Emilio Alvarez
Recientemente la catedral metropolitana de Santiago de Chile fue escenario de una ceremonia nunca antes presidida por la jerarquía católica. Esa mañana del 24 de noviembre con asistencia de los 32 Obispos de la provincia chilena, del Presidente de la República, Ricardo Lagos y otros altos dignatarios de la República, nueve purpurados desfilaron ante el Sagrario a pedir perdón aprovechando el Jubileo, por “errores históricos” cometidos por la Jerarquía eclesial y sus feligreses, durante los últimos 200 años de la historia del país.
Esa “mea culpa” colectiva escogió el método de la homilía, que ese día inició el Arzobispo de Valparaíso Mons. Francisco Xavier Errazuriz. A continuación, uno a uno los nueve prelados expresaron de viva voz el arrepentimiento de su institución por “nueve pecados” a saber 1.- no haber dado ejemplos de pobreza, obediencia y caridad 2.- falta de unidad, 3.- intolerancia doctrinaria, 4.- maltrato de los pueblos indígenas, 5.- silencio frente a la injusticia social, 6.- haber callado ante la violencia revolucionaria (período allendista), 7.- silencio frente a la violación de derechos humanos (período dictadura militar), 8.- autoritarismo jerárquico etc. esa ceremonia fue presidida por un delegado de la Santa Sede.
Esa “catarsis” colectiva para liberar sentimientos de culpa, la empezó el año pasado en un gesto de extraordinaria humildad, SS Juan Pablo II, frente a la muralla de las lamentaciones, (ruinas del Templo de Salomón en la vieja Jerusalén) por el señalamiento que la Iglesia había hecho de los judíos como victimarios, aunque antes el Vaticano eliminó de sus textos litúrgicos toda alusión peyorativa a la etnia judía.
En esa misma línea de “pública contrición” y en la misma semana como si fuera parte de una estrategia para estimular la reconciliación, el ex Presidente Augusto Pinochet en una memorable escena, aceptó su responsabilidad y pesar por crímenes protagonizados por algunos de sus oficiales durante el régimen de 17 años que había presidido.
En todo caso frente a ese “mea culpa” tanto de la Iglesia como de Pinochet, el Presidente Lagos los reconoció como positivos, en una sociedad profundamente dividida por la impunidad habida ante la muerte y desaparición de miles de chilenos durante la dictadura militar. No obstante, tres días más tarde sorpresivamente, el juez Juan Guzmán, libró orden de arresto domiciliario al anciano militar, aunque poco después fue amparado por otro juez, mientras se pronunciaba la Corte de Apelaciones de Santiago.
No tardó en agraviarse el Ejército, alegando que la detención de Pinochet alteraría el orden público, por lo cual solicitaba al jefe de Estado convocarse al Consejo de Seguridad, la única instancia donde los militares chilenos pueden expresarse sobre asuntos políticos. A ese respecto el presidente rehusó actuar bajo presión, postergando la citación del COSENA hasta conocerse el fallo del Tribunal. En todo caso la posición de la Iglesia fue loable, aunque claramente insuficiente, pues los familiares agraviados esperan algo más que gestos.
* El autor es analista político.