Volverán las oscuras golondrinas

* Ramiro Argüello

¿Le compraría usted un carro usado a Herty Lewites? Seguro que no. Pero si usted es lo suficientemente cándido para morder el anzuelo sin carnada es probable que estemos ante un caso irremediable de reblandecimiento cerebral. Escuchar por los medios al edil recién electo es como escuchar a Madre Teresa de Calcuta. He visto enrojecer los ojos de los espíritus más fieros e insensibles al abrir sus corazones al mensaje melífico del señor Lewites. Aquejados de un súbito acceso de amor por la democracia liberal y la economía libre de mercado, los sandinistas viven su borrachera de triunfo. Así de mínima y dulce son sus almas.

El hombre y la mujer de a pie, de veras preocupados por la salud municipal, lo vieron claro en los comicios edilicios recientemente efectuados: fueron dos, y solamente dos, los candidatos de clara vocación democrática. De diferente talante, proyectaron ante el perplejo votante personalidades disímiles, desplegando estilos electorales divergentes al tiempo que incitaban encontradas y sucesivas lealtades. Al enfrentar a las fuerzas de la reacción de manera escindida, las fuerzas de la democracia estaban condenadas de antemano sin apelación posible.

Las cosas comenzaron a complicarse cuando el aturdido votante percibía que detrás de cada nombre subyacía un hombre, y detrás del hombre se agazapaba una organización política forzosamente motivada y maniatada por sus propios intereses. Cada uno de los dos candidatos democráticos estuvo inmerso en un entramado sociopolítico que lo informó y condicionó. Precisamente por eso es que se les pudo considerar candidatos de fuste democrático. No fue posible seguir las líneas punteadas y recortar limpiamente las figuras honestas y vigorosas de William Báez y Wilfredo Navarro, para analizarlos en el vacío: cada uno suscitaba intensas resonancias emocionales en cada votante potencial.

La enrevesada madeja que, como resultado de los diferentes simulacros de votación aprisionó a los votantes democráticos, no hizo más que restar fuerzas, empuje y arrastre a los dos candidatos progresistas, al tiempo que oxigenaba artificialmente al señor Herty Lewites, siempre demagogo y oportunista. También la utilización de cierta terminología ambigua cuando no enmarañada (“intención de voto”, “tendencia de voto”, “voto de castigo”, “simulacro de votación”, “voto cautivo”, “encuesta a boca de urna”), toda una jerga para especialistas en encuestas sesgadas que añadió confusión al caos. La ceremonia de la confusión consiguió inyectar la testosterona que urgentemente necesitaban las fuerzas del oscurantismo.

Unicamente un compromiso político individual y colectivo con la democracia podrá salvar a Nicaragua de la debacle que se avizora en el futuro: la casi seguridad de que el próximo presidente de Nicaragua sea Daniel Ortega Saavedra, personajillo turbio y mezquino. No podemos obsequiarnos con el lujo irresponsable y emasculado de que nuestra lucidez se empañe, nuestro juicio se enturbie de tal manera que una verdad como un templo se torne borrosa, y esa verdad no es otra que el pueblo soberano sólo tiene un rencoroso enemigo histórico: el FSLN y la lumpen-burguesía por él representada.

Alguien dijo que la democracia es bella cuando combate a sus enemigos. Atrás debe quedar el rubor vergonzante y apocado que nos paraliza de poder señalar al enemigo común del hombre y la mujer nicaragüense: el FSLN. A esa gente se le debería tomar fotos de frente y perfil con número de fichaje policial incluido.

Las fuerzas democráticas y los diversos estamentos de la urdimbre social (profesionales, empresarios, pujante clase media, gente del agro, juventud con todo un futuro por delante, banqueros, clase obrera. Con nuestros intelectuales no se puede contar: esos vendieron el derecho a su progenitura por un plato de lentejas: un viaje a Varadero con tremenda mulata, o mulato, incluida, o un periplo a cualquier descascarada capital del desaparecido bloque socialista), tendrán que tensionar al máximo el músculo moral para plantarles pecho todos juntos al jabalí sandinista y así poder restregarle el hocico con la evidencia irrefutable de los votos. Votos, no balas: los caballeros abominamos de las balas. La democracia liberal no está suficientemente apuntalada en nuestro país, carece de un zócalo que la sustente y de una tradición que la prestigie. Las fuerzas regresivas y pasatistas aguardan agazapadas, no duermen, disfrutan de un insomnio perverso en su capacidad para presagiar zodiacos funestos.

Me gustan los ojitos gatos de Herty Lewites, su cinturita de torero fino, su aire garboso de marinero de luces. No hay como los hombres maduros. Ganó incuestionablemente en elecciones democráticas. Después de bañarse en el río Jordán ha emergido pulcro, aseado, inmaculado, albo, impoluto. Pero la pregunta del inicio es terca y se resiste a desvanecerse: ¿le compraría usted un carro usado al señor Herty Lewites?.

* El autor es Doctor en Medicina.  

Editorial
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