- El mismo pueblo debe convencerse de que hizo una buena escogencia o que cometió un evidente error que debe corregir
Juan Cano Sarriá[email protected]
Es francamente triste decirlo, pero es así: los principales dirigentes sandinistas han cambiado muy poco. Si acaso, en vez de revolucionarios, ahora son revoltosos. Recuérdese, por ejemplo, el pulso que hace unos días echó con arrogancia Daniel Ortega al CSE, olvidando los cauces legales propios de cualquier Estado de Derecho. Pero el colmo de su actuación es que terminó amenazando con sacar de su puesto, con la ayuda de sus seguidores, al Presidente de la República libremente elegido, precisamente a través de una vía de hecho que no deja de ser un “atajo” proscrito, por cuanto no encuentra justificación ni acomodo en el ordenamiento jurídico.
Sin duda es explicable que la “nomenclatura sandinista”, después de haber pasado más de diez años en el poder y practicar la tiranía a todos los niveles —a través de una amalgama de instituciones mal copiadas de algunos países del Este socialista y de Cuba—, siga ahora sin tener un modelo de Estado. Su brújula ideológico-política carece de orientación. Por ello es posible que todavía resulten peligrosos por sus tentaciones, ya que, si antes tenían como referencia algunos modelos de Estado y de sociedad, actualmente no mencionan ninguno, lo que puede llevarles, o bien a tratar de reproducir o perfeccionar sus estilos políticos de los años ochenta (para hacer realidad su antiguo proyecto, aunque sea con pequeños retoques), o a intentar introducir, a modo de experimento, originalidades carentes del más mínimo arraigo en la sociedad nicaragüense. En este sentido, no sería nada extraño que aparecieran con la idea de una nueva “revolución sandino-bolivariana.” Total, puestos a inventar; la imaginación no tiene límites.
Sin embargo, una cosa es dar rienda suelta al pensamiento para fantasear o resultar originales en el mundo de las ideas, y otra muy distinta es asumir con pragmatismo una realidad inconcusa: el pueblo nicaragüense, pese al nivel de abstención registrado en las recientes elecciones municipales, desea vivir en democracia, en un ambiente de tolerancia, donde pueda convivir y/o coexistir en coincidencia o en discrepancia de ideas, pero, desde luego, en libertad; sólo que, curiosamente, este no es ni ha sido nunca el modelo sandinista. Recuérdese, sin ir más lejos, que la democracia pluralista llegó a Nicaragua de la mano de las reivindicaciones sociales y de las presiones internacionales, pero en modo alguno porque formara parte del proyecto sandinista.
Por consiguiente, puede afirmarse que los dirigentes del FSLN forman parte del engranaje democrático por la fuerza de los hechos, pero no en virtud de una razonada y razonable auto convicción, toda vez que no está probado que hayan renunciado a poner en práctica sus típicos métodos represivos en el ámbito de las libertades y su férreo intervencionismo en el campo de la economía. Seguramente continúan pensando que la omnipotencia y omnipresencia del Estado está más que justificada en cualquier parte de la sociedad, hasta el punto de permitirse el lujo de establecer los precios de los productos y planificar y dirigir la economía con sus propios cálculos y a espaldas de los productores, que son los que arriesgan su dinero y conocen mejor tanto la abundancia como la carencia existente en el mercado. Lo demás es un cuento chino o, al menos, un intento injustificado de tratar de hacer competitivas las empresas estatales con un ejército de funcionarios y empleados públicos que, a la postre, terminan siendo cómodos sin mayor esfuerzo, no sólo a cambio de un sueldo pagado por todos, sino también a sabiendas de que las cosas tan sólo funcionan por pura inercia, en contraste con la iniciativa privada que suele marcar las diferencias con resultados más positivos, sobre todo a base de saber lo que cuesta a cada empresario velar día a día por su empresa e imprimir un mayor dinamismo a través de criterios de superación, competitividad, eficacia y responsabilidad.
Ahora bien, conviene, por respeto a la voluntad del pueblo soberano, dar un margen de confianza a los dirigentes sandinistas elegidos democráticamente, a fin de que el mismo pueblo pueda convencerse del cambio de la dirigencia o de su evidente error en la escogencia; pues no hay que olvidar que muchos partidos monolíticos han traído consigo el germen de su destrucción. Por tanto, no sería nada extraño que, aunque con ciertas reservas, los nuevos tiempos hagan surgir nuevos líderes en el FSLN, donde ya empiezan a oírse voces discordantes que reivindican otros estilos y formas de entender y hacer la política partidaria dentro del pluralismo. Que todo sea por el bien de la democracia, que es sin duda el verdadero germen destructor de la tiranía.
* El autor es abogado.