Alberto L. Alemán [email protected]
La mayoría de los editores de los medios a nivel mundial coinciden en que las reñidas elecciones presidenciales en EE.UU., las más disputadas de la historia de ese país, fueron la noticia del año, por su prolongación, por la cruenta batalla jurídica y por el peso de la nación estadounidense en el mundo.
En aquella controversial noche del 7 de noviembre, las estaciones de televisión se apresuraron por dar como ganador al gobernador de Texas, George W. Bush., con sondeos a boca de urna. Pero en la madrugada del 8 debieron rectificar.
El mismo contrincante de Bush, el vicepresidente Al Gore, llamó una vez al republicano para felicitarlo por su victoria, pero luego de conocer que los resultados de Florida daban una ventaja mínima a aquél, se echó atrás en reconocer su derrota.
Dio esto inicio a una larga y dura batalla legal que culminó en la Corte Suprema de Justicia, compuesta mayoritariamente por jueces conservadores, y la cual le dio la victoria a Bush, al descartar un recuento manual de votos en Florida. Gore reconocería el triunfo de su rival el 13 de diciembre.
Los analistas debaten sobre cuántas lecciones aprender de lo sucedido. Unos señalan que la Presidencia de Bush carece de un mandato claro y de una mayoría decisiva en el Congreso, y de que el sistema electoral con su Colegio Electoral, nacido hace 200 años, debe ser sustituido o modificado. Otros apuntan que el sistema de instituciones democráticas funcionó muy bien a pesar de todo.
No importa lo que escriban los columnistas de EE.UU. y el mundo entero. Estas elecciones hicieron y entraron ya a la historia, e indudablemente han venido a enriquecer la larga experiencia democrática de ese país, hoy la única superpotencia del orden mundial.