¡Por fin se acabó!

  • Esta es tan sólo la cuarta vez en la historia de EE.UU. en que el ganador en las elecciones presidenciales recibió menos apoyo popular que el perdedor. La última vez que pasó fue en 1888 cuando otro republicano –Benjamín Harrison–, venció al demócrata Grover Cleveland

Francisco Aguirre Sacasa

El discurso del Vicepresidente Gore la noche del 13 de diciembre aceptando que George Bush sería el próximo Presidente de los Estados Unidos, puso fin –cinco semanas después de que cerraron las urnas–, a la elección del 2000.

Como le pronostiqué a Eduardo Marenco de LA PRENSA en una entrevista el fin de semana antes de los comicios del 7 de noviembre, la elección norteamericana del 2000 pasará a la historia.

Resultó ser la más reñida en 200 años. Bush le ganó a Gore con 271 votos electorales contra los 267 que obtuvo el Vicepresidente. Esto es uno más que el mínimo (270) que la Constitución estadounidense exige. Sólo la elección de 1800, en que Thomas Jefferson empató a Aarón Burr en el voto electoral y después fue designado presidente por el Congreso, fue más peleada.

Además, Bush perdió el voto popular, aunque por un margen ínfimo –menos de un décimo de uno por ciento. Esta es tan sólo la cuarta vez en la historia norteamericana en que el ganador en las elecciones presidenciales recibió menos apoyo popular que el perdedor. La última vez que pasó esto fue en 1888 cuando otro republicano –Benjamín Harrison–, venció al demócrata Grover Cleveland.

Al ser electo, George Bush es tan sólo el segundo hijo en la historia a ocupar –al igual que su padre– la Presidencia norteamericana. La última vez que se dio este fenómeno fue en 1824 cuando John Quincy Adams derrotó a Andrew Jackson. Su padre, el prócer de los Estados Unidos, John Adams, fue el segundo Presidente norteamericano y el primero en vivir en la Casa Blanca. Otro detalle interesante de la elección de 1824 es que Adams también obtuvo menos votos populares que su contrincante, al igual que Bush en el 2000.

Los comicios del 2000 fueron históricos por dos razones más. Hillary Clinton salió electa senadora por New York, la primera vez que una Primera Dama estadounidense se postuló para un puesto de elección popular. Y el nombramiento de Joe Lieberman como candidato demócrata para la Vicepresidencia, constituye la primera vez que un judío haya figurado en el binomio de uno de los partidos importantes norteamericanos.

La elección del 2000 confundió a muchos politólogos estadounidenses. Por ejemplo, mucho se comentaba en círculos políticos de Washington que Gore ganaría la elección con una minoría de los votos populares, pero con una mayoría de los votos electorales. Es más, ésta era la estrategia de los demócratas en vista de la fuerza que demostraba Bush en las encuestas. Pero sucedió exactamente lo contrario: Gore ganó el voto popular pero perdió el electoral y, por ende, la Presidencia.

También se daba por un hecho que los republicanos perderían su ligera mayoría en la Cámara de Representantes poniendo fin a sus 4 años de dominio en la cámara baja del Congreso. En el evento, los republicanos lograron mantener su mayoría en la Cámara pero con un margen tan estrecho –221 a 212–, que tendrán muy poco campo de maniobra en la cámara baja.

Quizás el resultado más sorprendente de las elecciones fue lo que ocurrió en el Senado. Antes de los comicios, los republicanos tenían 54 escaños versus 46 para los demócratas –un margen cómodo en vista de que sólo 34 senadores (la tercera parte del Senado), estarían corriendo. Según los expertos, los republicanos entraron a las elecciones “blindados” en el Senado. ¿Pero qué pasó? ¡Lo inesperado! Después de las elecciones, el Senado quedó empatado –50 a 50–, lo cual significa que en aquellos casos en que un proyecto de ley tuviera un voto empatado en la cámara alta, el voto decisivo lo daría el presidente de esa cámara: el Vicepresidente, en este caso Dick Cheney.

Los Estados Unidos sale de las insólitas elecciones del 2000 como un país políticamente dividido. Aunque los republicanos controlan teóricamente la Casa Blanca y el Congreso, poniendo fin a la cohabitación política que ha existido por décadas, no cuentan con un mandato electoral. Las llagas de la campaña electoral aún están frescas y los rencores de uno y otro lado son profundos. Gobernar a la nación no será fácil, sobre todo con una recesión económica perfilándose en el horizonte.

Si alguien puede jinetear esta situación delicada, esa persona es George Bush. Un republicano moderado, Bush gobernó hábilmente en Texas. Se proyectó como un reconciliador, un político que demostró la capacidad de trabajar con miembros de la oposición –los demócratas- en su Estado. Pero Bush está consciente de que carece de un mandato y anticipo que buscará cómo incluir en su gobierno a miembros del Partido Demócrata. En términos criollos, tendrán que “pactar” con los demócratas para gobernar.

En cuanto a Al Gore, pasa a la llanura después de 24 años en cargos electos: ocho años como diputado, 8 como senador y 8 como vicepresidente. Procurará –como tantos otros vicepresidentes que no lograron la elección– mantener como líder su partido para postularse de nuevo en el 2004. Pero su camino a la nominación de su partido no será fácil. Otros líderes –incluyendo eventualmente Hillary Clinton–, se le enfrentarán alegando que no pudo ganar las elecciones a pesar de que se les sirvieron en “bandeja de plata” gracias al boom económico que vive los Estados Unidos. Pero Gore tiene la historia a su favor. Tanto Jackson como Cleveland, los otros demócratas que mencioné anteriormente y que perdieron elecciones reñidas, se recuperaron. ¡y pasaron a ser presidentes por dos períodos!.

* El autor es canciller de la República de Nicaragua.  

Editorial
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