J. Dávila y Castellón
Al acercarse el tiempo de Navidad, se aproxima con él la época de la compra de los más variados artículos para regalar o autorregalarnos. Por muy legítimo que sea comprarse un mueble nuevo, invertir cierta suma de dinero para darnos gustos en estrenar o en obsequiar a nuestros seres queridos, amigos o vecinos, compañeros de trabajo y especialmente miembros más cercanos de nuestra familia para así expresar nuestros sentimientos de aprecio, afecto o amor y nuestros deseos de felicidad con ocasión de la Navidad, no está demás y resulta saludable advertir el peligro que encierra dejarse arrastrar por la fuerte tentación del consumo innecesario y muchas veces también excesivo de dinero en la adquisición de objetos suntuarios o de lujo o, cuando menos, de cosas en realidad superfluas que aunque no sean lujosas, son obtenidas a elevados precios sólo por el mero deseo de tener o de aparentar, por pura vanidad, o bien para congraciarse o comprometer afectiva y efectivamente a determinadas personas con nuestros caros presentes.
No sólo en los países llamados avanzados o con mayor progreso técnico y mejor bienestar material se observa una actitud que puede calificarse de “consumista”; también muchos países pobres o “tercermundistas” se ven afectados por tal fenómeno, incluso dentro de los sectores más bajos económicamente considerados… Por eso no es raro ver a personas de barrios marginados luciendo zapatos de la más alta calidad y ropa de último modelo, las cuales prefieren desatender las necesidades básicas de la alimentación y la salud con tal de situarse a la altura de la moda.
El Vicario de Jesucristo en la tierra, S.S. Juan Pablo II, al reconocer el progreso alcanzado por la humanidad y las ventajas que el hombre de hoy obtiene por todas las fuerzas y recursos que es capaz de utilizar y aprovechar que cuando la civilización del consumo pues sobre la sensatez del hombre, el progreso de la humanidad es sólo parcial. Al señalar lo perjudicial de la actitud consumista, comenta: “Este hecho testimonia que tal afirmación del progreso del hombre está justificado sólo en parte. Más aún, testimonia que esa orientación del progreso pueda liquidar la dimensión más profunda y esencial del hombre.
“La actitud consumista no tiene en cuenta toda la verdad acerca del hombre ni la verdad histórica ni la íntima y metafísica. Parece ser, por el contrario, una huida de esta verdad”, advierte el Sumo Pontífice.
De las palabras del Papa podemos concluir que la mentalidad y la práctica consumista deshumanizan al ser humano, y cuando el hombre queda al arbitrio de la impresión del momento o del impacto de fuertes emociones, pierde su propia voluntad, deja de ser libre.
Juan Pablo II concluye el tema del consumismo en estos términos: “El hombre ha sido creado para la felicidad. ¡Por supuesto! Pero la felicidad del hombre en ningún caso se identifica con el deleite.
“El hombre guiado por el ‘consumismo’ pierde en dicho deleite la dimensión plena de su humanidad, pierde la conciencia del sentido más hondo de la vida. En esa línea del progreso, se destruye, pues, en el hombre lo que en él hay de más radical y esencialmente humano”.
El Adviento nos invita a meditar respecto a la administración de nuestra propia vida, de nuestra libertad, hasta qué punto somos poseídos por las cosas materiales, hasta dónde perdemos el “ser más” por el “tener más”. Porque, ciertamente, si bien es natural querer tener y tenemos derecho a poseer lo necesario a todo ser humano, a vivir dignamente según nuestra condición de habitantes de este mundo y de hijos de Dios, cuidémonos de perder el juicio frente a la fascinación producida por la propaganda comercial o la exhibición subyugante de todos los artículos que atraen nuestra curiosidad desde los estantes y vitrinas de los establecimientos del mercado.
Evitemos el consumismo… Sepamos pensar, sepamos comprar.