Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”
Quizás nunca como en estos tiempos sea apremiante revivir la esperanza en las mentes y los corazones de infinidad de personas vencidas por el pesimismo nacido de la incertidumbre. Incluso gente que se confiesa cristiana sucumbe, con demasiada frecuencia, frente al desaliento y la desilusión y va perdiendo cada vez más lo que antes pensábamos que era lo último que se perdía: la esperanza.
El Adviento constituye un tiempo privilegiado para revisar nuestra esperanza, ya que, precisamente, comprende la espera de la venida del Dios que nos salva en la persona de su Hijo Jesucristo, una espera activa que supone allanar los caminos y enderezar los senderos, superar los obstáculos que sean necesarios para hacer propicio el cambio en nuestra vida y en nuestra sociedad, en este mundo que estamos llamados a tomar en nuestras manos para mejorarlo a favor de todos y no sólo de unos cuantos aprovechados y excluyentes.
El Jesús nacido en Belén “no viene con las manos vacías”, ha dicho el Vicario de Cristo, el Papa Juan Pablo II, pero es preciso aceptar sus dones: el don de la salvación, de la paz y la alegría, de un Reino de Verdad, Justicia, Gracia y Libertad, el don del Espíritu Santo, de la Iglesia Católica, de los siete sacramentos, el don de la Virgen María, su Madre y nuestra Madre…
La esperanza es algo que se hace, que se va construyendo constantemente, representa un quehacer o tarea, un verdadero desafío. La Navidad adquirirá significado y sentido en la medida en que uno se encamine hacia la fecha conmemorativa de la venida del Señor a este mundo con la mejor disposición espiritual, a fin de que se verifique en cada uno de nosotros una real y permanente conversión, un cambio de actitud que se traduzca en una nueva situación, como señal de la llegada de la salvación.
Dios nos libra de todo lo inauténtico, de todo lo falso, de todo lo que no encaja con la verdad, pero hay que esperar para hacer y hacer para esperar, cobrando ánimo, reactivando las energías latentes, poniéndonos en marcha hacia la conquista de una tierra nueva y un mundo nuevo, sabiendo que, por muchas cosas negativas que veamos, no todo está perdido. ¿Y por qué no está perdido? Porque dios está de nuestra parte y contamos con la fuerza de su Espíritu.
Si el optimismo es ver el lado bueno de las cosas, nadie más que el cristiano está por decirlo así, “obligado” a ser optimista. San Pablo nos estimula al decir que todas las cosas ocurren para bien de los que aman a Dios. Y es que el que ama a Dios se sabe y siente amado por El, no pierde la confianza a pesar de las situaciones aparentemente adversas, reconoce que todo tiene su razón de ser dentro de los planes amorosos de Dios, Padre bueno y misericordioso, providente y fiel. Además, el cristiano todo lo enfoca desde la perspectiva de la vida eterna, sabe que el escenario de este mundo pasa, que existe una felicidad definitiva sin interferencias de dolor y lágrimas, pero eso no le exime del apremiante deber de ocuparse responsablemente en gestionar los asuntos temporales, siendo veraz, justo, acogiendo la Gracia Divina para gozar de la libertad de los hijos de Dios.
La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y sociedad de los redimidos y convocados por la Santísima Trinidad, es una Comunidad de Esperanza que suspira por la posesión definitiva de Dios en el Cielo eterno, pero a la vez se esfuerza por hacer presente, con ayuda de lo Alto, el proyecto de amor que Dios ha indicado para todos los hombres comenzando desde aquí y ahora, en esta vida terrena para alcanzar su plenitud en el estado de felicidad infinita.
De nosotros depende que Adviento signifique, realmente, una bella experiencia, un encuentro con la esperanza.