido por la mujer. Relató que su padre dormía boca abajo. Después de unos instantes de indecisión descargó el primer machetazo.
“Yo creo que murió instantáneamente, pues ni siquiera gimió”, dijo ante el auditorio estupefacto que llenaba la oficina del juez.
Si los investigadores y el juez que debía dictar sentencia advirtieron la curiosa coincidencia de que tanto la mujer como la madre del acusado quisieran la muerte del finquero por las mismas razones, Sánchez se encargó de aumentar la confusión de aquéllos al ser confrontado con su madre.
Al verla, el parricida se dirigió a ella diciéndole: ¿Ya no te acordás, mamá, cuando me pedías que matara a mi papa para que la finca fuera sólo de nosotros?
La madre, al escuchar tan tremenda imputación, cayó de rodillas ante el juez y mientras juraba no haber tenido que ver con la muerte de su esposo mascullaba una maldición contra su hijo.
Evidentemente algo no encajaba. ¿Empujado por quién actuó el asesino? ¿por su mujer? Entonces: ¿por qué ésta lo denunció si con ello se acusaba a sí misma? ¿O es que el parricida estaba mintiendo al acusar a ambas mujeres?
La que casi seguramente fue la verdadera razón que impulsó al asesino fue revelada por éste mismo de una manera imprecisa.
Admitió que en ocasiones sentía celos de su padre, quien según rumores echados a rodar entre los vecinos de San Andrés, sostenía relaciones amorosas con su nuera. Estos rumores crearon en él cierta predisposición contra su padre. Sin embargo nunca aceptó que fueron los celos el móvil del mortal atentado contra aquél.
“Yo lo quería mucho y le agradecía lo que hizo por mí”, declaró en cierta ocasión. Pero también se mostraba implacable. “Con arrepentirme no voy a resucitarlo de su tumba”, dijo en otro momento.
El día del jurado se produjo una escena de hondo patetismo cuando el asesino al ver a su madre, cayó a sus pies mientras con el rostro anegado en llanto imploraba: “Perdón, mamá, por haber asesinado a mi padre”. La madre acarició la cabeza del hijo y rogó a Dios por él.
Arnoldo Sánchez Moreira fue sentenciado a cumplir una pena de 17 años de cárcel por el delito de parricidio.
UN IDILICO ESCENARIO
El viajero que cruza raudo las urbanizadas tierras al suroeste de Managua, surcadas por modernas pistas y carreteras ni siquiera se imagina que tal vez en aquella casita que asoma su techumbre de tejas sobre el dorado morrión de los maizales se cometió, hace medio siglo, un abominable crimen. Pero en aquel idílico escenario, los vecinos más viejos se estremecen al recordarlo.