Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”
Sin duda alguna, la celebración nicaragüense del novenario a la Santísima Virgen María en honor a su Inmaculada Concepción, presenta características muy particulares que la distingue de otras festividades propias de nuestra religiosidad popular.
Cabe destacar, entre otros factores, el ambiente comunitario que se impone prácticamente en cada “Purísima”, motivado por el amor filial a la Madre del Señor, quien también es nuestra Madre, la Madre de la Nueva Alianza. María es la Madre común que une a los hermanos diversos de su Hijo único, el Unigénito del Padre Celestial. Por amor a la Virgen se reza, se canta y se comparte, se vive como hermanos durante unas horas diariamente por nueve días.
La celebración de la Purísima abarca o debe abarcar una dimensión que va más allá de la intimidad personal, vecinal o de un pequeño grupo de amigos, posee una dimensión social que trasciende en el tiempo y el espacio el rezo mismo de la novena. Una sólida evangelización de nuestra cultura religiosa nos debe conducir a la adquisición de una conciencia personal y colectiva tan fina y desarrollada que sea capaz de provocar una auténtica transformación social en Nicaragua.
Si como dicen los Obispos latinoamericanos en Puebla: “La Evangelización busca alcanzar la raíz de la cultura, la zona de sus valores fundamentales, suscitando una conversión que pueda ser base y garantía de las estructuras y del ambiente social”, qué más oportuno o aprovechable que el novenario dedicado a la Virgen María para cuestionarnos, frente al modelo humano de la Inmaculada en lo concerniente a nuestro puesto en la sociedad actual y futura.
Es a la Virgen María a la que rezamos y cantamos, a la Madre del Justo, a la Mujer que con su “Sí” incondicional y absoluto a Dios cambió el rumbo de la historia de la humanidad para siempre. María no sólo encontró gracia a los ojos de Dios para sí misma o en función de sí misma, por su gracia se hizo medianera de todas las gracias; el “sí” de María tuvo una dimensión social, una dimensión universal en el tiempo y en el espacio, con su “Sí” ella alcanzó su propia salvación en Cristo, pero también la de todos los seres humanos de todos los tiempos.
Es preciso recuperar la dimensión social de nuestras celebraciones Marianas, glorificar a Dios por las maravillas que el Señor ha hecho en María Inmaculada, pero a la vez luchar por no perder jamás el sentido de la justicia y de la caridad hacia el más pobre y necesitado, empezando nosotros por ser humildes, por destruir, con la gracia de Dios que no falta jamás, la estúpida soberbia y el complejo de rico y poderoso que nos impide ser hermanos.
Si en “Las Purísimas”, se alaba al Señor, se reza y canta a la Virgen tiene que ser con espíritu de bienaventurado, de pobre y sencillo, al estilo del Corazón Inmaculado de María.
Rico es el idólatra del dinero, del poder, del partido, del líder; de la esposa o el marido, de los hijos, el que adora a cualquier persona o cosa que no sea Dios… Cuando hay idolatría se conculcan los derechos sagrados de Dios. Cuando se adora a Dios se ama profundamente en Dios a las personas y se aprecian las cosas en su justo valor, cada cosa ocupa su debido lugar. Por tal razón, San Agustín llega a decir que “la caridad –o sea el amor a Dios por ser El quien es y el amor al prójimo por amor a Dios– ,es el orden en el amor”.
Se hace necesario guardar el orden justo en el amor, para que el obrero y el campesino, la mujer y el niño sean respetados, para que se pague un justo salario al trabajador, para que se preste la oportuna atención al enfermo y a la viuda, para construir una sociedad más humana… La justicia y el amor van de la mano en una sociedad de hermanos.