Patrimonio de la Humanidad

Según un antiguo proverbio japonés, “la cultura es lo que queda cuando se olvida todo lo demás”. Es cierto. Sólo lo que se estima, honra y recuerda es lo que se convierte en parte del acervo cultural de una nación. En cambio, lo que se olvida es simplemente como que no existió.

Valga la reflexión a propósito de la decisión que tomó la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés), durante la reunión que sostuvo entre el 27 de noviembre al 2 de diciembre del año en curso, en Cairns, Australia, de incluir a las Ruinas de León Viejo de Nicaragua entre los “sitios culturales” -691 en total, de 122 países- que son considerados Patrimonio de la Humanidad.

En realidad, la UNESCO incluyó en el Patrimonio Cultural de la Humanidad a las Ruinas de León Viejo (donde una vez se alzó la segunda ciudad construida por los españoles en territorio de Nicaragua, fundada el 18 de junio de 1524, un “Domingo de la Santísima Trinidad”, y en la que ocurrieron relevantes acontecimientos antes de ser arrasada por las fuerzas de la naturaleza en el año de 1610), porque los nicaragüenses hemos guardado ese sitio en la memoria histórica.

Sin embargo, es paradójico que la Asamblea Nacional todavía no haya declarado legalmente a las Ruinas de León Viejo como patrimonio nacional, según lo ha solicitado el Instituto de Cultura de Nicaragua. Así como también, que haya nicaragüenses que reprochen el que se preste una atención especial a las Ruinas de León Viejo y sus riquezas arqueológicas, porque consideran que son un símbolo de la dominación extranjera que vino a esclavizar a nuestros antepasados aborígenes.

En realidad, es innegable que las raíces de nuestra identidad nacional, nicaragüense, mestiza, están inevitablemente tanto en León Viejo como en Granada, en Ciudad Antigua como en Monimbó o Sutiaba, o en los lenguajes y las tradiciones culturales de las etnias nicaragüenses de la Costa Atlántica.

De manera que la declaración de las Ruinas de León Viejo como parte del patrimonio del género humano, es un tributo a la historia de Nicaragua y la cultura de los nicaragüenses. Y se le concede porque es un sitio que reúne los suficientes méritos de excepcionalidad y trascendencia universal exigidos por la UNESCO para otorgar ese honroso título y ponerlo bajo su protección en beneficio de la humanidad.

Por otro lado, la importancia de que se haya declarado a las Ruinas de León Viejo como Patrimonio de la Humanidad, no radica en que gracias a eso el país recibirá una cooperación económica especial de la UNESCO para velar por su protección. Lo verdaderamente importante, en realidad, es que la UNESCO ha honrado a Nicaragua y que motiva a los nicaragüenses a valorar y proteger adecuadamente su patrimonio nacional, histórico, monumental, natural y étnico. Es una distinción que nos obliga a conocer más y entender mejor nuestras raíces, a asumir críticamente nuestra memoria histórica, y a esforzarnos por sustituir las confrontaciones clasistas y partidistas con la unidad nacional, asumiendo la responsabilidad de reconocer integralmente las bases culturales en que se funda nuestra identidad nicaragüense.

Hay otros lugares de Nicaragua que por su gran valor y significado histórico también han sido propuestos para ser considerados como sitios culturales de la Humanidad. Se trata del Castillo de la Inmaculada Concepción de María, en el Río San Juan, y de la Catedral de León, sitios que sin duda reúnen los requisitos que establece el Comité de la UNESCO para el Patrimonio de la Humanidad, igual que las Ruinas de León Viejo.

En todo caso, el reconocimiento a León Viejo como primer sitio cultural de Nicaragua que pasa a formar parte del Patrimonio de la Humanidad, es una extraordinaria motivación para levantar el sentido de la autoestima nacional. Esto es mucho más dignificante que el dudoso privilegio de integrar la lista de países más pobres, endeudados e insolventes del mundo, a pesar de los supuestos beneficios económicos que el ingreso a la HIPC traería a todos los nicaragüenses.  

Editorial
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