Porqué la devoción a María

Roberto Solórzano

“Y como faltase vino, dijo a Jesús su madre: “No tienen vino”, Jesús contestó: “¿A ti y a mí qué, mujer? Mi hora aún no ha llegado”. La madre dijo a los sirvientes: “haced lo que él os diga” Jn. 2, 3-5.

La gesta de María en todo el Nuevo Evangelio se puede describir como patente, importante, profunda, humilde, silenciosa, modesta y sufrida. Inicia con la más grande sumisión a la voluntad del Padre (“he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” Lc. 1, 38), después dedica su vida a concebir por gracia del Espíritu Santo, gestar, parir, cuidar y educar a Jesús junto a José en preparación para que El nos dedique tres años de enseñanzas y entregue su vida para que nosotros podamos salvarnos. En el momento más difícil y duro para cualquier madre, presenciando la crucifixión y muerte de su hijo, nos adopta a todos por indicaciones mismas de su hijo agonizante: “Mujer, he allí tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “he ahí tu madre” Jn. 19, 26-27. María es ejemplo de virtudes a través de todo el Evangelio (Fe, Esperanza, Caridad, Humildad, Misericordia, Prudencia, entre otras), y aunque su rol es modesto por excelencia, su participación en la salvación de nosotros es inmensa.

En la cita de Juan referente a las bodas de Caná se muestra la mujer que recoge la ansiedad de unos novios cuya felicidad el día de su boda se puede ver empañada por una eventualidad, el mal cálculo del vino para los invitados. Ella poseedora de la más grande fe en el poder de su Hijo, que hasta entonces no se había manifestado “Mi hora aún no ha llegado”, se acerca a El y en tono escueto pero elocuente solamente le dice: “No tienen vino”. Eso es todo lo que tuvo que decirle, porque aunque Jesús le reprende (“A ti y a mí qué, mujer”), ella sabiendo en su corazón que el amor de su Hijo es inmenso, y con la fe que no le negaría su intercesión, se dirige a los sirvientes y les dice: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús adelanta su hora por complacer a su Madre pues sabe que ella se lo ha pedido porque en su corazón se manifiesta la tristeza que podía empañar el día más alegre de una joven pareja. Jesús posteriormente convierte el agua en vino de primera categoría.

Ese es el poder de intercesión de María. Ese es el poder a que los católicos nos abocamos cuando de corazón le pedimos que interceda por nosotros.

Recientemente conversando con el conductor de mi casa acerca de María y su importancia a nosotros los católicos, me hizo un comentario que de forma muy sencilla pero con la profundidad del nicaragüense me subrayó el porqué el cariño que le tenemos a María, pues me dijo: “Si a mí me quieren a mi madre, yo los quiero, si me la ofenden, me entristezco; con Jesús debe de ser lo mismo, si le quieren a su madre, cuánto no hará por lo que le piden a través de ella, y si no se la quieren, cómo lo entristecerá a Jesús”.

Invitemos en estas fechas de honra y de manifiesto cariño a María, a nuestros hijos, a nuestros cónyuges, familia y amigos para que nos unamos bajo el cariñoso manto de nuestra Madre. Extendamos una amplia mano a nuestros hermanos los protestantes y evangélicos de todas las denominaciones para que juntos le demostremos a Jesús nuestro cariño por su Madre y pidámosle juntos, a través de María, con la confianza que así como en Caná, aunque no sea su hora, nos convierta nuestros corazones como convirtió el agua en vino, en el mejor vino. Estas fiestas no son más que la preparación para el próximo evento, al parto de María, el 24 de este mes, quien nos trajo por la voluntad de Dios, la salvación de nuestras almas.

¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!  

Editorial
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