Los “culillos” de Fidel Castro

Carlos Alberto Montaner*

A las obsesiones compulsivas los cubanos suelen darles el poco elegante nombre de «culillos». Puede ser una vulgaridad, pero tiene un glorioso precedente en el sicoanálisis: para Freud los desórdenes obsesivos compulsivos eran una regresión de la fase edípica a la fase anal. O sea, el culillo. El «culillo» es siempre una especie de manía incontrolable. Uno puede tener el culillo de las enfermedades: esos lastimeros hipocondriacos. O puede tener el culillo de los extraterrestres y desviar todas las conversaciones a las historias terroríficas de los Objetos Voladores No-identificados. Incluso, hay una variante amorosa del culillo: el enamoramiento es un culillo afectivo. Ortega lo dijo muy elocuentemente en su teoría sobre el amor: el amor es una perversión de la atención. O sea: el culillo.

A lo que voy: Fidel Castro es un hombre dominado por sus culillos interiores. De todos ellos el más urticante, el que más le pica, es el antiamericanismo. Vive convencido de que Estados Unidos es el gran enemigo de la humanidad, y especialmente de él, y dedica todas sus energías a combatir a ese monstruo terrible que pretende acabar con su augusta persona, y, de paso fagocitarse a esa isla que tanto incita la voracidad imperial de los estadounidenses. ¿Cómo sabe Castro que Estados Unidos alberga tan malvados propósitos? Porque en el siglo pasado, cuando las potencias se intercambiaban territorios como si fueran cromos -Florida, Alaska, Africa subsahariana- Jefferson, Adams y Monroe manifestaron cierto interés en anexionarse a Cuba. Ese apetito -piensa Castro, víctima de su culillo mayor- no ha desaparecido. Se ha exacerbado.

El segundo culillo de Castro es el antiespañolismo. Odia a España y odia al periódico ABC. Es un culillo intenso, lo escuece, y le provoca rascarse con la única uña con que sabe combatir su obsesión: creando crisis y enfrentamientos diplomáticos con Madrid. Los tuvo con Franco, con Felipe González y ahora los tiene con Aznar. Ha insultado a España cuarenta veces y la ha culpado de todos los crímenes posibles: genocidios, etnicidios, y expolio contumaz a los criollos. Se ha complotado con todos los elementos subversivos que han llamado a su puerta o los ha ido a buscar para ayudarlos: la ETA, el FRAP, los independentistas canarios. Cada vez que puede revive las anécdotas de las guerras de independencia cubanas y saca a relucir su machete mambí. No importa que él sea el hijo de un humilde y muy laborioso galleguito llegado a Cuba a casi en la adolescencia para combatir a los insurrectos, y luego se quedara en la Isla y lograra hacer fortuna: eso no cuenta. Castro ha asumido la visión decimonónica de los criollos cubanos, y ahí, a pie firme, ha resistido la caballería del siglo XX sin moverse un milímetro.

¿Dónde se asienta el culillo antiespañol de Castro? Exactamente igual que el antiamericano: en la historia. Son culillos anclados en el pasado. Son veteroculillos. Este pobre hombre cree que los Estados Unidos del siglo XXI es el mismo país de 1803, cuando Jefferson enviaba a su secretario a explorar el oeste porque no tenía la menor idea sobre cómo se llegaba al Pacífico, y mucho menos del contorno de la Louisiana recientemente obsequiada por Napoleón. Castro, que en eso es muy poco marxista, no ve la historia como un proceso dialéctico en constante cambio sino como una imagen fija. No ve una película: ve una foto, un daguerrotipo. Y cuando esa imagen es la española, cree que en Madrid todavía manda un Cánovas empecinado en invertir en la guerra «hasta el último hombre y hasta la última peseta», y se ve a sí mismo ordenando una carga a machete contra Weyler. Es incapaz de darse cuenta de que para un español de nuestro tiempo, en los umbrales del tercer milenio, la guerra de Cuba -maravillosamente explicada por Antonio Elorza y Elena Hernández en un libro que lleva ese título- es un episodio tan remoto como la Reconquista o la Armada Invencible, pero mucho peor conocido.

Naturalmente, estos no son los únicos culillos que afligen al Comandante. También está el de las profecías apocalíticas. Está empeñado en el inminente estallido del mundo capitalista y la subsiguiente restauración del comunismo en un planeta que, finalmente, descubrirá la sabiduría inmensa del barbudo que todo lo vio y advirtió desde su observatorio de La Habana. Y están, claro, los culillos coyunturales: el embargo americano, Elián, o el último incidente que por un tiempo se apodere de su atención y desate su infinita capacidad para perturbar la precaria convivencia de los cubanos imponiéndoles marchas interminables, consignas, y otras ruidosas manifestaciones de la estupidez revolucionaria.

¿Hay en la cúpula castrista otros dirigentes aquejados de culillos semejantes a los que padece el Máximo Líder? Parece que no. Afortunadamente el culillo no es una enfermedad contagiosa. La gente del entorno de Castro simula padecerlos -no hay otra forma de pertenecer a la clase dirigente-, pero son síntomas fingidos. Personas como Carlos Lage, como «Robertico» Robaina -hoy desaparecido de la vida pública, mas a la espera de su segunda oportunidad-, como Isabel Allende, la embajadora en España, o como Remírez de Estenoz -hábil diplomático en Estados Unidos-, fríos, inteligentes y racionales, saben que son víctimas de un anciano senil y caprichoso que cada cierto tiempo los precipita a una crisis innecesaria. «¿Cómo va a terminar este sainete?», le pregunté hace poco a un alto funcionario cubano, y me respondió con una hipótesis que no había escuchado antes: «como se acabó el gobierno de Burguiba». Al tunecino lo depusieron en 1987 por loco. Los culillos a veces acaban en golpes de Estado. [©FIRMAS PRESS]. Madrid

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