El escritor español Federico Jiménez Losantos dice (El Mundo, viernes 1 de diciembre de 2000) que “nunca ha habido tanta gente dedicada a que los políticos hablen, escriban y se comuniquen bien con sus representados”, (pero que) “nunca se han comunicado peor los políticos”. Lo que dice Losantos es cierto sin dudas de ninguna clase.
El problema de la mala comunicación de los políticos, sobre todo de los gobernantes, existe en todas partes del mundo. Sólo que en algunos países es peor y más preocupante que en otros, como Nicaragua, donde el Presidente Arnoldo Alemán y el líder sandinista Daniel Ortega suelen ventilar sus controversias mediante insultos personales, como ocurrió esta semana.
Para algunas personas resulta divertido el lenguaje insultante que suelen usar el Presidente Alemán y el diputado Ortega para plantear y dirimir sus diferencias, y a veces para referirse a otras personas. Y no se puede negar que de primas a primeras provocan risa las palabras que usan ambos personajes para calificarse mutuamente. También hay que reconocer que, al fin y al cabo, estos líderes políticos —que entre ambos representan más del 80% del sufragio nacional—, proyectan de una u otra manera el modo de ser y hablar de quienes los eligen. Del Presidente Alemán y el comandante Ortega se dice, precisamente, que son caudillos de sus respectivas tribus políticas por su capacidad de “sintonizarse” con la gente. Y, como se dice popularmente, los pueblos no sólo tienen los gobiernos que se merecen sino también los gobernantes que se les parecen. O sea que, como escribió hace unos años en LA PRENSA el acreditado lingüista nicaragüense don Carlos Mántica Abaunza, “estamos como estamos porque somos como somos”.
Como se sabe, en todos los idiomas los pueblos tienen un código de “malas palabras”, que usan hasta las personas más cultas y formalmente educadas para conversar sobre ciertos tópicos y en los círculos de su mayor confianza, o que sirven para expresar los aspectos agresivos de la naturaleza humana, o que constituyen el vocabulario básico de las personas ineducadas, o que recibieron educación formal pero por diversas razones sólo pueden comunicarse con el código de palabras insultantes y vulgares.
En realidad, no sólo entre los políticos se observa el lamentable deterioro del lenguaje y la capacidad de comunicación. Ahora hasta personas que se dedican profesionalmente al trabajo intelectual, suelen expresarse oralmente y hasta por escrito con recursos del código de las “malas” palabras. A eso le llaman “hablar con franqueza y usar el lenguaje que entiende el pueblo y le gusta”.
Pero la verdad es el que lenguaje, el vocabulario, el código de comunicación, revelan el nivel cultural y el estado ético de la sociedad, y no ahora sino que desde siempre. Al respecto, ya en el siglo primero de nuestra era el filósofo hispano-romano, Séneca, advertía que “allí dónde veáis que hay un lenguaje pervertido es porque hay una sociedad en decadencia”.
De manera que si el lenguaje está pervertido por el mal gusto y la procacidad, es porque la sociedad nicaragüense está sufriendo graves dificultades. Pero eso no justifica que los líderes políticos se expresen y se mal comuniquen como lo hacen Alemán y Ortega. La obligación de los políticos no es sólo administrar con eficiencia y honestidad los negocios públicos, sino también educar a la población con el ejemplo de sus obras y de sus virtudes, inclusive en el lenguaje que usan para relacionarse entre ellos y comunicarse con los ciudadanos.
Al gran filósofo chino de la antigüedad, Confucio, le preguntaron qué haría de primero, si tuviera que gobernar el país. “Rectificar el lenguaje —respondió, sin vacilar—, porque si no es exacto no expresa lo que significa. Si lo que expresa no es lo que significa, lo que debe ser realizado queda sin realizar. Si queda sin realizar, la moral y el arte se perjudicarán. Si la moral y el arte se perjudican, la justicia se desviará. Y si la justicia se desvía, la gente quedará en un terrible desconcierto”.
Casi dos mil quinientos años después, “nuestros” políticos no han aprendido nada de semejante sabiduría.