Carlos Alberto Montaner*
Tío Sam es hoy el payaso de las bofetadas. La pugna electoral de la Florida ha sido el pretexto perfecto para sacar a flote el arraigado antiamericanismo de medio planeta. La izquierda y la derecha autoritarias —enemigas de los procedimientos democráticos, amantes de la mano dura— han creído confirmar sus viejos prejuicios: «¿eso es la democracia americana? ¿Ese vodevil de boletas preñadas, electores torpes y máquinas que no funcionan?». La idea tras esas críticas es muy simple: «que no vengan ahora los gringos a darnos lecciones morales sobre cómo organizar nuestros sistemas políticos o a dictar cátedra sobre las virtudes de la democracia norteamericana».
Es una lástima. Si el antiamericanismo militante —¿militonto?— no fuera tan superficial tal vez podría darse cuenta de que el espectáculo de Florida, lejos de desacreditar a la democracia americana, demuestra exactamente lo contrario: la fortaleza de las instituciones, la primacía del estado de Derecho y la sujeción de los ciudadanos a reglas conflictivas que los conducen ordenadamente a los tribunales. No hay turbas en las calles con teas incendiarias, no hay ruido de sables en los cuarteles, no prevalece la sensación de un «pucherazo» electoral. Sencillamente, existe una razonable discrepancia sobre cómo contar ciertas boletas dudosas, algo crucial en unas elecciones que se han decidido por un puñado de votos. No les faltan razones al señor Gore ni al señor Bush para defender sus puntos de vista, y ambos pueden exhibir reglamentos contradictorios, así que son los jueces quienes deben discernir cuál de estos dos derechos encontrados se acerca más al espíritu de la Constitución. Esa es, precisamente, la esencia de la democracia norteamericana. Las elecciones son sólo un método para tomar decisiones colectivas, pero el corazón del sistema no es ése sino el acatamiento de todos al imperio de la ley.
Tal vez más interesante que las polémicas elecciones floridanas es la propia naturaleza absurda del antiamericanismo. La sociedad estadounidense, como todas, tiene problemas, pero no es menos cierto que las clases medias ocupan el noventa por ciento del censo, lo que significa el acceso a una vida digna para los trabajadores asalariados. Es verdad que hay tensiones raciales y étnicas, pero cómo demandar un mejor equilibrio en un conglomerado humano tan diverso. ¿Es acaso mejor en la Alemania de los «skin-head», en la Francia de Le Pen, enemiga a muerte de los argelinos; en la España en la que miles de ciudadanos, contraviniendo sus propias leyes, quieren marginar a los niños gitanos o marroquíes de las escuelas públicas; en el Brasil, en cuya Amazonía el ejército debe proteger a los indios de las matanzas perpetradas por los finqueros; o en la Argentina donde a los permanentes brotes antisemitas de una pequeña y rabiosa minoría ahora hay que agregar el rechazo a los bolivianos? Al fin y al cabo, fue en Estados Unidos, con sólo un 12 por ciento de población negra o mestiza, y no en Brasil o Cuba, donde la proporción se eleva a la mitad del censo, donde un general negro —en realidad blanco, con un ligero toque africano—, Colin Powell, se convirtió en jefe de las Fuerzas Armadas.
¿Se asienta el antiamericanismo, tal vez, en la historia? No es falso que a mediados del siglo pasado México perdió la mitad de su territorio como consecuencia del espasmo imperial de Estados Unidos, pero tampoco que veinte años antes había «perdido» toda Centroamérica por decisión de los habitantes de esa región. Fue la época en que todas las repúblicas americanas, desde el Polo Norte al Polo Sur, rediseñaron sus fronteras. Es verdad que en 1898 Washington le arrebató a Madrid su imperio en el Pacífico y en el Caribe, pero ¿fue mayor ese agravio a España, breve y casi incruento, anestesiado con una recompensa de veinte millones de dólares pactados en el Tratado de París, que las interminables guerras con Francia e Inglaterra a lo largo de tres siglos? Sólo la Guerra de Sucesión, a principios del XVIII, librada como consecuencia de las ambiciones imperiales de Francia, Austria e Inglaterra sobre la corona española, le costó la vida a un millón doscientas cincuenta mil personas: ¿dónde está el odio permanente contra esas naciones?
En realidad el antiamericanismo se sustenta sobre un elemento de irracionalidad más propio del sicoanálisis que de la política. Hace muchos años decidí abandonar América y trasladarme a España porque Estados Unidos me parecía un país más bien aburrido, y en el que, fuera de New York, Chicago o San Francisco, no existía el tipo de vida urbana que me resultaba más agradable tras haber pasado mi infancia y adolescencia en La Habana. Nadie debe, pues, pensar que me fascina el american-way-of-life. No es así: la norteamericana es una sociedad, exactamente igual que las demás, con virtudes y defectos, pero que ha conseguido colocarse a la cabeza del planeta y ejercer ese liderazgo con una mayor cuota de compasión y benevolencia que las otras primeras potencias que la han precedido. Piénsese en Francia, Inglaterra, España, Portugal, Turquía o Rusia —los verdaderos imperios de los tiempos modernos— y se verá que el contraste favorece a Estados Unidos. No olvido, eso sí, que cuando llegué como refugiado político a Estados Unidos, muy joven, a los 18 años, con veinticinco centavos en el bolsillo para realizar una llamada telefónica, pude trabajar y estudiar sin otras limitaciones que las que yo mismo me impuse. Me ofrecieron con generosidad el sueño americano: yo lo rechacé cortésmente porque no era mi sueño, pero creo que llegué a entender a ese gran país con sus luces y sus sombras. Con todo. [©FIRMAS PRESS]