La magia del cine llegó al Coco

Algunos pobladores tienen antena y pueden ver TV por cable, pero una película en pantalla grande era una emoción desconocida Carlos A. LingEspecial para LA [email protected] Son las cuatro treinta de la tarde en San Carlos, puerto fluvial de Bosawás, en la cuenca media del río Coco, la tarde ha sido calma: un poco de […]

  • Algunos pobladores tienen antena y pueden ver TV por cable, pero una película en pantalla grande era una emoción desconocida

Carlos A. LingEspecial para LA [email protected]

Son las cuatro treinta de la tarde en San Carlos, puerto fluvial de Bosawás, en la cuenca media del río Coco, la tarde ha sido calma: un poco de sol y unas cuantas nubes.

Un grupo de jóvenes caminan conversando y bromeando entre ellos, desde el río se pueden observar grupos pequeños de muchachas y muchachos que convergen hacia el mismo sitio, una plazoleta enzacatada y abierta, al lado del Hospedaje Bell, en medio del pueblo.

El río Coco, ancho, lento y caudaloso, separa tierras hondureñas y nicaragüenses en ese punto, una curva amplia permite, por la mañana y por la tarde, ver el río como un creciente dorado, con amplios potreros, sin árboles, del lado Hondureño y el inicio de una selva exhuberante del lado Nicaragüense.

La población, en su mayoría miskita, realiza las diarias tareas y vive al ritmo del río.

El pueblo es pequeño, tiene unas 280 familias y no llega a las 1500 personas, la mayoría de las casas son familiares, de madera y levantadas sobre pilotes, la edificación más notable es la Iglesia y es el único pueblo hasta Waspam con una discoteca.

No hay muchas sorpresas en San Carlos, la gente se conoce hasta los pecados y el ritmo lento de las aguas del río parece permear todo.

Hoy han coincidido dos eventos especiales, la Iglesia está celebrando una reunión que atrae personas de varias comunidades a la redonda y ha sido preparada por meses y hoy se va a presentar, por primera vez, el Cine-Lancha de Alistar.

Los jóvenes y después los más viejos, renuentemente, pero también con curiosidad, se han congregado a campo abierto frente a una pantalla blanca, que cuelga extendida entre dos palmeras de coco de agua.

Una planta eléctrica, pequeña y bastante silenciosa, alimenta un sistema de proyección moderno, pequeño y potente, completo con dos grandes parlantes negros que destacan sobre sendos trípodes a cada lado de la plazuela.

La música caribeña y las pícaras frases de un ritmo miskito, interpretado por un grupo musical de renombre, rompen la espera y los comentarios, risas e inquietud del público responden acorde.

El nutrido grupo se concentra más, los que están más alejados estiran sus cuellos y se apoyan en las personas vecinas para ver. Las imágenes empiezan a aparecer sobre la pantalla y la imaginación se desboca.

San Carlos, es una de las pocas poblaciones del Río Coco que cuenta con un suministro regular de energía por unas horas cada día, algunos de sus habitantes tienen televisores y pueden ver programas hondureños, incluso hay quien tiene una antena y puede ver Cable Televisión.

Pero la posibilidad de ver imágenes en una pantalla grande y un sonido poderoso es algo novedoso para todos.

Nadie recuerda haber visto una película antes en este pueblo y muy probablemente sea así, los ciento cuarenta y tantos kilómetros que lo separan de Waspam y los casi doscientos que hay que recorrer hasta Wiwilí, amén de los rápidos y otras dificultades del recorrido, hacen de este bello lugar, un sitio desconocido para la Nicaragua del Pacífico y los circuitos del cine popular.

Hoy los vestidos y faldas almidonadas, los pantalones de domingo que se vistieron para la actividad religiosa, forman un curioso semicírculo alrededor de las imágenes de un grupo rock de jóvenes del Pacífico que desde la pantalla y con voz melodiosa y clara, cantan contra el SIDA y cómo prevenirlo.

Los “spots” de Body Guard y los mensajes de Pro Familia, dan lugar a un cortometraje sobre el embarazo temprano y una sesión de preguntas y respuestas, que en lengua Miskita, con mucho humor y tacto conduce una joven costeña, trabajadora de salud en Alistar.

Las jóvenes y los muchachos ríen y bromean pícaramente y hacen comentarios a las intervenciones de algunos de ellos; las alusiones al uso del condón y a las medidas de higiene sexual, la respuesta de esa juventud y la espontaneidad con que se desarrolla la sesión, parece sorprender a algunas personas adultas, pero todas y todos están interesados.

Un instante después empieza el largometraje, una película divertida, ocurrente y optimista, el público resiste de pie, con interés y curiosidad hasta el final.

Hay un sabor de fiesta sana y alegre en el ambiente, hay el cansancio que sobreviene después de una actividad muy intensa y envolvente.

Después de un breve agradecimiento, el grupo se va desagregando poco a poco, algunos se quedan para ver como desmantelan el equipo y cómo lo empacan, otros pocos se quedan a comentar.

Los vestidos almidonados, los pantalones de domingo y las risas de la juventud de San Carlos se van desvaneciendo entre las sombras y la presencia del río.

Queda un recuerdo y un hito en el imaginario del río y la reserva … terminó una tarde de cine en San Carlos.  

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